Hoy llega
al país Mahmoud Ahmadinejad, el presidenteportavoz
del Supremo
Líder y la más alta autoridad política
de la teocracia islámica iraní, el
ayatolah Sayyed Ali Jameini, considerado igualmente el líder
del
fundamentalismo islámico mundial.
Chávez
lo recibirá volátil, frío, estupefacto,
luego de un abrazo más con
ese Fidel Castro acabado y con las autocracias de Corea del
Norte, de Siria,
Zimbabwe y Bielorrusia, a los que mira a los ojos fijamente
en afán de
metamorfosis trascendental.
¿Por
qué los fundamentalistas avanzan tanto?, se preguntaba
alguien esta
semana refiriéndose a Bin Laden y Al Qaeda, respondiéndose
con lo que es
universalmente conocido: se trata de un movimiento "maniqueo
y mesiánico,
vale decir, que no admite sino buenos y malos y sólo
cree que la salvación
será alcanzada por quienes sean islámicos fundamentalistas.
Y quien no
pertenezca al credo musulmán, ni observe las reglas
implantadas o
transmitidas por Mahoma será un réprobo digno
del fuego".
De manera
que podríamos decir que Chávez hoy se coloca
en las antípodas con
este mensajero de Jameini, en un abrazo nuclear reconfortante.
Ya afirmó
en La Habana, transido de emoción, que hay planes para
invadir
Irán y que si eso ocurriese "estaremos con ese
país hermano en cualquier
circunstancia". Es decir, ¿iremos a la guerra?
Los venezolanos
vivimos una campaña electoral para sacarlo del poder
o
reelegirlo, de acuerdo con el juicio que nos merezca su vasta
inutilidad
como gobernante, o su aparente fuerza como showman.
Un showman
que luce cómodo instalado en la metáfora de
la guerra que
alimenta su fantasía radical.
Una metáfora
cuyo atractivo podría atribuirse parafraseando
a Michel
Rocard a la excesiva confianza que Chávez tiene
en su ejército y en la
fuerza en general, cosa incomprensible en el caso de un hombre
o un pueblo
inteligente.
¿Pero
es acaso "inteligente" hoy el manejo de Venezuela?
Depende. Para
hacerlo un país democrático y moderno, no. Pero,
¿para convertirlo en un
país totalitario?
Como anuncia
un documento que anda por ahí: un nuevo orden toca
la puerta.
Chávez usa un discurso cada vez más sectario,
excluyente, más reducido al
fanático de su mismo grupo sanguíneo, su genoma.
En Boconó,
en un delirio metafísico anuncia el partido único
versus la
vivienda, ante un muchacho que la pedía y a quien regañó
de modo déspota,
mientras en la escuálida avenida Bolívar, a
otros jóvenes que conversaban
aburridos les ordenó: ¡Pelotón, disuélvase!
Me desconcentran.
Cada vez
se siente más firmemente Hitler. O Castro. O Jameini.
Es cuestión
de dejarlo ser. Es una dictadu ra, dicen unos. Una experiencia
de democracia
directa inédita, dicen otros. En todo caso, se reconoce
que estamos
presenciando el desmantelamiento de la vieja institucionalidad
bipartidista,
o pluripartidista, ¿pero para sustituirla por qué?
El documento
antes señalado precisa una realidad contundente y a
la vez tan
poco procesada por el distraído venezolano de hoy,
como lo es que una
parcela política se ha asumido a sí misma como
la totalidad de la Nación y
del Estado.
Lo que
constituye la médula del asunto. Sólo una parcela,
una fuerza, un
partido, el partido del Presidente, el MVR que anunció
se convertiría junto
con el resto de los grupúsculos, en el primer trimestre
de 2007 si él gana,
en un solo aparato partidista, al estilo obviamente del modelo
castrista
defendido--, no sólo está utilizando paladinamente
la logística y el
financiamiento público, sino que muestran un Estado
(el Estado venezolano de
todos sus habitantes sin distingo de clase, raza o creencias)
absorbiendo
directamente las funciones del partido oficial.
Un partido
oficial que acaba de anunciar esta semana sin pudor que ya
tienen
contactados alrededor de 10.000 miembros de la Reserva Nacional,
que
trabajarán por la campaña electoral del Presidente.
Pelotones, batallones,
escuadras, controladas por un general para quien "sólo
en la vida militar
hay organización y disciplina y eso es necesario en
la nueva etapa: la de
unir a todos los sectores".
Una tendencia
que con el otro anuncio presidencial de la modificación
constitucional para establecer la reelección indefinida,
en el fondo, obliga
a adivinar o presentir al venezolano consciente, con razón,
la evolución del
modelo. Como en el caso de uno de nuestros ex presidentes
quien advierte
sobre lo delicada de esa intención de prorrogar el
dominio absolu to del
país sin término alguno. Mediante un artilugio
totalizante: el concepto de
"pueblo bolivariano", que pertenece a un partido
"bolivariano" y a ningún
otro, en el que confluye una razón sociopolítica
según la cual sería el
portador de los intereses de la Nación y al que el
Estado le pertenecería.
En su totalidad.
Dejando
al resto fuera. Sí. Fuera. Porque hubo momentos, en
nuestra histo
ria, en los que la elite en el poder se limita a ampararse
en la maquinaria
del Estado a la que conserva intacta y conduce, pero como
bien afirma el
documento crítico del que hablamos, en esta oportunidad,
amigo lector, esta
nueva elite en el poder lo ajusta y transforma en función
de su ideología
dentro de este esquema autocrático.
El estado
democrático liberal regula la relación entre
los intereses
sociales a través de los mecanismos de la competencia
política, del
consenso, del voto y la libertad del ciudadano. Que es lo
que los
venezolanos hemos conocido hasta ahora. El Estado "bolivariano",
¡ay,
Bolívar!, impone una visión unilateral de la
sociedad y encuadra a los
ciudadanos en el aparato del Estado, que a su vez cumple,
y de manera
simultánea, el rol de estructurador de la sociedad
y el papel de partido
político.
Por lo
que no habría carrera política en el seno de
una organización externa
a este Estado. Existiendo un "pueblo bolivariano"
con más derechos que aquel
que no lo es: es decir, que no forma parte del partido.
Del Estado.
Del Estado totalitario. Que hoy saluda al presidente de Irán,
una dictadura de contenido religioso, que para muchos ha pervertido
el
sentido profundamente democrático y pacífico
del Islán, transformándolo en
una aberración odiosa marcada por el terrorismo militar
desde hace más o
menos 30 años.
Y que
quizás viva su peor momento histórico con este
líder que nos visita,
Ahmadinejad, y sus ambiciones atómicas por desaparecer
países de la faz de
la tierra, como ha confesado públicamente al referirse
al estado de Israel.
Sí.
Lo que Chávez más anhela y admira. Y aquí
está: Un autócrata religioso.
Pero aún quizás más que eso: Una visita
nuclear.
Luis García Mora
es columnista del Diario El Nacional
. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por
El Nacional, el 17 de septiembre del 2006. Petroleumworld
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Venezuela 18 09 06
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