Actualmente hay en todo el mundo unas treinta mil bombas
atómicas; ninguna está en América Latina.
Esa y no otra es la verdadera opción cero. De proponérselo
Brasil, Argentina y México cuentan con desarrollo
tecnológico y capacidad económica para poseerlas,
afortunadamente esa desviación no forma parte de
sus doctrinas de seguridad nacional ni de sus programas
de desarrollo. Las razones de un comportamiento tan maduro
y racional se asocian al desarrollo económico y cultural
y a razones geopolíticas, derivadas de la hegemonía
estadounidense en la región. Aunque persista la sospecha
de que Estados Unidos trasiega con armas atómicas
a bordo de buques y aviones por El Caribe y que probablemente
las almacene en Guantánamo y Puerto Rico, en América
Latina se reafirma el único criterio realmente valido:
La verdadera seguridad de que las armas nucleares no serán
empleadas es que no existan.
El
país latinoamericano con un desarrollo económico
más precoz fue Argentina que, al no contar con importantes
yacimientos de petróleo, carbón o gas, ha
estado siempre muy presionada por las carencias energéticas.
Las necesidades y los sueños movieron su temprano
interés por la energía nuclear.
En
1946, el físico argentino Enrique Gaviola anunció
que estaba en condiciones de emprender trabajos para utilizar
la energía atómica con fines industriales
y dijo conocer los principios para fabricar la bomba atómica.
A instancias suyas, en 1950 se constituyó en Argentina
la Comisión de Energía Atómica.
La
más apasionante página de esa historia comenzó
cuando en 1951 el presidente Juan Domingo Perón dio
a conocer la insólita noticia de que en una planta
piloto argentina, se habían realizado reacciones
termonucleares en una escala significativa. El mandatario
se refería a los trabajos de Ronald Richter, un científico
austriaco nacionalizado, precursor de tales investigaciones.
Todo
indica que Richter logró aproximarse a una solución
teórica de lo que pudiera ser una fusión atómica
controlada, cosa que entonces era absolutamente impracticable,
aun para los países más avanzados, alguno
de los cuales ni siquiera investigaban al respecto.
Perón
dio a Richter los laboratorios, el dinero y el poder necesario,
para realizar los más audaces proyectos en materia
de energética nuclear emprendidos jamás y
que si bien no condujeron al éxito, sirvieron para
impulsar esa rama. Genio o loco o ambas cosas, Richter fue
un enérgico precursor y Perón un mecenas visionario.
Por
sus propios caminos, Argentina llegó a dominar la
producción de electricidad por medios atómicos,
enriquecer uranio y fabricar plutonio a nivel de laboratorio,
incluso en los años setenta, en los tiempos de la
dictadura de Leopoldo Galtieri y de cara al conflicto con
Gran Bretaña por las islas Malvinas, acarició
la idea de dotarse de armas atómicas.
Cuando
en 1945 estalló la primera bomba atómica,
Brasil ya exportaba monacita, un mineral radioactivo, circunstancia
que alimentó la idea de una bomba atómica
brasileña, ilusión revivida en los años
setenta cuando, bajo la dictadura, aprovechando la introducción
de tecnologías para la energética nuclear
con fines pacíficos, los militares coquetearon con
la idea. El retorno a la democracia moderó tales
aprestos.
Recientemente,
Brasil relanzó la polémica nuclear al declararse
en condiciones de enriquecer uranio en escala comercial.
La base del empeño de naturaleza económica
es que al contar con la sexta reserva de uranio del planeta
y poder refinarlo, aspira a cubrir sus necesidades y convertirse
en exportador.
El
anuncio disparó las alertas de la OIEA que, invocando
las salvaguardas de Tratado de No Proliferación,
envió a sus inspectores, cosa aceptada por Brasil
que sin embargo no permitió el acceso a tecnologías,
consideradas como un "secreto Industrial".
México
que nunca ha mostrado especial interés por la energética
nuclear y mucho menos por las armas atómicas, tuvo
en Alfonso García Robles, avezado diplomático
y premio Nóbel de la Paz, al impulsor del Tratado
de Tlatelolco, aprobado por la ONU y suscrito por todos
los países de la región y que establece la
total proscripción de armas nucleares en América
Latina.
Afortunadamente,
aunque fueron tentados, Brasil y Argentina no se dejaron
arrastrar a la competencia geopolítica que las hubiera
convertido en rivales, ni fundan sus proyecciones internacionales
en la absurda idea de que la influencia internacional y
la seguridad nacional se asocia con las armas atómicas.
Aunque
persista la sospecha de que Estados Unidos trasiega con
armas atómicas a bordo de buques y aviones por El
Caribe y que probablemente las almacene en Guantánamo
y Puerto Rico, en América Latina se reafirma el único
criterio realmente valido: La verdadera seguridad de que
las armas nucleares no serán empleadas es que no
existan.