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Luis García Mora: Una visita nuclear

 

 

Hoy llega al país Mahmoud Ahmadinejad, el presidente­portavoz del Supremo
Líder y la más alta autoridad política de la teocracia islámica iraní, el
ayatolah Sayyed Ali Jameini, considerado igualmente el líder del
fundamentalismo islámico mundial.

Chávez lo recibirá volátil, frío, estupefacto, luego de un abrazo más con
ese Fidel Castro acabado y con las autocracias de Corea del Norte, de Siria,
Zimbabwe y Bielorrusia, a los que mira a los ojos fijamente en afán de
metamorfosis trascendental.

¿Por qué los fundamentalistas avanzan tanto?, se preguntaba alguien esta
semana refiriéndose a Bin Laden y Al Qaeda, respondiéndose con lo que es
universalmente conocido: se trata de un movimiento "maniqueo y mesiánico,
vale decir, que no admite sino buenos y malos y sólo cree que la salvación
será alcanzada por quienes sean islámicos fundamentalistas. Y quien no
pertenezca al credo musulmán, ni observe las reglas implantadas o
transmitidas por Mahoma será un réprobo digno del fuego".

De manera que podríamos decir que Chávez hoy se coloca en las antípodas con
este mensajero de Jameini, en un abrazo nuclear reconfortante.

Ya afirmó en La Habana, transido de emoción, que hay planes para invadir
Irán y que si eso ocurriese "estaremos con ese país hermano en cualquier
circunstancia". Es decir, ¿iremos a la guerra?

Los venezolanos vivimos una campaña electoral para sacarlo del poder o
reelegirlo, de acuerdo con el juicio que nos merezca su vasta inutilidad
como gobernante, o su aparente fuerza como showman.

Un showman que luce cómodo instalado en la metáfora de la guerra que
alimenta su fantasía radical.

Una metáfora cuyo atractivo podría atribuirse ­parafraseando a Michel
Rocard­ a la excesiva confianza que Chávez tiene en su ejército y en la
fuerza en general, cosa incomprensible en el caso de un hombre o un pueblo
inteligente.

¿Pero es acaso "inteligente" hoy el manejo de Venezuela? Depende. Para
hacerlo un país democrático y moderno, no. Pero, ¿para convertirlo en un
país totalitario?

Como anuncia un documento que anda por ahí: un nuevo orden toca la puerta.
Chávez usa un discurso cada vez más sectario, excluyente, más reducido al
fanático de su mismo grupo sanguíneo, su genoma.

En Boconó, en un delirio metafísico anuncia el partido único versus la
vivienda, ante un muchacho que la pedía y a quien regañó de modo déspota,
mientras en la escuálida avenida Bolívar, a otros jóvenes que conversaban
aburridos les ordenó: ¡Pelotón, disuélvase! Me desconcentran.

Cada vez se siente más firmemente Hitler. O Castro. O Jameini. Es cuestión
de dejarlo ser. Es una dictadu ra, dicen unos. Una experiencia de democracia
directa inédita, dicen otros. En todo caso, se reconoce que estamos
presenciando el desmantelamiento de la vieja institucionalidad bipartidista,
o pluripartidista, ¿pero para sustituirla por qué?

El documento antes señalado precisa una realidad contundente y a la vez tan
poco procesada por el distraído venezolano de hoy, como lo es que una
parcela política se ha asumido a sí misma como la totalidad de la Nación y
del Estado.

Lo que constituye la médula del asunto. Sólo una parcela, una fuerza, un
partido, el partido del Presidente, el MVR ­que anunció se convertiría junto
con el resto de los grupúsculos, en el primer trimestre de 2007 si él gana,
en un solo aparato partidista, al estilo obviamente del modelo castrista
defendido--, no sólo está utilizando paladinamente la logística y el
financiamiento público, sino que muestran un Estado (el Estado venezolano de
todos sus habitantes sin distingo de clase, raza o creencias) absorbiendo
directamente las funciones del partido oficial.

Un partido oficial que acaba de anunciar esta semana sin pudor que ya tienen
contactados alrededor de 10.000 miembros de la Reserva Nacional, que
trabajarán por la campaña electoral del Presidente. Pelotones, batallones,
escuadras, controladas por un general para quien "sólo en la vida militar
hay organización y disciplina y eso es necesario en la nueva etapa: la de
unir a todos los sectores".

Una tendencia que con el otro anuncio presidencial de la modificación
constitucional para establecer la reelección indefinida, en el fondo, obliga
a adivinar o presentir al venezolano consciente, con razón, la evolución del
modelo. Como en el caso de uno de nuestros ex presidentes quien advierte
sobre lo delicada de esa intención de prorrogar el dominio absolu to del
país sin término alguno. Mediante un artilugio totalizante: el concepto de
"pueblo bolivariano", que pertenece a un partido "bolivariano" y a ningún
otro, en el que confluye una razón sociopolítica según la cual sería el
portador de los intereses de la Nación y al que el Estado le pertenecería.
En su totalidad.

Dejando al resto fuera. Sí. Fuera. Porque hubo momentos, en nuestra histo
ria, en los que la elite en el poder se limita a ampararse en la maquinaria
del Estado a la que conserva intacta y conduce, pero como bien afirma el
documento crítico del que hablamos, en esta oportunidad, amigo lector, esta
nueva elite en el poder lo ajusta y transforma en función de su ideología
dentro de este esquema autocrático.

El estado democrático liberal regula la relación entre los intereses
sociales a través de los mecanismos de la competencia política, del
consenso, del voto y la libertad del ciudadano. Que es lo que los
venezolanos hemos conocido hasta ahora. El Estado "bolivariano", ¡ay,
Bolívar!, impone una visión unilateral de la sociedad y encuadra a los
ciudadanos en el aparato del Estado, que a su vez cumple, y de manera
simultánea, el rol de estructurador de la sociedad y el papel de partido
político.

Por lo que no habría carrera política en el seno de una organización externa
a este Estado. Existiendo un "pueblo bolivariano" con más derechos que aquel
que no lo es: es decir, que no forma parte del partido.

Del Estado. Del Estado totalitario. Que hoy saluda al presidente de Irán,
una dictadura de contenido religioso, que para muchos ha pervertido el
sentido profundamente democrático y pacífico del Islán, transformándolo en
una aberración odiosa marcada por el terrorismo militar desde hace más o
menos 30 años.

Y que quizás viva su peor momento histórico con este líder que nos visita,
Ahmadinejad, y sus ambiciones atómicas por desaparecer países de la faz de
la tierra, como ha confesado públicamente al referirse al estado de Israel.

Sí. Lo que Chávez más anhela y admira. Y aquí está: Un autócrata religioso.
Pero aún quizás más que eso: Una visita nuclear.

 

Luis García Mora es columnista del Diario El Nacional . Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por El Nacional, el 17 de septiembre del 2006. Petroleumworld no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion, por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.

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