Nostalgia,
Diáspora y Globalización

Por
Gustavo Coronel.
Un
reciente artículo publicado en Analítica.com y en Petroleumworld.com,
en el cuál hacía unas reflexiones sobre los miles de
compatriotas que se han ausentado de Venezuela, (Cuál
ausencia, Cuál Venezuela? Gustavo Coronel Feb 23),
ha recibido muchos comentarios, la mayoría positivos y algunos
mostrando preocupación por haberlo percibido como pesimista
o, inclusive, como una incitación a la salida del país
de nuestros jóvenes. En este segundo artículo sobre
el tema deseo hacer algunas reflexiones adicionales para sugerir que
lo que está sucediendo en nuestro país ni es nuevo ni
es necesariamente negativo, sino que responde a tendencias evolutivas
de la humanidad, de las cuáles no será fácil
escapar.
En el año 360 antes de Cristo Aristóteles decía
que “la Tierra es esférica y no muy grande, en comparación
con el tamaño de otras estrellas”. Por su parte Cristóbal
Colón decía en 1490 que la Tierra “tiene forma
de pera y es pequeña”. Pero, entre lo que dijo Aristóteles
y lo que afirmaba Colón, transcurrieron mas de 1800 años
durante los cuáles la mayoría de los mapas mostraban
la Tierra como plana. Fué apenas en el siglo XVIII que expediciones
a Perú y al Polo Norte confirmaron la afirmación de
Newton que la Tierra, además de redonda, era achatada en los
polos. Lo que esto significa es que las ideas tardan mucho tiempo
en echar raíces y que lo que hoy suena como una blasfemia mañana
será simple sentido común. Para confirmar esta reflexión,
nada original por lo demás, confieso que tanto la música
de Bela Bartok como la de Los Beattles me parecían insoportables
hace algunas décadas y hoy hasta me gustan.
Las migraciones humanas no son cosa nueva. Comenzaron hace millones
de años, cuando pequeños grupos neandertálicos
y otras vías paralelas de evolución humana comenzaron
su viaje desde Africa a América y, luego, a Asia y al Oriente
cercano. Durante la edad de piedra los humanos llegaron a estar muy
aislados y se habían diversificado geneticamente, pero en la
época de Aristóteles ya habían comenzado a “regarse”
por el planeta, con el hambre como motor principal de estas migraciones.
El descubrimiento de América dió lugar a migraciones
perversas y forzadas de once o doce millones de esclavos negros desde
el Africa al hemisferio occidental.
A inicios del siglo XIX la población del planeta era de unos
mil millones de habitantes. Al inicio del siglo XX había aumentado
a casi dos mil millones de habitantes. Durante esos cien años
intermedios unos cien millones de personas emigraron de sus países
de origen hacia otros países. Casi un habitante por cada quince
en el planeta se convirtieron en inmigrantes. Unos doce millones de
británicos, incluyendo seis millones de irlandeses huyendo
de la hambruna, así como más de un millón de
alemanes y suizos se fueron de su patria durante ese siglo, principalmente
a Estados Unidos, Australia, Brasil, Argentina, Nueva Zelandia, buscando
mejores oportunidades de vida unos y mas libertad otros.
Muchos de estos emigrantes actuaron repelidos por la miseria o la
opresión que veían en sus propios países. Al
final del siglo XIX había más de cien mil buhoneros,
mendigos, prostitutas y criminales en las calles de Londres, lo cuál
quizás le daba a esa ciudad un aspecto similar a Sabana Grande
o al Capitolio. Sin embargo, la emigración mas voluminosa de
esos años se originó desde el Asia. Unos treinta millones
de hindúes y unos doce millones de chinos salieron de sus países
para hacer vida nueva en Australia, Malasia, Filipinas, las islas
del Caribe, Sur Africa y USA.
Estas migraciones fueron facilitadas por el mejoramiento de los medios
de transporte. Desde que Phileas Fogg, el protagonista de la novela
de Julio Verne , “Alrededor del Mundo en 80 días”,
había logrado su hazaña ficticia de darle la vuelta
al planeta, la humanidad se había encargado de hacer el viaje
de verdad cada vez mas eficiente hasta que, en 1995, un Concorde de
Air France le dió la vuelta alrededor del mundo en 31 horas
( todavía es el récord). Los adelantos en los medios
de transporte han producido lo que los alemanes llaman el “wanderlust”,
la compulsión o deseo de viajar. Sin embargo, es preciso admitir
que una cosa es el turismo y otra cosa es la migración. Los
turistas regresan a sus países de origen mientras que los migrantes
generalmente no lo hacen. A pesar de esta diferencia ambos fenómenos
tienen una raíz común. Quienes no viajan mucho como
turistas o no emigran son quienes se sienten más apegados a
su terruño.
Los Estados Unidos, por ejemplo, recibe unos 40 millones de visitantes
al año pero solo un 3% de los norteamericanos, un poco más
de tres millones, han sacado su pasaporte en la última década.
De los norteamericanos que viajan fuera de su país como turistas,
el 95% se va a Canadá y México o a Gran Bretaña,
Italia , Francia o Alemania, pero no se aventuran fuera de esa relativamente
pequeña zona del mundo que les resulta más segura.
Como resultado de, o en paralelo con, las grandes corrientes migratorias
se ha llevado a cabo un proceso de globalización. Aunque la
palabra apenas entró a los diccionarios en la década
de 1960 (traída por el concepto de la aldea global de McLuhan)
el proceso es de origen mucho mas antiguo. El historiador Alex McGillivray,
en su informativo libro sobre “Globalización”,
habla de las cinco tendencias globalizadoras que ha experimentado
el planeta, comenzando por la división del mundo por descubrir
que se hiciera entre España y Portugal en 1490-1500. Para este
historiador lo que ha ocurrido es que el planeta se ha hecho cada
vez “mas pequeño”, un proceso reforzado por el
incremento del intercambio comercial global y la existencia de unas
64.000 corporaciones transnacionales, las cuáles emplean unos
53 millones de personas en todo el mundo. Muchas de estas corporaciones
tienen mas ingresos que países enteros. Wal-Mart, por ejemplo,
la cuál tiene sus oficinas principales en un modesto pueblo
de Arkansas llamado Bentonville (quien ha estado allá?), tiene
tantos ingresos como toda Colombia mientras que el ingreso del Grupo
Shell se acerca al nivel de ingresos totales de Venezuela. Los países
pioneros de la globalización fueron China e India. Luego, en
los siglos XVI y XVII España y Portugal. Después, en
los siglos XVIII al XX, Gran Bretaña y USA y, ahora, en el
siglo XXI, China e India están volviendo por su fueros abandonados
hace ya mas de 600 años, cuando la China se escondió
detrás de su gran muralla, aislándose inexplicablemente
del mundo.
Que valor tiene todo esto para tratar de comprender lo que sucede
en nuestra Venezuela de hoy? En primer lugar, que la diáspora
venezolana es aún un proceso estadísticamente pequeño
y, además, historicamente en línea con un proceso de
mayores dimensiones que está tomando lugar en todo el planeta.
Aunque no opinamos, como Stalin, que “una muerte es trágica
pero un millón de muertes es una estadística”
si pensamos que es válido el situar la diáspora venezolana
en su correcta perspectiva. Quienes nos hemos ausentado de Venezuela
en los últimos años, empujados por el vergonzoso régimen
chavista y por el deterioro físico y espiritual de nuestro
país, somos muy pocos, por ejemplo, en comparación con
el millón de inmigrantes españoles, italianos, portugueses
y de la Europa central que recibió Venezuela en el periodo
de 1940 a 1960. Esa extraordinaria inmigración que nos dió
grandes pensadores, naturalitas, artesanos, agricultores, comerciantes
y maravillosos ciudadanos sentó las bases de una clase media
venezolana que llevó al país a las puertas del desarrollo
durante esa décadas y elevó significativamente el cociente
intelectual promedio del país. No sé que pensarían
de ellos quienes se quedaron en sus países de origen, si acaso
los vieron como cobardes fugitivos o, por el contrario, como personas
con total derecho a buscar nuevos horizontes para sus anhelos de superación
y de búsqueda de la felicidad, a lo cuál todos los seres
humanos tienen derecho. Es importante reflexionar en esta dualidad
porque los inmigrantes que llegan a una nueva sociedad son, forzosamente,
emigrantes de otra. Sería ilógico que en una sociedad
los vean con buenos ojos como nuevos ciudadanos y en otra se les critique
por haber abandonado la patria. La experiencia demuestra que la inmensa
mayoría de ellos nunca “se vá” espiritualmente
de su patria chica, aunque cuando se integren armoniosamente con su
nuevo hogar.
Parecería que las grandes migraciones humanas se comportan,
perdonen esta casi blasfemia científica, como se comportan
los líquidos según el teorema de Bernoulli. Así
como los líquidos fluyen de los sitios de alta presión
hacia los sitios de baja presión, así los humanos nos
movemos de los sitios de alta presión social (pobreza, frustracióny
opresión) hacia los sitios de menor presión social (libertad
y expectativas de realización).
Como lector asiduo de ciencia-ficción me he acostumbrado a
pensar que todo lo que el hombre pueda soñar lo puede llevar
a cabo. En “De la Tierra a la Luna” Verne imaginó
al hombre en la Luna apenas cien años antes de que el astronauta
norteamericano Neil Armstrong caminara en la superficie lunar. Ya
los norteamericanos tienen un simpático robot dando vueltas
por la superficie de Marte, jurungando su subsuelo, apenas cincuenta
años después de la publicación de las “Crónicas
Marcianas” de Ray Bradbury. De allí que pienso que, a
imitación del comportamiento que exhiben los fluídos
y debido a su capacidad de soñar y de concretar sus sueños,
la especie humana va en una progresión contínua que
comenzó con su condición tribal original, continuó
con ser miembro de una ciudad-estado en el umbral del Renacimiento,
a ser ciudadano de un país y a fundar las Naciones Unidas.
Ahora se prepara para ser un ciudadano del mundo, hasta que, eventualmente,
emprenda su viaje a las estrellas. Con los espásticos avances
y retrocesos característicos del desarrollo histórico,
el ser humano del Siglo XXI parece encontrarse en la puerta de salida
de los nacionalismos y en la puerta de entrada de la ciudadanía
del mundo para llegar a ser, en última instancia, un emigrante
hacia el cosmos. Por temor a ser considerado un chiflado me abstengo
de especular sobre su próximo paso, más allá
del viaje interestelar.
En cierta forma, pués, la globalización, el achicamiento
del planeta, la grandes migraciones, la inevitable atracción
del hombre por las estrellas es lo que decreta, como subproducto,
la muerte de la nostalgia por la patria tradicional. La nostalgia
que le va quedando al Venezolano no es ya la de un país enmarcado
por el Mar Caribe hacia el Norte, por Colombia hacia el Oeste y el
Sur, etc, es decir, un ente político-territorial cuya frágil
historia de 200 años representa apenas un abrir y cerrar de
ojos cuando se compara con la historia de la humanidad. La nostalgia
verdadera es la que se siente por la patria chica, por el entorno
de nuestros orígenes, de nuestra ontogenia, por nuestras mas
remotas e íntimas vivencias. Mi nostalgia está firmemente
enraizada en el olor de las arepas hechas en los budares durante las
frías madrugadas del Los Teques de mi niñez, en la voz
del Padre Ojeda dándo sus clases de filosofía en un
kiosco rodeado de pinos del Liceo San José o en la inolvidable
suavidad de las manos de mi primera novia. Es una nostalgia integrada
por un gran mural de recuerdos solo recuperables en nuestra imaginación.
Siempre he pensado que si el contenido de una computadora puede salvarse
y pasarse a un diskette, las vivencias contenidas en el cerebro humano
también deberían poder ser conservadas en algun tipo
de diskette, después de la muerte de su dueño/dueña.
En todo caso, es esa capacidad de amar lo más pequeño
y lo más grande, de recordar el pasado, de maravillarse y disfrutar
del presente y de soñar en un futuro que no le pertenece lo
que le concede al hombre su cualidad fundamental de humanidad, no
importa donde esté…. mientras esté.
Gustavo
Coronel es
un veterano geólogo de la industria petrolera, miembro director
de la primera junta directiva de PDVSA (1975-1979). Sus puntos de
vista no necesariamente son los de Petroleumworld.