Por
Fausto
Masó
“Un hombre que se respeta a sí mismo
no tiene patria. La patria es una cosa
pegajosa... Una sola cosa importa: aprender a ser
perdedor” E.M.Cioran
“Patria, o muerte, venceremos” Fidel Castro
Morir
por la patria no es vivir Con razón un marxista
miraba por encima del
hombro a los demás mortales, ignorantes de
la verdad revelada: el futuro
pertenecía al socialismo. Él sabía
que científicamente había sido demostrado
el destino de la humanidad, lo embargaba una confianza
absoluta en el
triunfo final. Algo no cuadraba en su prepotente visión
del mundo: los
marxistas también morían. Gran escándalo.
La historia personal de cada uno
de ellos concluía con una infección,
enfermedad terminal; o peor, los
atropellaba un tranvía. El mundo marchaba hacia
el paraíso en la tierra,
pero ellos eran pasto de los gusanos.
Esto
no les impedía proclamar que representaban
la alegría, el futuro, la
juventud de la humanidad.
En
la retórica revolucionaria abundaban palabras
“vida”, “esperanza”, los
comunistas se retrataban sonrientes, sin corbata y
con la camisa abierta,
abrazándose unos a otros, hasta que en el poder
adoptaban las normas de los
grandes burgueses.
La
inevitable angustia ante la muerte personal la respondían
los marxistas
vulgares pintando letreros en las calles, donde afirmaban
que tal comunista
muerto continuaba viviendo en el corazón del
pueblo. La lluvia y el granizo
despintaban el mensaje y la gente olvidaba el nombre
del mártir, eran tantos
los supuestos héroes que la mayoría,
por no decir todos, se olvidaban.
Culto
a la muerte
Fidel Castro, el último gran revolucionario,
rompió la regla de soslayar el
escándalo de la muerte.
En
vez de dejarla de lado no ha cesado de invocarla durante
medio siglo.
Además de ser un cubano que ríe poco
y baila menos, volvió la muerte una
bandera. Castro tampoco hace bromas de doble sentido
sexual como Hugo
Chávez, quien el pasado abril, en el discurso
que dio su versión de Patria,
o muerte, Soberanía o muerte, sabiamente duplicó
el pago que recibirán los
soldados reservistas. A Dios rogando y con la chequera
funcionando. A la
otra vida con el estómago lleno. Combatiremos
hasta el último hombre con
doble ración y vacaciones pagas.
Castro
al primer signo de prosperidad gracias a los precios
del níquel y a
la ayuda de Chávez, limita los excesos capitalistas
del corruptor turismo.
Morir
es morir, dijeron o desde el Kempis a Cioran o Jankelevitch.
La
muerte es un tema poco propicio para la política.
No
hay votos, ni presupuestos, ni expertos en mercadeo
político, ni medios,
en el más allá. Los políticos
debaten la forma de organizar la vida sobre la
tierra, la educación, la economía, o
la preservación del planeta, no sobre
la distribución de la riqueza entre los muertos.
Pero Castro habla y habla
de la muerte. Y le ha ido bien.
Horas
antes del ataque al cuartel Moncada dijo a sus compañeros
que sus
muertes despertarían al pueblo de Cuba, una
idea de la apologética
cristiana: los mártires hacen florecer la fe,
el árbol de la libertad. Tres años más
tarde en 1956 juró desembarcar en Cuba: “Este
año seremos libres o seremos mártires”
; en la Sierra Maestra siguió con lo de “Libertad
o muerte” ; el segundo año en el poder
en el entierro de las víctimas de la explosión
del
barco la Couvre], lanzó el famoso y definitivo
“Patria o muerte” y, por fin,
en el llamado Período Especial el lema de “Socialismo
o muerte”, la frase de
menor éxito de todas, ¡hay otras vías
hacia el socialismo más placenteras!
En todo este tiempo, como consuelo a morir por la
libertad, la patria y el
socialismo sugirió un convencional “venceremos”,
que le quitaba fuerza a la
exhortación al heroísmo, prometía
el triunfo hollywoodense de los buenos.
Con razón “venceremos” se olvida
a menudo al citar la frase. No encaja,
había que estar dispuesto a sucumbir para darle
su valor a la frase, para
ganarse ese respeto inevitable que inspiraban los
que al entrar a la arena
del circo romano saludaban al emperador para recordarle
que iban a morir.
En
situaciones desesperadas se pide luchar hasta la muerte,
lo que rara vez
se cumple. Castro volvió lo excepcional cotidiano,
lo desesperado pan de
cada día, impuso a los cubanos desafiar la
geografía hasta el fin de los
tiempos, volverse los defensores de una posición
avanzada frente a los
yanquis, los emplazó a morirse antes de perder
la libertad, la
independencia, la patria. Los rusos no volvieron a
Stalingrado una costumbre
nacional. Castro lleva medio siglo afirmando que los
cubanos preferirán
desaparecer antes que negociar con los Estados Unidos.
Demasiado, por Dios,
la situación geográfica lo obligaba
a buscar algún modus vivendis con la
potencia vecina como hicieron Finlandia, o México.
Los cubanos han
permanecido 50 años en posición de alerta
y firmes. Castro fue realista,
pidió lo imposible: enfrentar a Estados Unidos
hasta que el infierno se
congelase, y encontró la gran excusa para mantenerse
en el poder. Su
exhortación a los cubanos de comportarse heroicamente
mañana, tarde y noche los entusiasmó:
han aguardado medio siglo en el malecón de
La Habana la invasión del ejército más
poderoso del mundo. Los bárbaros nunca llegaron,
los cubanos quedaron petrificados como los habitantes
de Pompeya después de la erupción del
Vesubio.
Querían
morir como héroes, terminaron viviendo miserablemente.
Hoy
están hartos de desfilar, aplaudir, marchar.
Están terriblemente
agotados. Han vivido años con los nervios de
punta, como una cantante de
opera que lanzase un do agudo durante medio siglo.
Norberto Fuentes
describió la fascinación de los dulces
guerreros cubanos por un miserable
par de zapatos Nike que calzaba para esa época
cualquier mensajero
caraqueño.
Los
cubanos pasaron del heroísmo exaltado a la
más atroz desesperación y
como zombies se mueven por la Habana, rostros sin
vida, cadáveres antes de
tiempo, a la caza del dólar, de emigrar o prostituirse.
A Cuba le cabe la
frase final del Ser y la Nada de Sartre, la revolución
ha sido una pasión
inútil.
Ahora,
en la vejez, Castro convirtió su propia muerte
en tema político,
forma de llamar la atención, distracción
de la prensa internacional.
Periodistas, políticos, agentes de seguridad,
especulan qué ocurrirá en Cuba
cuando desaparezca de la escena, concluya un acto
final interminable,
espectáculo único, demostración
de su invencible virilidad, razón para
llamar la atención. ¡Aquí estoy!
¡No he muerto!, proclama. Continúa
construyendo el socialismo, sumo sacerdote de una
religión extinta sin
oficiantes ni guardianes de la fe, pero sin la cual
sería un simple dictador
y no el profeta que lleva a su pueblo a través
del desierto. Ni un paso
atrás, repite y se quiebra una rodilla en una
caída por andar con la cabeza
erguida sin mirar donde pisa.
Oculta
el dolor mientras habla postrado. A los pocos días
se retrata
erguido. ¡Sigo vivo!
No se hagan ilusiones los adoradores de los héroes,
a lo más conseguirán
preservar en estampitas la efigie de Castro, lo adorarán
como a los
libertadores de nuestros países, sin valorar
lo bueno y lo malo de su
herencia.
La
muerte dirá la última palabra:
terminará bajo tierra tanto este viejo que
no acepta morir por razones
políticas, como sus enemigos que quieren bailar
sobre su tumba.
El cielo o el infierno
Con Patria o muerte, Castro resucitó el dilema
del cielo o el infierno.
Todo,
o nada. En los ejercicios espirituales de los colegios
jesuitas no
dejaban escapatoria al participante, lo agarraban
por el cuello virtualmente
para forzarlo a aceptar la buena, o mejor, terrible
nueva: debía escoger
entre la condenación eterna, o la recompensa,
el pecado o la salvación, las
famosas dos banderas de que hablaba San Ignacio. Le
describían los horrores
del infierno, la llama que no cesa, no un día,
sino dos, tres, más. Había
que abandonar las vanidades de este mundo, resistir
las tentaciones de la
carne, un solo pecado bastaba para lanzarnos al infierno
para toda la
eternidad, si esa noche moríamos.
Ese
eco de los ejercicios espirituales pervive en el discurso
de Castro. La
muerte era el gran argumento para inducir a cumplir
los diez mandamientos.
¿De qué servían las riquezas
de este mundo si los gusanos nos devorarán?
Esa visión lúgubre del cristianismo
y de los ejercicios espirituales
desapareció a partir de Juan XXIII, pero d
u r a n t e mucho tiempo el
cristiniasmo fue la religión del temor, no
del amor. En el colegio jesuita
de Belén, Castro aprendió el valor de
la invocación a la muerte, al
sacrificio, al martirio. La palabra moral se repite
en sus discursos. Ha
mantenido a los cubanos en un terrible estado de tensión,
como si una
fragilidad, cualquier pecado pudiera lanzarlos al
infierno.
Más
de una vez en alguna entrevista ha expresado su desprecio
hacia las
pequeñas comodidades de la sociedad de consumo,
o repetido la frase de José
Martí que toda la gloria del mundo cabe en
la cáscara de una nuez.
La
tentación de la lucha heroica como un virus
mortal enloquece a los
pueblos. En el país del relajo surgió
el comunista más comunista. El reverso
de la broma fácil es la muerte, se anhelaba
la seriedad más extrema.
Bastó
con una ocasión propicia, un Castro para convertir
a la sociedad del
relajo en una seriedad macabra. A Castro no hay que
atribuirle toda la
responsabilidad por lo ocurrido.
Los
cubanos respaldaron la locura de emprender una guerra
de cien años
contra los Estados Unidos, combatieron en los cinco
continentes. Castro no
cayó de la luna, el agua del pez fue la cultura
cubana. Antes de la
revolución se decía que era el país
del desparpajo, el descaro, la audacia,
de burlarse de lo sagrado, rechazar la autoridad,
reírse sarcásticamente de
los símbolos de poder, pensar que con un poco
de audacia se violentaban las
puertas de palacios, templos. El cubano que no tomaba
en serio nada de
pronto marchó detrás de alguien como
Fidel Castro. Los amantes del ron, la
rumba, las putas, se tornaron internacionalistas.
Habían venerado a Martí
como el apóstol de la Independencia y dos figuras
de vaudeville: el gallego
y el negrito representaban el carácter cubano,
viejas grabaciones de los
radio programas de estos personajes todavía
triunfan en Miami.
Hasta
la llegada de Fidel al poder en Cuba prevalecía
la tesis de la
superficialidad del cubano Jorge Mañach, el
equivalente cubano de un Arturo
Uslar Pietri, había escrito un ensayo más
famoso de su tiempo, Indagación
del choteo, donde se quejaba de la superficialidad
de sus compatriotas, de
su inconstancia, su frivolidad.
Jorge
Mañach, escribía:
“El choteo —nos dirá— consiste
en “no tomar nada en serio”. Podemos apurar
todavía un poco más la averiguación,
y nos aclarará — con una frase que no
suele expresarse ante señoras, pero que yo
os pido venia para mencionar lo
menos posible— nos aclarará que el choteo
consiste en “tirarlo todo a
relajo”.
...
... ... ..
Antes
de precisar en qué consiste la actitud, fijemos
más cuidadosamente sus
límites. Cuando se dice que el choteo no toma
“nada” en serio, o que “todo”
lo “tira a relajo” es evidente que estos
adverbios, “todo” y “nada”,
se
emplean hiperbólicamente; es decir, que no
son ciertos al pie de la letra,
aunque sí lo sean en un sentido general. Lo
que de un modo enfático quiere
sugerirse es que el choteo no toma en serio nada de
lo que generalmente se
tiene por serio. Y todavía es necesario reducir
esa categoría de hechos,
porque el hombre más jocoso no puede menos
que tomar en serio ciertas cosas cuya seriedad no
es materia opinable —un dolor de muelas, por
ejemplo.
Durante
un ciclón pude ver cómo unos vecinos
hacían jácara de los estragos
hasta que un rafagazo les voló el techo de
su propia casa.
De
suerte que una falta crónica de respeto puede
originarse también en una
ausencia del sentido de la autoridad, ya sea porque
el individuo afirma
desmedidamente su valor y su albedrío personales
o porque reacciona a un
medio social en que la jerarquía se ha perdido
o falseado. “Tirar a relajo”
las cosas serias no será, pues, más
que desconocer —en la actitud exterior
al menos— el elemento de autoridad que hay o
que pueda haber en ellas: crear en torno suyo un ambiente
de libertinaje.
Son
los negadores profesionales, los descreídos
a ultranza, los egoístas
máximos, inaccesibles a otra emoción
seria que no sean las de rango animal.
Tienen, como decía Gracián, “siniestro
el ingenio”, y cuando les habláis de
patria, de hogar, probidad o de cultura, urgen una
cuchufleta y os dicen, a
lo sumo que todo eso es “romanticismo”.
Kamikazes iraquíes
En Irak cada mañana salen diez suicidas a la
calle dispuestos a volar por
los aires. Nunca se había visto en la historia
un espectáculo tan terrible.
Cientos, miles, de jóvenes, mujeres, hombres,
convertidos en armas mortales.
Frente
a la tecnología más moderna surge la
única respuesta posible, apostar
por la muerte.
Osama
bin Laden le ganó la mano a Fidel Castro; no
invocó a la muerte, la
llevó al corazón de Nueva York. Castro
juraba morir defendiendo la isla, no
atacando a Estados Unidos. Al terrorista que vuelva
por los aires podemos
acusarlo de soberbio, nunca de cobarde. Además,
ignoramos si no lo aguardan
cien huríes en el mas allá. Habría
que pegarse un tiro en la cabeza y
resucitar al día siguiente para refutarlo,
volver del más allá con un
informe detallado de lo que nos espera después
de la muerte. Demasiado,
claro. Solo queda una respuesta frente al terrorista:
rendirse, o matarlo. O
que le coja el gusto al McDonald. Enviarlo al paraíso,
o corromperlo. Pero,
en Irak son millares los candidatos a mártires.
¿Quién derrota a un ejército
de suicidas? A la muerte bicicleta, auto, avión,
a pie. Obsesivamente Castro
la mencionó, Osama bin Laden la volvió
la condenación radical de un estilo
de vida. Infunde más temor que millones de
cubanos desfilando por las calles
de La Habana gritando Patria o muerte. Castro reemplazó
la construcción
teórica del marxismo, la formación ideológica,
por un tema de las
postrimerías cristianas: cielo o infierno,
patria o muerte. Fascinó al
cansado mundo de la izquierda que reencontraba el
socialismo. En vez de
Brezhnev la opinión mundial prefirió
a Castro y el Che. Con razón, claro.
Volar
las Torres Gemelas volvió a Bin Laden figura
mundial, la más
misteriosa. El terrorista suicida triunfará
si se abraza con su víctima, el
acto de amor por excelencia, aproximación corpórea,
cercanía íntima para la
penetración sexual. Nada de matar a distancia,
ni siquiera con la cercanía
del arma blanca, sino aún más íntimamente,
colocándose en medio de una
multitud, lanzando el carro contra un convoy.
Con
esa lógica algún día una bomba
atómica arrasará una ciudad como Nueva
York. ¿Cómo lo harán? Aprendiendo,
estudiando.
¿Para
que existen las universidades, los libros de textos,
la cultura
occidental? Leyendo, inscribiéndose en cursos
especiales, aprendieron a
manejar aviones.
¿Qué
libros estarán leyendo ahora?
“Fidel
Castro, el último gran revolucionario, rompió
la regla de soslayar el
escándalo de la muerte. En vez de dejarla de
lado no ha cesado de invocarla
durante medio siglo”