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Análisis y opinión sobre energía
y política
Marx
und Bolívar
Por Ibsen Martínez
Los
marxistas de salón que prosperan en estos días
al amparo de Chávez llevan décadas intentando
convertir a Simón Bolívar en un precursor
de su causa. Martínez reconstruye la visión
que Marx tenía de Bolívar y la forma en que
el Libertador ha sido apropiado por tirios y troyanos.
A Inés Quintero
En
1939 se vino al fin abajo lo que había sido el falansterio
de Red Bank, en Nueva Jersey.
Nadie pudo tomar nota más dolida del suceso que Edmund
Wilson, nativo él mismo de Red Bank y, por aquel
entonces, inmerso en la escritura de Hacia la estación
de Finlandia, su clásico divulgativo sobre "la
tradición revolucionaria en Europa y el surgimiento
del socialismo".
Wilson leyó la noticia del colapso del edificio principal
del falansterio en un diario de la localidad, precisamente
cuando abordaba el capítulo dedicado a la suerte
corrida por las ideas de Robert Owen y Charles Fourier en
los Estados Unidos.
Según Wilson, aquel ruinoso falansterio, construido
casi un siglo atrás y de acuerdo con las complejas
prescripciones arquitectónicas de Fourier, alojaba
todavía a descendientes de la comunidad original,
fundada en 1843. La pobre gente malvivía de cultivar
tomates en mezquinas tierras baldías.
La de Red Bank no fue, por cierto, la única colectividad
estadounidense inspirada en las ideas de Fourier pero, al
parecer, fue la última en extinguirse, y el hecho
reviste americana singularidad, pues en la Europa en que
le tocó vivir a Fourier no llegó nunca a prosperar
un falansterio.
Originalmente llamada The North American Phalanx, la agrupación
dio cobijo en su momento a los fieles emigrados de la renombrada
comuna de Brook Farm, una vez que ésta se hubo disuelto,
y también a numerosos exilados políticos franceses,
algunos de ellos sobrevivientes de la Comuna de París.
Durante las dos décadas inmediatamente anteriores
a la Guerra de Secesión, se registró en los
Estados Unidos una intensa polinización cruzada entre
decenas de sectas religiosas y toda clase de iniciativas
colectivistas que, a la larga, condujo a la aparición,
según la cuenta llevada por Wilson, de más
de 178 comunas cuya membresía podía ser de
apenas quince personas o sobrepasar las novecientas.
En su libro, Wilson cita a Morris Hilquitt, quien, en su
Historia del socialismo americano, calcula que hacia 1860
en los Estados Unidos los utopistas se contaban por centenares
de miles. Hubo comunidades integradas exclusivamente por
americanos, aunque también, como la de los "icarianos"
franceses, las hubo constituidas tan sólo por inmigrantes
europeos.
Así, deístas, agnósticos, shakers,
swedemborgianos, trascendentalistas, enemigos de los impuestos,
partidarios del amor libre, de la castidad o del derecho
a portar armas sin licencia del Estado, integraron agrupaciones
declaradamente comunistas con respecto a la propiedad colectiva
de los medios de producción y de los beneficios de
su actividad.
Una de las experiencias más exitosas —o por
mejor decir, de las más duraderas, pues resistió
32 años ceñida a sus principios colectivistas—
fue la llamada Oneida, fundada en 1847 en el estado de Nueva
York. Oneida se definía a sí misma como una
comuna "perfeccionista". Los perfeccionistas propugnaban
la paulatina eliminación de la humana propensión
al mal por vía de la reforma social universal.
Oneida acabó por disolverse en 1879, sólo
para reconstituirse dos años más tarde en
sociedad anónima con fines de lucro y comenzar a
hacerse famosa por las infalibles trampas de acero para
cazar osos y castores que diseñó entonces
su fundador, el idiosincrásico y denodado John Noyes.
Característicamente, algunos utopistas yanquis optaron
por emitir paquetes accionarios al momento de fundar sus
comunidades. Así fue al menos como el señor
George Ripley, miembro de la Iglesia Unitaria y muy inclinado
a las ideas emersonianas, propugnó en 1841 la creación
de una granja experimental en West Roxbury, Massachusetts.
Los miembros fundadores de la cooperativa Brook Farm debieron
sufragar la emisión de 24 acciones con un valor facial
de 500 dólares cada una.
Entre los fundadores de Brook Farm, además de Ripley,
se contaba el mismísimo Nathaniel Hawthorne. Ralph
Waldo Emerson fue un visitante frecuente de la propiedad.
Horace Greely, quien más tarde fundaría el
longevo e influyente New York Daily Tribune, era otro de
los habituales, seguramente invitado de honor de su íntimo
amigo Charles A. Dana, uno de los fundadores.
Digamos de una vez que Brook Farm no resultó gran
cosa como granja, experimental o no. Al parecer le fue mucho
mejor como escuela de humanidades no registrada. En todo
caso, si hubiese que definir "filosóficamente"
esta colectividad, podría decirse que su origen fue
un desprendimiento de la Iglesia Unionista y que el ala
emersoniana seguramente animaba el convivio en aquel apartado
paraje de la Nueva Inglaterra.
Las cosas dieron un vuelco definitivo cuando las ideas de
Charles Fourier prendieron en el ánimo de los fundadores.
En ello mucho tuvo que ver la labor de zapa de Albert Brisbane,
otro de los accionistas. Los fundadores de Brook Farm, ahora
conversos fourieristas, iniciaron en 1844 la "reingeniería"
del lugar con miras a fundar un falansterio en territorio
americano.
No deja de ser una ironía que Charles Fourier —"el
visionario tranquilo", como lo llama Mario Vargas Llosa
en un justiciero ensayo (Letras Libres, enero de 2003)—,
quien murió en 1837, haya pasado los últimos
años de su vida aguardando la aparición de
un mecenas que financiase los proyectos que nunca vio realizados
en vida y que, menos de una década después
de su muerte, algunos de los hombres más ricos de
la costa Este de los Estados Unidos se hayan llevado, sin
pensarlo demasiado, la mano al bolsillo para tentar una
experiencia falansteriana.
Aunque Brook Farm no sobrevivió al incendio que en
1846 destruyó por completo la edificación
central de la comunidad, el experimento dejó como
saldo —y no fue poca cosa— un semanario dedicado
exclusivamente a la difusión de las ideas de Charles
Fourier en los Estados Unidos. Se llamó The Harbinger
—El Precursor—, fundado por el propio Ripley
durante los años de Brook Farm en 1845, y que por
mucho tiempo después continuó editándose
en la ciudad de Nueva York.
¿Porqué estoy trasteando con la historia de
una comuna fourierista estadounidense si lo que me había
propuesto es dar noticia de cómo la izquierda latinoamericana
—notablemente la coalición de izquierda "subregional
andina" que hoy apoya a Hugo Chávez— pudo
apropiarse, para sus fines simbólicos de agitación
y propaganda, de una figura tan conservadora y militarista
como la de Simón Bolívar, cuyo culto había
sido siempre enseña de la derecha más intransigente?
Me respondo que quizá sea porque en Brook Farm coincidieron
tres estadounidenses notables que hicieron de Karl Marx
un periodista "moderno".
Horace Greely fundó en 1841, ya se ha dicho, el matutino
New York Daily Tribune, que se editó ininterrumpidamente
hasta 1966. Charles Ripley inauguró en el diario
de su amigo la reseña de libros como género
periodístico en la prensa moderna americana y dirigió
por 30 años la sección literaria del Tribune.
Charles A. Dana fue, desde 1846, el principal asistente
editorial de Greely.
En 1848, Dana cubría para el Tribune la revolución
europea y fue entonces, en Colonia, cuando conoció
a Marx, quien le causó una viva impresión.
Tanta, que en 1851 contrató a Marx como corresponsal
europeo del periódico. La estadística de su
desempeño, durante la década en la que estuvo
enviando al diario hasta dos entregas semanales, deja traslucir
la singular relación de amistad y comensalismo entablada
por Marx con Engels desde 1844: de un total de 321 artículos
publicados, 109 fueron escritos por Engels y 14 más
lo fueron al alimón. Pero no firmaban consolidadamente,
como lo hacían Lennon y McCartney. Sólo Marx
recibía crédito y cobraba el estipendio acordado
con Dana.
Karl Kraus nos dejó dicho que "no tener una
idea y poder expresarla es lo que hace al periodista".
Nunca fue más verdadero el aforismo que cuando Karl
Marx recibió en 1857 el encargo de un artículo
sobre Simón Bolívar para la New American Cyclopaedia,
dirigida por Dana en aquellos días.
En total, Dana encomendó a Marx 57 artículos,
de los que, característicamente, Engels terminó
escribiendo una abrumadora mayoría y renunciando
al crédito en pro de su admirado amigo. Marx apenas
se animó a abordar seis de las entradas. La dedicada
a Bolívar fue la última de ellas. He llegado
a pensar que Marx y Engels echaron a suertes quién
de los dos la escribiría.
Dana aspiraba a que Marx le enviase decenas de biografías
de grandes figuras militares de la época. Marx, a
su vez, dudaba de su capacidad para escribirlas pues el
tema militar le era completamente ajeno. En rigor, era la
especialidad de Engels, quien sólo por ello era apodado
familiarmente "El General".
Con todo, Marx se las arregló para escribir los perfiles
del general Jozef Bem, un patriota polaco que luchó
contra los ejércitos imperiales austriacos y sobre
cuatro de los generales de Napoleón: Bessierès,
Brune, Bernardotte y Bogeaud. Dana, satisfecho con el trabajo,
le pidió entonces escribir sobre Simón Bolívar.
Esta vez Dana no pudo sino alarmarse por el tono racista
y la enfática animadversión que muestra Marx
en su pieza sobre Bolívar. En consecuencia, escribió
a Marx enérgicos reparos a un texto que se aparta
sin disimulo de la convencional imparcialidad que imposta
el lenguaje de las enciclopedias.
En su correspondencia con Engels, Marx admite con sorna
que se le pasó "algo" la mano al salirse
del ecuánime registro adjetival que exige el tono
enciclopédico, "pero —añade—
habría sido también pasarse de la raya presentar
como un Napoléon I al canalla más cobarde,
brutal y miserable (sic). Bolívar es el verdadero
Soulouque".1
¿Quién fue el Soulouque con quién compara
Marx a Bolívar? Pues nada menos que un "emperador"
de Haití. Antiguo esclavo analfabeta, Faustine Élie
Soulouque se alzó presidente de aquel país
en 1847, y en 1849 se declaró emperador. Su corrupto
y sanguinario reinado duró diez años; su corte,
una dantesca caricatura de la de Napoleón I. Soulouque
dispuso una malhadada invasión a Santo Domingo sólo
para que su férreo y brutal "imperio" terminase
con una revolución encabezada por Nicholas Fabre
Geffrard.
Hans Magnus Enzensberger, en su libro Conversaciones con
Marx y Engels2 nos ofrece un singular "índice
de injurias y elogios". Su libro es una sugestiva antología
de informantes, contemporáneos de Marx y Engels,
que cita a colaboradores y amigos tanto como adversarios
y detractores, manteniendo el orden cronológico de
las menciones.
Este índice de injurias y elogios proviene del epistolario
entre Marx y Engels y se lee como una tomografía
del voluble hígado de Marx, de su patriarcalismo,
de su célebre talante de judío antisemita;
en fin, de su extraordinario don para la descalificación.
De Bruno Bauer, por ejemplo, quien fue su mentor de juventud,
y el hombre que en 1841 abogó, sin éxito,
por una plaza académica en la Universidad de Bonn
para su querido pupilo, Marx dice: "Señor Bruno.
Fraselogías. Profesor auxiliar de teología.
Crítico engreído. Divertido vejete. Solterón.
Temerosamente preocupado por su conservación. Manías
de grandeza. Curiosidad infantil. Rústico. Buen hombre.
El más profundo enlodamiento. Incorregible. Viejo
catedrático pedante. Tonto de remate. El más
monótono chismorreo, aplastado como boñigas
de vaca chafadas".
Del fiel Eduard Bernstein: "Burgués ordinario.
Pacífico filántropo. Dignidad de censor oficial.
Demasiado moderado. Judaizante. Nulidad en teoría,
inservible en la práctica. Pobre charlatán
contrarrevolucionario. Filisteo. Poca reflexión.
Comprende con rapidez. Ha mejorado más de lo previsible.
Buen tacto. Confuso. Tipo formidable. Ridículo comediante".
De la condesa Sophie Hatzfeld, esposa de Fernindad Lasalle,
quien a su vez siempre produjo en Marx emociones encontradas
de admiración y envidia y avivó toda clase
de dicterios racistas: "Mucha energía para ser
alemana. Tono juadaizante. Inteligencia política.
Buenos recursos. Muy distinguida. Mucho intelecto natural.
No es una marisabidilla. Vivaz. Babilónica. Vieja.
Vieja Marrana. Puerca. Persona terrible. Vieja puta".
De Henrich Heine, admiradísimo por Marx en su juventud:
"Pobre diablo. Tío estupendo. Sentido común
en sentido político. Viejo perro". ¿Podría
esperar un trato más ecuánime el Soulouque
caraqueño?
Casi olvido contarles que, en su artículo sobre Bolívar,
Marx nos fulmina, ¿por una vez con puntería?,
a los venezolanos en general cuando dice: "Como la
mayoría de sus compatriotas, era [Bolívar]
incapaz de todo esfuerzo de largo aliento".
Marx desespera a menudo, en sus cartas a Engels, de tener
que dedicar tiempo y neuronas a elucidar cuáles pudieron
ser "las circunstancias y las condiciones que permitieron
a un personaje mediocre y grotesco [Bolívar] representar
el papel de héroe".
Y ahora, imaginemos que estamos en 1928 y que usted acaba
de ingresar al Partido Comunista de Venezuela, una Iglesia
que, como toda Iglesia, tiene teología, culto, liturgia,
sagradas escrituras y un profeta indiscutible, Karl Marx.
Desea apropiarse, para fines de agitación y propaganda,
del inmenso valor simbólico que para las masas tiene
Bolívar en un país donde un dictador del siglo
XIX, Antonio Guzmán Blanco, alentó deliberadamente,
y con gran éxito, el culto al Libertador.
Pero allí están Karl Marx y sus Sagradas Escrituras
para caracterizar al Héroe como un palurdo, un hipócrita,
un chambón mujeriego, un inconstante, un botarate,
un aristócrata con ínfulas republicanas, un
ambicioso mendaz cuyos contados éxitos militares
se deben sólo al tren de asesores irlandeses y hannoverianos
que ha reclutado como mercenarios, comprometiendo con ello
la futura factura cafetera del país.
Si no bastase el aborrecimiento que en Marx infunde la sola
mención de Bolívar, usted tiene todavía
ante sí otro problema formidable: la derecha vio
primero a Bolívar y se apoderó de él
por completo. Lo quiso y lo tuvo ella sola, muchísimo
antes que la izquierda y quizá por demasiado tiempo.
En 1910, año del Centenario de la Independencia,
nos sojuzgaba el general Juan Vicente Gómez. Vallenilla
Lanz, brillante áulico positivista del tirano, no
desperdició la ocasión para relanzar vigorosamente
el culto creado por el dictador Guzmán Blanco en
la segunda mitad del siglo XIX y, de paso, nimbar con un
aura de "predestinación" bolivariana a
Gómez.
En Cesarismo Democrático, un opúsculo inquietantemente
bien escrito, Vallenilla Lanz rescata, de entre todo lo
que, en materia política, dejó escrito Bolívar,
tan sólo la figura del presidente vitalicio y la
idea de un ejecutivo fuerte. Las sintetiza en la noción
del "presidente boliviano" (por "bolivariano")
que vendría a encarnar, precisamente, en el sátrapa
Juan Vicente Gómez.
Colombia puede mostrar también una legión
de bolivarianos partidarios del autoritarismo. Tal es el
caso de Sergio Arboleda, quien entiende el ideario de Bolívar
como una vindicación de la religión, el orden,
la propiedad, la jerarquía y la disciplina. O el
de Rafael Núñez, liberal en materia económica
al tiempo que promotor de los principios autoritarios contemplados
en la Constitución de Bolivia. O el de Miguel Antonio
Caro, inspirado "monarquista bolivariano", como
llegó a ser llamado, y quien con frecuencia invocaba
el sueño de Bolívar de crear en América
"una república lacedemónica, atemperada
y autoritaria". Pero, sin duda, uno de los más
delirantes ejemplares de la derecha colombiana, y hablamos
ya del siglo XX, fue Silvio Villegas.
En 1937, Villegas publicó en Manizales un libro titulado
No hay enemigos a la derecha, en el que se muestra defensor
del fascismo mussoliniano y del nacional-socialismo de Hitler.
Pretendía con ello promover la idea de fundar una
"Acción Nacionalista Popular", una versión
neogranadina del fascismo italiano.
Por herético que esto pueda sonarle a los que, desde
la izquierda europea actual, simpatizan con la "revolución
bolivariana" encabezada por Hugo Chávez, los
vasos comunicantes entre el fascismo y la cepa original
del bolivarianismo no son ocurrencia exclusivamente latinoamericana:
Ezio Garibaldi —nieto del héroe italiano—,
quien llegó a ser ministro plenipotenciario del rey
de Italia, pronunció en una ocasión un discurso
de orden ante la Cámara de Diputados. Allí
afirmó que el Duce "era la encarnación
histórica [...] de algunos aspectos del espíritu
bolivariano"3. Poco tiempo después, en 1933,
se publicó la primera traducción de la obra
de Vallenilla Lanz. El prologuista exalta del autor venezolano
su "espíritu exquisitamente fascista".
El colmo de estos colmos se registró ¡en España!,
a comienzos de los años setenta del siglo pasado,
y deja muy desairado al eurochavismo "de izquierda"
del tipo Gaspar Llamazares: Francisco Franco, en palabras
de Ernesto Giménez Caballero, uno de sus apologistas,
vendría a ser el "auténtico intérprete
del pensamiento bolivariano, el cual no ha sido realizado
ni siquiera por el propio Bolívar, sino por Franco,
gran lector y meditador sobre esa auroral y precursora figura
hispanoamericana"4.
¿Cómo discurrió la ardua operación
"intelectual" con que la izquierda latinoamericana
pudo apropiarse de Bolívar para su arsenal simbólico?
Nadie en Hispanoamérica ha denunciado el culto a
Bolívar tan lúcidamente como el venezolano
Luis Castro Leiva. Lo delató no sólo como
martingala autoritaria y militarista, sino también
como el misticismo moral que ha envenenado durante más
de un siglo nuestra idea de la república, de la política
y del ciudadano.
Según nuestro desaparecido historiador de las ideas,
el bolivarianismo es un historicismo de la peor especie
que entraña una moral inhumana e impracticable y,
por ello mismo, tremendamente corruptora de la vida republicana.
Castro Leiva5 mostró cómo la biografía
ejemplar de Simón Bolívar ha sido la única
filosofía política que los venezolanos hemos
sido capaces de discurrir en casi dos siglos de vida independiente.
Esa "filosofía" no es, según Castro
Leiva, más que una perversa "escatología
ambigua" que sólo ha servido para alentar el
uso político del pasado.
Para ilustrar esto último se me ocurre un ejemplo,
entre cientos, y no precisamente de raigambre marxista:
la fallida política de sustitución de importaciones,
propugnada por el gobierno de la socialdemócrata
Acción Democrática y por sectores privados
comensales del Estado, a comienzos de la década de
los sesenta. Venezuela entera se vio empapelada con afiches
plagiarios del aviso reclutador del Tío Sam.
Un Simón Bolívar de un metro ochenta, en uniforme
de generalísimo, ceñudo e imperioso, con un
puño sobre sus mapas, nos increpaba con el índice
de la otra mano. La leyenda al pie rezaba: " Yo la
hice libre. Hazla tú próspera ¡Consume
productos venezolanos!": Bolívar nos hablaba,
como siempre lo hace, desde el pasado, trasmutado en pionero
del proteccionismo cepalista; alguien de quien Raúl
Prebisch no vendría a ser sino un epígono
tardío.
Quizá la superchería más perversa es
la que procura hacer valer hoy una especie de "linaje
revolucionario" implícito en la consigna "terminamos
la obra comenzada por el Libertador". Tal es el caso
de los chavistas, quienes "terminan lo que Bolívar
dejó inconcluso", sea lo que fuere lo que dejó
inconcluso. Fraudulenta ceremonia de validación moral,
mera ambición de hegemonía política
disfrazada de inescapable, hegeliana "razón
histórica".
Su arte suasoria es mala y el espíritu que la anima
es fullero: se nos pide que traguemos demasiados sofismas
a la vez para concluir que todo aquel que se ofrezca como
albacea testamentario de un sueño (ya sea el de Bolívar
o el del doctor Martin Luther King) está moralmente
mejor asistido para gobernarnos que el resto de los compatriotas.
Las izquierdas colombianas y venezolanas han extremado,
desde hace años, sus esfuerzos para tender y estirar
líneas de parentesco con un pasado americano validador
de sus designios. Si ese pasado pudiese ser precolombino,
sería para ellas mejor que la máxima felicidad.
Es fácil advertir en esos esfuerzos la necesidad
de salirle al paso a la acusación de que sus ideas
eran extrañas y "ajenas a nuestras tradiciones".
Para atenuar la noción de ser agentes de una proterva
potencia extranjera —la URSS—, en los años
sesenta se bautizaba a los erráticos frentes guerrilleros
venezolanos con el nombre de igualmente erráticos
esclavos cimarrones del siglo xviii o de algún caudillo
de montonera del XIX.
País Portátil, la novela de Adriano González
León, ganadora del Premio Biblioteca Breve en 1968,
es una avatar literario de esta superchería. Andrés
Barazarte, su protagonista, el hamletiano guerrillero urbano
de los años sesenta venezolanos, se nos presenta
como el heredero natural, si bien marxista-leninista, de
los chapuceros caudillos "liberales" trujillanos
del siglo XIX.
Dicho todo así, es posible que esté yo haciendo
lucir demasiado fácil algo en verdad bastante más
complejo. Lo cierto es que la izquierda venezolana —y
hablando en general, la de nuestros países andinos—
se ha visto en el duro trance de expropiar la "tradición
bolivariana", originalmente conservadora y de derechas.
Toda expropiación es un acto de violencia, aunque
se ejerza en el universo simbólico. Y para poder
hacerse del "padre Bolívar", la izquierda
tuvo que ejercer violencia contra su propio padre: Marx.
Desde que, en los años treinta del siglo pasado,
Aníbal Ponce, marxista y trotamundos argentino, rescató
para la lengua castellana el texto en que Karl Marx pone
verde a Simón Bolívar, la izquierda latinoamericana
se adhirió inmediatamente a la visión marxista
del prócer suramericano y, dogmáticamente,
congeló el tema: el Caraqueño Mayor era lo
que Marx dijo que había sido y sanseacabó.
Ponce se hallaba en 1935 en Moscú, contribuyendo
a la edición castellana de las obras completas de
Marx y Engels. Por aquel tiempo, un marxista latinoamericano
no se permitía ningún esguince revisionista.
Y es que un marxista latino-americano fue casi siempre,
en el mejor de los casos, apenas un concesionario autorizado
de la casa matriz: la Academia de Ciencias Sociales y Políticas
de Moscú.
Desde luego, hubo marxistas como el cubano Julio Antonio
Mella, quien ya en 1923 invocaba al Libertador como inspirador
de las luchas redentoras del continente. Para conjurar el
riesgo de excomunión, tanto Mella como el peruano
José Carlos Mariátegui, se apresuraban a dejar
muy claro que Bolívar fue un ejemplar superlativamente
genial de la casta criolla blanca, pero que sólo
había llegado hasta donde lo dejaron llegar la superestructura
ideológica correspondiente a su clase social —"en
el respectivo nivel de desarrollo de las fuerzas productivas
presentes en la Venezuela de comienzos de siglo XIX"—
y una falsa conciencia "mantuana"6 de la realidad
de la que el Libertador no tenía la culpa porque
no había podido leer a Marx.
Gilberto Vieira, eterno secretario general del Partido Comunista
colombiano, también quiso rescatar a Bolívar
para la izquierda en un libro titulado Sobre la estela del
Libertador. Vieira aborda explícitamente el espinoso
asunto del artículo de Marx sobre Bolívar,
pero no sale airoso cuando blasfema al decir que lo de Marx
era "sólo una opinión" y que un
marxista verdadero no funda su criterio en "opiniones".
Con el fin de la Segunda Guerra, el inicio de la descolonización
del llamado Tercer Mundo y la aparición de los movimientos
de "liberación nacional" en el contexto
de la Guerra Fría, la desaparecida Unión Soviética
tuvo interés en revisar el dogma marxista (elaborado
por dinosaurios como Vladimir Miroshevski) sobre las figuras
llamadas "popularnacionales", como Bolívar.
El tímido revisionismo que acompañó
la mentida "desestalinización" que siguió
al controvertido XX Congreso del PCUS fue decisivo en esta
mudanza de parecer. La Academia de Ciencias de la URSS decidió,
a fines de los cincuenta, darle una oportunidad a los "revisionistas"
como Anatoli Shulgovski7, quienes resolvieron el problema
con un expediente de admirable desparpajo pues trae consigo
la implicación de que Marx, siempre infalible en
todo, la embarró únicamente en el caso de
Bolívar, y ello se explica, dice Shulgovski, porque
las fuentes consultadas por Marx eran secundarias y sesgadas.
Con lo cual no se afectaba sensiblemente el elevado promedio
de juicios acertados de Karl Marx y se abría el camino
de una larga lista de despropósitos. El cubano Francisco
Pividal pudo así ganarse, en 1977, el Premio Casa
de las Américas con su Bolívar: Pensamiento
Precursor Del Antimperialismo, y la guerrilla del M-19 robarse
en Bogotá, en abril del 74, la espada de Bolívar
para afirmar en su proclama que luchaba por una Colombia
socialista y
"contra los amos nacionales y extranjeros que deformaron
las ideas del Libertador".
Es característica la improbidad intelectual con que
la izquierda latinoamericana se ha cebado en una carta,
más bien adulona, que el Libertador envió
en agosto de 1829 al coronel Patricio Campbell, encargado
de negocios de la corona inglesa. Me refiero a esa frase
que, maliciosamente citada fuera de contexto, ha ilustrado
en nuestro continente millones de afiches universitarios:
"Los EE.UU. parecen destinados por la Providencia para
plagar la América de miserias a nombre de la libertad".
Era sólo cuestión de tiempo para que en el
país de la teología bolivariana, inaugurada
por el autócrata Guzmán Blanco, y sobreelaborada
por los lameculos del sátrapa Juan Vicente Gómez,
un teniente coronel demagogo y populista, apoyado por la
izquierda militarista —¿habrá habido
alguna izquierda en América Latina que no haya sido
militarista?—, educado en una Academia Militar que
como, la venezolana, siempre fue templo de la teología
bolivariana más "integrista", terminase
por cambiarle el nombre a la República de Venezuela.
La única vez que he hablado a solas con Hugo Chávez
fue en el año 2000, con ocasión de una entrevista
que me concedió para El Nacional de Caracas.
El encuentro tuvo lugar en La Casona, la residencia presidencial
venezolana, en una mañana especialmente lluviosa
que pudo mantenernos a todos en la aprensión de ver
repetida la tragedia de los deslaves ocurridos el año
anterior en el estado Vargas.
Cuando el edecán me condujo al corredor donde habría
de desarrollarse la entrevista, ambos encontramos al Presidente
adentrado en el césped de un jardín interior,
de pie y de espaldas al sitio por donde habríamos
de acercarnos, enajenado del entorno, ensimismado y como
mirando a lo alto del cerro Ávila, auscultando lo
que Borges habría llamado "los colores irrecuperables
del cielo".
Acostumbrado a andar entre actores de teatro, sentí
al punto que flotaba algo extremadamente reciente en aquella
rodaja palaciega de "soledad del hombre imprescindible"
que se me ofrecía. La sospecha de que Chavéz
hubiese pretendido componer un cuadro inequívocamente
bolivariano, que hubiese saltado dentro de una figuración
asociada al culto del Héroe, como quien salta dentro
de una bata para recibir, no me ha dejado desde entonces.
Detengámonos un instante en esa imagen, pensemos
en lo que entraña su "fisicalidad", para
usar un término del Actor's Studio. De estar yo en
lo cierto, el Comandante ha debido de adoptarla a la carrera,
calculando efectos, corrigiendo el ángulo del perfil,
detalles del atuendo, del semblante, etcétera. ¿En
qué pensaba mientras tanto? ¿En qué
piensa Chávez cuando se queda a solas?
Hay razones para creer que los de Chávez, igual que
los pensamientos de Robespierre, según habla de ellos
el Dantón de Anton Buchner, "parecen vigilarse
unos a otros". A solas es cuando más fácilmente
nos hiere la convicción de nuestra propia inanidad,
o nos abate la inescapable certeza del fracaso.
"Fracaso": he ahí una palabra que tuvo
indiscutible poder encantatorio para Bolívar. El
fracaso del titán fue el leit motiv oratorio favorito
de ese autócrata filántropo, a ratos jacobino,
a ratos plañidero, que fue Bolívar. Se despliega
en un sinfín de temas: la aflicción de haber
arado en el mar, la soberbia amargura del desprendido que
baja a la tumba con una camisa prestada, la arrogancia de
aquel que se equiparó a Cristo y al Quijote —"juntos
hemos sido los tres más grandes majaderos de este
mundo"—, la criminal pequeñez de los magistrados
—"a quienes nunca hemos visto en las batallas"—,
la determinación del Hombre de las Dificultades,
la adversidad que es tan impostora como el éxito...
Todas esas melancolías del culto bolivariano ¿cómo
se engastan en el modelo de la realidad que tramola Chávez
cuando, por equivocación, se queda a solas, siquiera
un instante, con el inescapable fracaso que, a buen seguro,
acarreará su aspaventosa gesticulación "titanista",
su populismo manirroto?
De todas las torceduras ideológicas que engrifan
a Chávez, la bolivariana parece ser la más
consistente consigo misma y la más consoladora: el
fracaso de Bolívar, lo más suculento del bolivarianismo,
ofrece una visión heroica de la Historia, le aporta
una retórica voluntarista, un modelo moral... y una
coartada para cuando fracase.
Lo demás es vulgar marxismo de quita y pon —muy
afín al leninismo retráctil de Fidel Castro—,
"teoría" de la dependencia y del imperialismo,
fabulaciones sobre un desarrollo económico independiente
por vía no capitalista, ideas recibidas sobre dos
discutibles y escapadizas categorías sociales: la
oligarquía y los pobres. La infatuación bolivariana
con el fracaso —emoción muy propia del bolivarianismo
de derechas—, entendido ese fracaso como insignia
de honradez, desprendimiento y buena voluntad, brinda a
Chávez, por sobre todas las inactuales supercherías
de izquierda que la acompañan, la ventaja "de
sublimizar la dictadura como filantropía del héroe
que nos sojuzga para salvarnos de nosotros mismos".
El "fracaso de Bolívar" es el "fantasma",
en el sentido que da Lacan al término, que se cuela
en la psique de Chávez a través de la herida
que abren el fracaso de su experimento "cívico-militar"
y la íntima certeza de que ya es tarde para darle
el vuelco violento con que él nos amenaza cada cierto
tiempo.
Pero, con todo, ese misticismo moral bolivariano es el que
mejor permite justificar el retorno al espíritu de
la logia "éticamente superior" que dice
estar dispuesta a recurrir a las armas para defender la
revolución y rescatarla de los desaprensivos, de
los tibios y, últimamente, también de sus
corruptos.
De Bolívar gusta mucho, a colombianos y venezolanos
por igual, decir que fue un visionario. Nunca lo fue tanto,
creo yo, como cuando, un año antes de morir, escribió
a un político de mi país: "... Si algunas
personas interpretan mi modo de pensar y en él apoyan
sus errores, me es bien sensible, pero inevitable; con mi
nombre se quiere hacer en Colombia el bien y el mal, y muchos
lo invocan como el texto de sus disparates"8. Nunca
suena Chávez tan bolivariano como en su mal disimulado
desdén por la alternabilidad democrática.
La lectura que hizo Chávez, hace ya unos años,
en su programa dominical de televisión, de sus pasajes
favoritos de El General en su laberinto —una de las
efusiones más brillantes del culto al Bolívar
"incomprendido" que haya salido de la pluma de
un latinoamericano— fue para los televidentes una
extraordinaria experiencia de extroyección vicaria:
Chávez quiso con el texto de García Márquez
hacer valer las razones que tuvo Bolívar para optar
por la dictadura luego de ser derrotado en una convención.
Viéndolo entonces supe que la pose del jardín
de La Casona no era del todo impostación, no era
del todo fraudulenta. Después de todo, hay quienes
creen en la metempsicosis y en la reencarnación.
Para desgracia de Chávez, la traslación que
pretende hacer del Weltschmerz romántico de la "tragedia"
de Bolívar es insostenible hoy día, aunque
más no lo sea porque ni Álvaro Uribe es Santander,
ni la ineptitud de la burocracia venezolana es la perfidia
secesionista del general Páez, ni la vertiginosa
corrupción de sus militares y routiers de la izquierda
marxistaborbónica sea cosa que se combata excluyendo
a los más en favor de una cúpula moralmente
"pura".
La expresión más cabal del fracaso político
de Bolívar fue justamente esa última malhadada
ocurrencia dictatorial en que se empeñó luego
de la Convención de Ocaña. La dictadura duró
apenas un año y precipitó su fin.
Y la pregunta que me hago es si alguna vez se ha detenido
Chávez a considerar que, con razón o sin ella,
los venezolanos decidieron un buen día de 1830 extrañar
perpetuamente del territorio nacional al mismísimo
Libertador Simón Bolívar. -
— Caracas, octubre de 200
Ibsen
Martínez es narrador, guionista
y periodista. Es autor de El mono arrullador de los manglares
(Grijalbo, 2000). Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Nota del Editor: Este comentario fue originalmente
publicado por Letras Libres en Enero del 2006. Petroleumworld
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