Por
Carlos Enrique Dallmeier
El
día en que esa pobre cosa que ejerce la presidencia
del cuarto país en población y el séptimo
en tamaño del continente americano, anunció,
con sus ojos de vaca cagona, en cadena de radio y
TV, la firma de un tratado de “libre comercio”
con Estados Unidos, que condena a Colombia, oficialmente,
a tener el triste papel de república neobananera
y a renunciar a los sueños de su pueblo de
vivir en soberanía y desarrollo, fue el primero
en que comenzaba a materializarse la estrategia de
matar, por segunda vez, el sueño de Bolívar.
Para entender como se llegó a ese punto, debemos
remontarnos en el tiempo para ver como han sido la
relaciones Estados Unidos-América Latina desde
la guerra de independencia.
LA DOCTRINA MONROE SIGUE VIGENTE
En el país del norte, y gracias a la aparición
de los partidos políticos, una emergente generación
de políticos ambiciosos asaltó el poder
en Norteamérica a principios del siglo XIX,
alteró los hermosos principios de la revolución
independentista, e impuso una política imperial
de expansión territorial y del sometimiento
de las naciones vecinas.
Es por ello que, cuando Bolívar expone su plan
de una Confederación de naciones latinoamericanas
y propone en 1822 la celebración de un Congreso
en Panamá que, según sus palabras, sería
“La asociación de los cinco grandes Estados
de América es tan sublime en sí misma,
que no dudo vendrá a ser motivo de asombro
para la Europa. La imaginación no puede concebir
sin pasmo la magnitud de un coloso, que semejante
al Júpiter de Homero, hará temblar la
tierra de una ojeada. ¿Quién resistirá
a la América reunida de corazón, sumisa
a una ley y guiada por la antorcha de la libertad?”
Ante esa propuesta, la burocracia política
emergente de USA responde en 1823 con la llamada Doctrina
Monroe, estrategia destinada a impedir el nacimiento
y desarrollo de naciones soberanas al sur del continente
y que pudiesen servir de contrapeso en la región
a los deseos imperiales de esa burocracia política
que estaba naciendo en el norte, cuyo trabajo de zapa
y división se facilitó en aquella época,
gracias a que las nuevas naciones tenían escaso
tiempo de constituidas, y no poseían un poder
interno consolidado.
Y ese continuó siendo, por más de 180
años, el objetivo norteamericano en nuestro
sub-continente: impedir nuestro desarrollo: Ora mediante
intervenciones directas, como en Dominicana, Cuba,
Puerto Rico, etc.; Ora mediante el mantenimiento de
dictaduras como las de Gómez o Pinochet; Ora
mediante la compra de políticos miserables,
como los que gobernaron la llamada cuarta república
en Venezuela. Eso explica también el porque,
mientras hacían enormes inversiones de capital
en Europa y el este asiático, impulsando el
desarrollo de esos países, en América
Latina sus inversiones fueron pírricas.
Ahora bien, las condiciones que permitieron ese dominio
imperial están cambiando. El fin de la guerra
fría y el crecimiento cuantitativo y cualitativo
de la población de los países latinoamericanos
les abre la posibilidad de una lucha exitosa por alcanzar
su prosperidad. Así lo han entendido sus pueblos,
y es por eso que vemos que en casi todas las elecciones
recientes en los países del área han
triunfado las fórmulas nacionalistas.
Ante esa nueva situación en la cual, además
de ver peligrar sus sueños imperiales, la burocracia
gobernante de Estados Unidos se ha dado cuenta que
cualquier desarrollo en el área es una competencia
en el acceso a los valiosos recursos minerales no
renovables, algunos en vía de agotarse, y,
paralela a la política de castrar nuestro desarrollo
económico con propuestas como la del ALCA y
la firma de TLC con algunos países, ha iniciado
una estrategia divisionista similar a la del pasado,
agrediendo a los gobiernos de Venezuela, Bolivia y
Cuba, acusándolos de ser el “eje del
mal”, y procurando diferenciarlos del grupo
que ellos catalogan como “racionales”,
integrado por Argentina, Uruguay, Brasil, etc., y
del grupo de sus incondicionales, en donde estarían
Colombia y Perú, entre otros, buscando así
lubricar una intervención.
LA ENFERMADAD INFANTIL DEL IZQUIERDISMO
Esta estrategia de sembrar cizaña ha comenzado
a tener éxito, ya que, de una lucha que se
planteaba por la integración latinoamericana
y que contaba con una aceptación general en
todo el continente, ahora, en un giro de 180°,
han logrado, mediante la provocación directa
y de sus agentes internos, que en algunos sectores
se plantee ahora la lucha como “anti-imperialista”
y “anti-capitalista”, lucha que, además
de colocar en peligro el alcanzar las metas comunes
de soberanía, integración y desarrollo,
la mayoría de la población no entiende
ni comparte, tal como quedó demostrado en la
reciente encuesta publicada en el diario Ultimas Noticias,
en la cual, sobre la polémica actual Venezuela-EEUU,
el 50,4% opina que debe terminar, y el 32,8% que debe
suavizarse. El ¡83,2%! de la población
venezolana no relaciona la acción de Estados
Unidos como un peligro a nuestro desarrollo.
Este divorcio conceptual entre algunos sectores dirigentes
y la mayoría de la población, me recuerda
lo que escribió Lenin sobre la enfermedad infantil
del izquierdismo, cuando expresaba lo siguiente sobre
uno de los factores fundamentales en el triunfo de
la revolución soviética, “por
lo acertado de la dirección política
que ejerce esta vanguardia, por lo acertado de su
estrategia y de su táctica políticas,
a condición de que las masas más extensas
se convenzan de ello por experiencia propia”
Los latinoamericanos sólo internalizarán
lo que significa la amenaza norteamericana actual
cuando la entienda, no por imposiciones verticales,
sino por “experiencia propia”, cuando
el imperio, en su desesperación, torpedee descaradamente
cualquier intento de integración.
Es por eso que hubiese preferido, un millón
de veces, que en vez del Foro Social Mundial, y sus
cantos de La Internacional, se celebrara uno Latinoamericano
por la Integración, en el que se entonase un
himno, igual de hermoso, a nuestra gran patria latinoamericana.
Y no es que esté en contra de los planteamientos
de aquél evento, sino que, opino que cualquier
movimiento mundial por la democracia y la justicia
sólo tendrá éxito en la medida
que América Latina tenga éxito en alcanzar
su soberanía y desarrollo. Es desde nuestras
“venas abiertas” que las grandes transnacionales
obtienen los invalorables recursos mineros que sustentan
su inmenso poder. Tenemos la llave para alcanzar la
paz y la hermandad.
En realidad, todos queremos un mundo de relaciones
armoniosas entre todos los países. Sólo
que algunos sabemos que alcanzarlas con Estados Unidos,
sólo será posible cuando su dirigencia
se convenza que ya es imposible seguir con la aplicación
de su Doctrina Monroe.
Carlos
Enrique Dallmeier es
el secretario general de Democracia Global, ONG cuyo
objetivo es luchar en contra de ese neofascismo emergente,
y por lograr un mundo de convivencia democrática
( www.porunademocraciaglobal.com). Sus puntos de vista
no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Petroleumworld no se hace responsable
por los juicios de valor emitidos por esta publicacion,
por sus colaboradores y columnistas de opinión
y análisis.
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