Algo
está fallando en la política exterior chilena.
Los problemas con Argentina denotan falencias en el pensamiento
estratégico de quienes deben bosquejar los contornos
de una visión global que permita operar en el marco
subregional y prever el juego de los actores en el tablero
geopolítico del Mercosur.
Para
la Argentina de Néstor Kirchner el proceso de integración
con los países del área pasa por la consolidación
del bloque geoeconómico. Las escaramuzas gasíferas,
bencineras y de carnes (la aftosa) con Chile sólo
cobran sentido en este cuadro.
Por
consiguiente, la proyección de Chile en América
Latina experimenta bloqueos cuyas causas se arrastran desde
los gobiernos anteriores.
El ‘imbroglio’
diplomático acaecido cuando Chile reconoció
al gobierno golpista que había derrocado al presidente
electo Hugo Chavez dejó huellas. El error de apreciación
fue grave pues generó un clima de desconfianza, heredado
por el gobierno de la Presidenta.
Es un
secreto a voces que Chile es considerado por las opiniones
públicas de varios países del Hemisferio Sur
como demasiado apegado a los Estados Unidos. Admirado y
citado como ejemplo por la prensa de derecha y neoliberal
del continente.
Estigma
confirmado en la Cumbre del Alca cuando junto con el mexicano
Vicente Fox, el presidente Lagos no se despegó de
la iniciativa de mercado continental propuesta por EE.UU.,
contra la cual militaron activamente Hugo Chávez
y el presidente argentino.
Sin
embargo, Chile recibió el apoyo de Venezuela en la
elección de Insulza para el cargo de Secretario General
de la OEA. Por supuesto, en ese momento de deseo de figuración
y de movimiento de piezas en el tablero, a nadie se le ocurrió
rechazar el voto del “populista” Hugo Chávez.
A lo
anterior se añade el problema de imagen del canciller
Alejandro Foxley. El economista demócrata cristiano
es percibido como un diplomático que tiene prejuicios
favorables hacia una hegemonía de EE.UU. en América
Latina.
El presidente
Uribe de Colombia, el peruano Alan García y Fox de
México (Calderón, si es confirmado) son mandatarios
con los cuales tanto la derecha como la Democracia Cristiana
tienen muchas afinidades.
Chile
nunca ha apostado al Mercosur y quizás creyó
en su lenta agonía producto de las rencillas comerciales
entre Argentina y Brasil. Y a las relaciones asimétricas,
supuestamente destructivas, entre éstos y Uruguay,
Paraguay y Bolivia.
Pero
los últimos acontecimientos dejan ver que “la
ola desintegradora que aquejó al Mercosur ha declinado
abriendo un período de observación y ayuda
alrededor de Bolivia”, según comenta el reputado
periodista argentino, Eduardo Van der Kooy, de Clarín.
Después
del arribo de Evo Morales al gobierno, la nacionalización
de sus recursos energéticos creó un clima
de desconfianza con Argentina y Brasil. Ese momento está
superado. El líder del altiplano negoció el
precio del gas, y presumiblemente otras cosas más,
con Kirchner y lo hará también con Lula. Hoy,
Bolivia tiene el status de asociado al bloque.
En la
última reunión, el 4 de julio en Caracas,
Venezuela firmó el protocolo de adhesión al
Mercosur. Antes, el exportador petrolero del continente
había abandonado la Comunidad Andina de Naciones.
El clima era de euforia. Allí la clave fue el acercamiento
entre Kirchner y Lula.
Además,
se asistió a la reconciliación entre el presidente
argentino y el uruguayo Tabaré Vázques, enemistados
por la construcción de papeleras contaminantes uruguayas
en territorio fronterizo con Argentina.
En efecto,
en la reunión de Caracas las dinámicas subterráneas
aparecieron abruptamente, revelando algo inédito:
Argentina y Brasil, los dos aliados y rivales asumieron
no sólo la conducción global del bloque sino
que además se consideran los depositarios de la estabilidad
del Cono Sur.
Ambos
países, según los analistas transandinos,
son capaces de contener al fogoso Hugo Chávez en
su ímpetu anti Imperio. Los poco reflexivos comentarios
acerca de la satrapía norcoreana del locuaz venezolano,
no inciden directamente en la realidad latinoamericana.
Pero
nada cicatero, Hugo Chávez -además de invertir
en grandes proyectos energéticos- compra bonos argentinos
(2.700 millones de dólares ya invertidos) y asume
con sus petrodólares el respaldo monetario de instrumentos
argentino-venezolanos en el mercado financiero mundial (Bonos
del Sur). Así se prefigura un “camino financiero
regional” con instituciones bancarias propias: un
Banco del Sur. En definitiva, se asiste a la profundización
de la alianza estratégica entre ambos países.
Pero es la potencia emergente brasileña quien lleva
la batuta en los organismos económicos mundiales.
En la
reunión que tuvo lugar el primero y dos de julio
en Ginebra, Celso Amorim, el delegado del coloso emergente
en la reunión de la OMC, fue el que defendió
los intereses de los pequeños países exportadores
pidiendo rebajas sustanciales en los aranceles aduaneros
a productos agrícolas.
Por
lo tanto, los chillidos y el ultimátum de la derecha
al gobierno no resolverán ni el problema energético,
ni el aislamiento, ni el déficit en política
internacional o subregional de Chile. Ni tampoco se podrá
golpear en la mesa de la imponente Cumbre de Córdoba
el 20 y 21 de julio próximos (al menos 10 mandatarios
latinoamericanos ya han confirmado su asistencia, más
la aún no confirmada presencia de Fidel Castro).
En este
panorama son valiosas las diligencias de algunos parlamentarios
del Partido Socialista que buscan conocer y establecer relaciones
de amistad recíproca con los procesos y los actores
políticos de Bolivia y de Venezuela para informar
a la ciudadanía.
Chile
debe dotarse de un modelo de comprensión que incluya
objetivos estratégicos claros debatidos por el conjunto
de las fuerzas políticas, sociales y ciudadanas del
país. La política internacional debe salir
del círculo de algunos iniciados; ella debe ser materia
de foros y conferencias.
Un debate
nacional y ciudadano no puede hacerse en 48 horas. Debe
ser esclarecido por las opiniones de expertos donde prime
el interés del desarrollo nacional. Más aún
cuando el campo de las relaciones exteriores se presta para
los arranques chovinistas primarios extremos.
Sólo
así se podrán integrar los cambios con rapidez
y “adoptar decisiones orgánicas flexibles”
(según consta en el programa Bachelet). Es una manera
de disminuir el impacto paralizador con que reaccionan los
sectores aislacionistas y/o pro Imperio, o con proyectos
internacionales partidistas propios como el de la Democracia
Cristiana.
La
posibilidad de enmendar rumbo será en la Cumbre de
los presidentes en Córdoba donde Chile debe llegar
con posiciones claras que le permitan salir de la zona de
turbulencias con el horizonte despejado.
Leopoldo
Lavín Mujica
es Profesor de Filosofía del Collège de Limoilou,
Québec, Canadá. Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.