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Análisis y opinión sobre energía y política

La opción cero



Hiroshima después del ataque con la bomba atómica

Por Jorge Gómez Barata

Actualmente hay en todo el mundo unas treinta mil bombas atómicas; ninguna está en América Latina. Esa y no otra es la verdadera opción cero. De proponérselo Brasil, Argentina y México cuentan con desarrollo tecnológico y capacidad económica para poseerlas, afortunadamente esa desviación no forma parte de sus doctrinas de seguridad nacional ni de sus programas de desarrollo. Las razones de un comportamiento tan maduro y racional se asocian al desarrollo económico y cultural y a razones geopolíticas, derivadas de la hegemonía estadounidense en la región. Aunque persista la sospecha de que Estados Unidos trasiega con armas atómicas a bordo de buques y aviones por El Caribe y que probablemente las almacene en Guantánamo y Puerto Rico, en América Latina se reafirma el único criterio realmente valido: La verdadera seguridad de que las armas nucleares no serán empleadas es que no existan.

El país latinoamericano con un desarrollo económico más precoz fue Argentina que, al no contar con importantes yacimientos de petróleo, carbón o gas, ha estado siempre muy presionada por las carencias energéticas. Las necesidades y los sueños movieron su temprano interés por la energía nuclear.

En 1946, el físico argentino Enrique Gaviola anunció que estaba en condiciones de emprender trabajos para utilizar la energía atómica con fines industriales y dijo conocer los principios para fabricar la bomba atómica. A instancias suyas, en 1950 se constituyó en Argentina la Comisión de Energía Atómica.

La más apasionante página de esa historia comenzó cuando en 1951 el presidente Juan Domingo Perón dio a conocer la insólita noticia de que en una planta piloto argentina, se habían realizado reacciones termonucleares en una escala significativa. El mandatario se refería a los trabajos de Ronald Richter, un científico austriaco nacionalizado, precursor de tales investigaciones.

Todo indica que Richter logró aproximarse a una solución teórica de lo que pudiera ser una fusión atómica controlada, cosa que entonces era absolutamente impracticable, aun para los países más avanzados, alguno de los cuales ni siquiera investigaban al respecto.

Perón dio a Richter los laboratorios, el dinero y el poder necesario, para realizar los más audaces proyectos en materia de energética nuclear emprendidos jamás y que si bien no condujeron al éxito, sirvieron para impulsar esa rama. Genio o loco o ambas cosas, Richter fue un enérgico precursor y Perón un mecenas visionario.

Por sus propios caminos, Argentina llegó a dominar la producción de electricidad por medios atómicos, enriquecer uranio y fabricar plutonio a nivel de laboratorio, incluso en los años setenta, en los tiempos de la dictadura de Leopoldo Galtieri y de cara al conflicto con Gran Bretaña por las islas Malvinas, acarició la idea de dotarse de armas atómicas.

Cuando en 1945 estalló la primera bomba atómica, Brasil ya exportaba monacita, un mineral radioactivo, circunstancia que alimentó la idea de una bomba atómica brasileña, ilusión revivida en los años setenta cuando, bajo la dictadura, aprovechando la introducción de tecnologías para la energética nuclear con fines pacíficos, los militares coquetearon con la idea. El retorno a la democracia moderó tales aprestos.

Recientemente, Brasil relanzó la polémica nuclear al declararse en condiciones de enriquecer uranio en escala comercial. La base del empeño de naturaleza económica es que al contar con la sexta reserva de uranio del planeta y poder refinarlo, aspira a cubrir sus necesidades y convertirse en exportador.

El anuncio disparó las alertas de la OIEA que, invocando las salvaguardas de Tratado de No Proliferación, envió a sus inspectores, cosa aceptada por Brasil que sin embargo no permitió el acceso a tecnologías, consideradas como un "secreto Industrial".

México que nunca ha mostrado especial interés por la energética nuclear y mucho menos por las armas atómicas, tuvo en Alfonso García Robles, avezado diplomático y premio Nóbel de la Paz, al impulsor del Tratado de Tlatelolco, aprobado por la ONU y suscrito por todos los países de la región y que establece la total proscripción de armas nucleares en América Latina.

Afortunadamente, aunque fueron tentados, Brasil y Argentina no se dejaron arrastrar a la competencia geopolítica que las hubiera convertido en rivales, ni fundan sus proyecciones internacionales en la absurda idea de que la influencia internacional y la seguridad nacional se asocia con las armas atómicas.

Aunque persista la sospecha de que Estados Unidos trasiega con armas atómicas a bordo de buques y aviones por El Caribe y que probablemente las almacene en Guantánamo y Puerto Rico, en América Latina se reafirma el único criterio realmente valido: La verdadera seguridad de que las armas nucleares no serán empleadas es que no existan.

 

Jorge Gómez Barata es profesor universitario, investigador y periodista cubano, autor de numerosos estudios sobre EEUU. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor:Este comentario fue originalmente publicado inSurGente/ Radio Habana Cuba, el 8 de mayo del 2006. Lo reproducimos en beneficio de los lectores. Petroleumworld no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion, por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.

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