El
Buen Oro y el Buen Dios

Por
Alberto Méndez Arocha
Hemos
tratado antes el tema de las motivaciones personales
fundamentales de los hombres, y hemos propuesto
un mecanismo asociado a la supervivencia de la especie
(el arquetipo de la hormiga roja), la dominación
del prójimo, por intermedio de dos caminos
principales: la subyugación del vecino para
apropiarse de la renta económica disponible;
y el sometimiento religioso de las regiones conquistadas
o penetradas. Ver Fig. 1.
Si entendemos ahora esta motivación como
una expresión de la búsqueda de la
felicidad individual (e indirectamente colectiva),
es bueno acudir –como referencia—a los
clásicos, en este caso Aristóteles
y Santo Tomás, quienes se han referido al
tema. El primero (Etica Nicomaquea) distingue,
para lograr la felicidad, tres tipos de bienes,
entre ellos los externos (riqueza,
honores, fama, poder...) y los del alma
(la contemplación, la sabiduría).
En
el caso de Aquino basta citar el siguiente comentario
1:
“De su parte La última y perfecta felicidad
no puede estar sino en la visión de la divina
esencia, para cuya evidencia deben considerarse
dos cosas: primera, que el hombre no es perfectamente
feliz, mientras le queda algo por desear o buscar.
Segunda, que la perfección de cualquier potencia
se aprecia por la razón de su objeto...”
1.
Santo Tomás (1225 –1274)
El alma (Summa theol., Ia IIae, q. III, art. 8).Traducción
de Manuel Mindán. Universidad de Chile.
Consideramos
así, básicamente, dos motivaciones
para la búsqueda de la felicidad que explican
en lo elemental la historia de la humanidad y sus
conquistas: el buen Oro (las riquezas) y el buen
Dios. Apliquen estas búsquedas (como motivaciones)
a todos los acontecimientos humanos y lograrán
una buena explicación de los sucesos. En
la Edad Media (v.t. San Agustín) se llamó
también la concupiscentia dominandi –
que aquí la aplicamos en sus dos vertientes,
divina y humana.
Releyendo
ahora el libro “De Eros y Psique” del
psicólogo post-junguiano Rafael López-Pedraza,
llama mi atención el aparte sobre el vellocino
de oro en el cuento de Apuleyo.
Como
venimos de mencionar, nosotros hemos hablado otras
veces sobre la motivación elemental del hombre,
su lucha, por aumentar su valor agregado económico
en la búsqueda de la felicidad, y también,
en aquellos más abnegados, por lograr la
conversión de los infieles, que es otra manera
de aumentar su valor agregado, esta vez espiritual.
La espada y la oración, para utilizar una
antigua terminología. El arquetipo de la
hormiga roja, lo denominamos hace un tiempo, para
implicar el carácter biológico de
esta supervivencia.
Como
se conoce, históricamente le debemos a los
estudios de Jung la conexión de la psiquiatría
moderna con las religiones comparadas (id., 80)
y la historia de la cultura. Mientras que nuestra
teoría explora los movimientos militares
(poder temporal) y los religiosos como actuando
paralelamente en la historia, no cabe duda que en
muchos casos lo religioso ha servido como punta
de lanza (recordemos las misiones protestantes en
China, la conquista española en América,
las cruzadas) para la dominación de nuevos
reinos y territorios.
Lo
interesante ahora sería que, a nivel personal
o individual, se plantea un vínculo entre
ambas aspiraciones o motivaciones. Menciona López-Pedraza
(id., 83) que “El cuento de Apuleyo dice
que Psique tiene otra manera de hacer una conexión
psicológica con ese elemento [el oro], puede
haber una iniciación psíquica en lo
que de otra manera sería locura. Esta situación
nos presenta, por un lado, lo más luminoso
y brillante de los intelectivo y religioso y, por
el otro, el impulso del poder y del dinero como
inflación. Tanto uno como otro constelizan
en el ser humano elementos que van desde la alineación
patológica hasta algo que es como una red:
una red que puede contener nuestra psique o apresarla
en las trampas y la seducción de Venus...”
Pudiéramos
entonces pensar así que, finalmente, estamos
ante dos expresiones de la misma aspiración,
y que deep in the heart es una sola y simple búsqueda
de la realización personal (la felicidad)
en cada individuo, ya sea por el Oro o por el Dios.
En
este sentido, la propaganda oficial de inventar
el “socialismo cristiano” sería
una manera de integrar ambas concepciones. Solo
que la generosidad humana es una virtud anti-natura
y sencillamente no funciona ni siquiera en el “hombre
nuevo”.
El
mismo Fidel Castro lo reconoció recientemente
cuando dijo en un discurso en La Habana el pasado
diciembre 2005: (Cf, Rebelión)
“El
hombre nace egoísta, porque la naturaleza
le impone los instintos… la educación
impone las virtudes”, dice el discurso. ¿Pero
en qué grado y en qué condiciones?
La evidencia empírica parece indicar que
la idea del homo novus solo es válida para
las masas en fases transitorias o condiciones de
excepción; para estados prolongados solo
es valida para minorías, posiblemente un
10 a 15% de una población nacional.
Curiosamente,
quizás uno de los éxitos del culto
y ritos de Maria Lionza sería la integración
de una serie de “deidades” que incluyen
todo un abanico de áreas de la imaginería
popular, desde la “corte patriótica”
(con Bolívar, Páez, Negro I, el Benemérito,
&c), la “corte indígena”
(Guaicaipuro, Tiuna, &c); la “corte médica”
(Razetti, José Gregorio, &c), la corte
negra, la corte malandra, etc. – mezcladas
con santos de la iglesia católica incluyendo
el propio Jesús. Esta exitosa amalgama representa
bien la constelación de la felicidad planteada
desde el origen, al integrar personajes de la política
con personajes de la religión.
Desde
esta perspectiva, por cierto, el “socialismo
cristiano” de la revolución bolivariana,
en cuanto exige una generosidad obligada, parece
contrariar los principios elementales del funcionamiento
de la humanidad, y convendría buscar otros
mecanismos más expeditos para reducir la
pobreza, que el tiempo apremia.
Alberto Méndez
Arocha es Ingeniero Mecánico
con un Doctorado en Derecho y Economía de
la Energía. Es Individuo de Número
de la Academia Nacional de Ingeniería y del
Habitat. Sus puntos de vista no necesariamente son
los de Petroleumworld.
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