Homilía
del Jueves Santo
Tres dones de Jesús a su Iglesia
Jueves
Santo: Primera: Ex 12, 1-8.11-14; Salmo 115; Segunda: 1Co 11, 23-26;
Evangelio: Jn 13, 1-15
En
este jueves santo nuestra atención quiere centrarse en la pregunta
que Jesús dirige a sus discípulos después del
lavatorio de los pies: ¿Comprendéis lo que he hecho
con vosotros?. Esta pregunta se refiere, desde luego, a la acción
que Jesús acababa de ejecutar al ceñirse la toalla y
ponerse de rodillas ante sus apóstoles para lavarles los pies.
Sin embargo, esta pregunta va más allá y atraviesa toda
la economía de la salvación: ¿Comprendéis
lo que he hecho con vosotros y por vosotros? Es decir, ¿comprendéis
que Dios amó a los hombres y envió a su Hijo en propiciación
por sus pecados (1 Jn 4,10)? ¿Comprendéis que el Padre
me ha envidado para que vosotros tengáis vida? Nos encontramos
a punto de iniciar “la hora de Jesús”, el momento
de su testimonio definitivo de amor por el Padre y los hombres. ¡De
qué manera tan profunda cobran significado los ritos de la
cena de pascua que nos narra el libro del Éxodo en la primera
lectura: la familia judía se reunía para celebrar la
alianza del Señor, para recordar de generación en generación
que el amor de Dios es eterno. Pablo en la carta a los corintios recoge
el relato más antiguo de la Eucaristía: ¡con qué
veneración lo considera y lo transmite: aquello que yo he recibido,
que procede del Señor, os lo transmito. Hoy, por tanto, todo
nos invita a una reflexión profunda sobre el amor eterno que
Dios nos ha tenido en su Hijo Jesucristo.
Mensaje doctrinal
1.
El amor de Cristo. La liturgia de la cena pascual, que se describe
detalladamente la primera lectura, es prefiguración del sacrificio
del sacrificio de Cristo que se ofrece en rescate “por muchos”,
es decir, por todos, como nos explica san Pablo en la primera carta
a los corintios. Por eso, el evangelio de hoy más que narrar
los hechos de la última cena, se concentra en describir el
amor de Cristo, en describir los sentimientos de su corazón:
El Señor, habiendo amado a los suyos, los amó hasta
el extremo. Meditar en los acontecimientos del jueves santo es introducirse
en el amor de Cristo, en el amor del Padre de las misericordias que
nos envía a su Hijo para rescatar a los que nos habíamos
perdido. El amor de Cristo es lo que se percibe esta tarde con tanta
intensidad, que apenas hay lugar para algún otro sentimiento.
Pablo que había hecho experiencia viva del amor del Señor
llega a exclamar: 35 ¿Quién nos separará del
amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?,
¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?,
¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura:
Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas
destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos vencedores gracias
a aquel que nos amó. 38 Pues estoy seguro de que ni la muerte
ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente
ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni
otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado
en Cristo Jesús Señor nuestro. Rm 8,35-39.
Si,
en ocasiones, somos presa del desaliento, de la tentación,
de la angustia es porque nos olvidamos del amor de Cristo. Es porque
nos olvidamos que hemos sido eternamente amados por Dios en su Hijo.
La primera carta de san Pedro nos amonesta a vivir sabiendo que hemos
sido rescatados del pecado, no con algo caduco, oro o plata, sino
con una sangre preciosa, la del cordero sin tacha y sin mancilla,
Cristo. (Cfr. 1 Ped 1,18-19).
Santa
Teresa de Jesús, que tenía un gran amor por la humanidad
de Jesucristo, exclamaba de forma muy singular: “¡Oh qué
buen amigo eres, Señor! Cómo sabes esperar a que alguien
se adapte a tu modo de ser, mientras tanto Tú toleras el suyo.
Tomas en cuenta los ratos que te demuestra amor, y por una pizca de
arrepentimiento olvidas que te ha ofendido. No comprendo por qué
el mundo no procura llegar a Ti por esta amistad tan especial. Los
malos hemos de llegarnos a Ti para nos hagas buenos, pues por el poco
tiempo que aceptamos estar en tu compañía, aunque sea
con mil deficiencias y distracciones, Tú nos das fuerzas para
triunfar de todos nuestros enemigos. La verdad es que Tú, Señor,
que das la vida a todo, no la quitas a ninguno de los que se fían
de Ti.” (Santa Teresa de Jesús, El libro de la vida Cap.
8, 9).
Así
pues, vuelve a nuestra mente la pregunta de Jesús: ¿Comprendéis
lo que he hecho con vosotros (por vosotros)? ¡Quién nos
diera comprender lo que Dios en Cristo ha hecho por nosotros! ¡Quién
nos diera comprender el misterio de la encarnación del Verbo!
¡Quién nos diera comprender lo que está sucediendo
en esta última cena cuando Jesús toma el pan y el vino
y pronuncia unas palabras solemnes! Que esta Misa vespertina, que
esta procesión con el santísimo, que esta adoración
nocturna nos ayuden a dar un paso en la comprensión de este
amor.
2. El amor a Cristo. El amor lleva al amor. Quien experimenta el amor
de Cristo no queda igual, no puede quedar igual. Los apóstoles
en la última cena son testigos del amor de Cristo y de la inmensa
responsabilidad que queda en sus manos. De ahora en adelante son más
conscientes, por una parte, de su propia miseria, como hombres y pecadores,
pero, por otra parte, son más conscientes de los tesoros infinitos
que Dios ha depositado en su alma. Ellos reciben el cuerpo y la sangre
de Cristo, y reciben, además, el poder de consagrar y el mandato
de “hacerlo en memoria del Señor”. El sacerdote
ha nacido allí, en el cenáculo, en la Eucaristía.
El Papa Juan Pablo II se dirigía a los sacerdotes el jueves
santo de 1982 en estos términos:
«El
jueves santo es el día del nacimiento de nuestro sacerdocio.
Es en este día en el que todos nosotros sacerdotes hemos nacido.
Como un hijo nace del seno de su madre, así hemos nacido nosotros,
Oh Cristo, de tu único y eterno sacerdocio. Hemos nacido en
la gracia y en la fuerza de la nueva y eterna alianza del Cuerpo y
de la Sangre de tu sacrificio redentor: del “Cuerpo que es entregado
por nosotros” (cf. Lc 22,19), y de la Sangre, que “por
todos nosotros se ha derramado” )cfr. Mt 26,28).
Hemos nacido en la última cena y, al mismo tiempo, a los pies
de la cruz sobre el calvario; allí, donde se encuentra la fuente
de la nueva vida y de todos los sacramentos de la Iglesia, allí
está también el inicio de nuestro sacerdocio».
Pero
no sólo los sacerdotes experimentan hoy el amor de Cristo.
Cualquier fiel contemplando los misteriosos acontecimientos de esta
noche, escuchando las palabras de Jesús y viendo sus gestos
al lavar sus pies y distribuir la comunión, puede repetir con
san Pablo: Dilexit me et tradidit semetipsum pro me (Gal 2,20). “Me
amó y se entregó a sí mismo por mí”.
Salgamos
de este cenáculo dispuestos a amar más y mejor; a amar
en lo grande y en lo pequeño; a amar en la prosperidad y en
la adversidad; porque nosotros hemos sido amados e invitados a participar
del amor de Dios.
Sugerencias pastorales
1.
La comunión frecuente. Quizá nunca se insistirá
lo suficiente sobre el valor de la vida eucarística en la vida
cristiana. En realidad, el camino es superior a nuestras fuerzas;
tenemos necesidad de la gracia de Dios, tenemos necesidad de su perdón
en el sacramento de la penitencia y de su fuerza en el sacramento
de la Eucaristía. Invitemos a nuestros fieles a acercarse,
con las debidas disposiciones, a la mesa eucarística. Sabemos
que uno de los problemas pastorales que debemos afrontar es el de
algunas personas que se acercan a la Eucaristía sin una debida
preparación en el sacramento de la Penitencia. Esto puede obedecer
a que sinceramente no encuentran en su conciencia nada que les impida
acercarse al sacramento. Pero también puede ser síntoma
de una menor sensibilidad en la conciencia de los fieles. ¡Este
es un gran desafío para la acción pastoral! (Cfr. Carta
Domicae Cenae del Papa Juan Pablo II a todos los obispos sobre el
misterio y culto de la Eucaristía 1980 No. 11). Ayudemos a
todos a tener una gran veneración por la Eucaristía,
ayudarlos a prepararse debidamente y a recibir frecuentemente el sacramento.
La
liturgia de san Juan Crisóstomo reza así: “Hazme
comulgar hoy en tu cena mística, oh Hijo de Dios. Porque no
diré el secreto a tus enemigos ni te daré el beso de
Judas. Sino que, como el buen ladrón, te digo: Acuérdate
de mí, Señor, en tu Reino.”.
2. Los frutos de la comunión frecuente. Mucho nos ayudará
poner a la vista de los fieles los frutos de una comunión frecuente.
Convendría resaltar los siguientes:
•
Se acrecienta nuestra unión con Cristo, pues lo tenemos sacramentalmente
en nuestro pecho en nuestro corazón:
"La
verdad es que esta presencia de Jesús no es representación
de nuestra imaginación como cuando estamos orando. Él
está allí, con toda verdad en nuestro interior, de suerte
que no hay que ir a buscar más lejos. Ahora bien, si cuando
andaba en el mundo el simple contacto con su ropa sanaba a los enfermos,
¿qué duda cabe de que hará milagros estando tan
dentro de nosotros _ si tenemos fe _ y nos dará lo que le pidamos,
puesto que viene a nuestra casa? Por cierto que no suele pagar mal
la posada si se le da buen hospedaje". (Santa Teresa de Jesús,
Camino de Perfección Cap. 34, 4).
•
La comunión nos separa del pecado. El Cuerpo de Cristo que
recibimos en la comunión es "entregado por nosotros",
y la Sangre que bebemos es "derramada por muchos para el perdón
de los pecados". Por eso la Eucaristía no puede unirnos
a Cristo sin purificarnos al mismo tiempo de los pecados cometidos
y preservarnos de futuros pecados. La Eucaristía borra los
pecados veniales y nos preserva de futuros pecados mortales. (Cfr.
Catecismo de la Iglesia Católica 1394-1395).
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