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de agosto, desde La Habana (Cuba)- Su devoción por
la palabra. Su poder de seducción. Va a buscar los
problemas donde estén. Los ímpetus de la inspiración
son propios de su estilo. Los libros reflejan muy bien la
amplitud de sus gustos. Dejó de fumar para tener
la autoridad moral para combatir el tabaquismo. Le gusta
preparar las recetas de cocina con una especie de fervor
científico. Se mantiene en excelentes condiciones
físicas con varias horas de gimnasia diaria y de
natación frecuente. Paciencia invencible. Disciplina
férrea. La fuerza de la imaginación lo arrastra
a los imprevistos. Tan importante como aprender a trabajar
es aprender a descansar.
Fatigado
de conversar, descansa conversando. Escribe bien y le gusta
hacerlo. El mayor estímulo de su vida es la emoción
al riesgo. La tribuna de improvisador parece ser su medio
ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi
inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier
destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que
da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia.
Es la inspiración: el estado de gracia irresistible
y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido
la gloria de vivirlo. Es el antidogmático por excelencia.
José
Martí es su autor de cabecera y ha tenido el talento
de incorporar su ideario al torrente sanguíneo de
una revolución marxista. La esencia de su propio
pensamiento podría estar en la certidumbre de que
hacer trabajo de masas es fundamentalmente ocuparse de los
individuos.
Esto
podría explicar su confianza absoluta en el contacto
directo. Tiene un idioma para cada ocasión y un modo
distinto de persuasión según los distintos
interlocutores. Sabe situarse en el nivel de cada uno y
dispone de una información vasta y variada que le
permite moverse con facilidad en cualquier medio. Una cosa
se sabe con seguridad: esté donde esté, como
esté y con quien esté, Fidel Castro está
allí para ganar. Su actitud ante la derrota, aun
en los actos mínimos de la vida cotidiana, parece
obedecer a una lógica privada: ni siquiera la admite,
y no tiene un minuto de sosiego mientras no logra invertir
los términos y convertirla en victoria. Nadie puede
ser más obsesivo que él cuando se ha propuesto
llegar a fondo a cualquier cosa. No hay un proyecto colosal
o milimétrico, en el que no se empeñe con
una pasión encarnizada. Y en especial si tiene que
enfrentarse a la adversidad. Nunca como entonces parece
de mejor talante, de mejor humor. Alguien que cree conocerlo
bien le dijo: Las cosas deben andar muy mal, porque usted
está rozagante.
Las
reiteraciones son uno de sus modos de trabajar. Ej.: El
tema de la deuda externa de América Latina, había
aparecido por primera vez en sus conversaciones desde hacía
unos dos años, y había ido evolucionando,
ramificándose, profundizándose. Lo primero
que dijo, como una simple conclusión aritmética,
era que la deuda era impagable. Después aparecieron
los hallazgos escalonados: Las repercusiones de la deuda
en la economía de los países, su impacto político
y social, su influencia decisiva en las relaciones internacionales,
su importancia providencial para una política unitaria
de América Latina... hasta lograr una visión
totalizadora, la que expuso en una reunión internacional
convocada al efecto y que el tiempo se ha encargado de demostrar.
Su
más rara virtud de político es esa facultad
de vislumbrar la evolución de un hecho hasta sus
consecuencias remotas...pero esa facultad no la ejerce por
iluminación, sino como resultado de un raciocinio
arduo y tenaz. Su auxiliar supremo es la memoria y la usa
hasta el abuso para sustentar discursos o charlas privadas
con raciocinios abrumadores y operaciones aritméticas
de una rapidez increíble.
Requiere
el auxilio de una información incesante, bien masticada
y digerida. Su tarea de acumulación informativa principia
desde que despierta. Desayuna con no menos de 200 páginas
de noticias del mundo entero. Durante el día le hacen
llegar informaciones urgentes donde esté, calcula
que cada día tiene que leer unos 50 documentos, a
eso hay que agregar los informes de los servicios oficiales
y de sus visitantes y todo cuanto pueda interesar a su curiosidad
infinita.
Las
respuestas tienen que ser exactas, pues es capaz de descubrir
la mínima contradicción de una frase casual.
Otra fuente de vital información son los libros.
Es un lector voraz. Nadie se explica cómo le alcanza
el tiempo ni de qué método se sirve para leer
tanto y con tanta rapidez, aunque él insiste en que
no tiene ninguno en especial. Muchas veces se ha llevado
un libro en la madrugada y a la mañana siguiente
lo comenta. Lee el inglés pero no lo habla. Prefiere
leer en castellano y a cualquier hora está dispuesto
a leer un papel con letra que le caiga en las manos. Es
lector habitual de temas económicos e históricos.
Es un buen lector de literatura y la sigue con atención.
Tiene
la costumbre de los interrogatorios rápidos. Preguntas
sucesivas que él hace en ráfagas instantáneas
hasta descubrir el por qué del por qué del
por qué final. Cuando un visitante de América
Latina le dio un dato apresurado sobre el consumo de arroz
de sus compatriotas, él hizo sus cálculos
mentales y dijo: Qué raro, que cada uno se come cuatro
libras de arroz al día.Su táctica maestra
es preguntar sobre cosas que sabe, para confirmar sus datos.
Y en algunos casos para medir el calibre de su interlocutor,
y tratarlo en consecuencia.
No
pierde ocasión de informarse. Durante la guerra de
Angola describió una batalla con tal minuciosidad
en una recepción oficial, que costó trabajo
convencer a un diplomático europeo de que Fidel Castro
no había participado en ella. El relato que hizo
de la captura y asesinato del Che, el que hizo del asalto
de la Moneda y de la muerte de Salvador Allende o el que
hizo de los estragos del ciclón Flora, eran grandes
reportajes hablados.
Su
visión de América Latina en el porvenir, es
la misma de Bolívar y Martí, una comunidad
integral y autónoma, capaz de mover el destino del
mundo. El país del cual sabe más después
de Cuba, es Estados Unidos. Conoce a fondo la índole
de su gente, sus estructuras de poder, las segundas intenciones
de sus gobiernos, y esto le ha ayudado a sortear la tormenta
incesante del bloqueo.
En
una entrevista de varias horas, se detiene en cada tema,
se aventura por sus vericuetos menos pensados sin descuidar
jamás la precisión, consciente de que una
sola palabra mal usada, puede causar estragos irreparables.
Jamás ha rehusado contestar ninguna pregunta, por
provocadora que sea, ni ha perdido nunca la paciencia. Sobre
los que le escamotean la verdad por no causarle más
preocupaciones de las que tiene: Él lo sabe. A un
funcionario que lo hizo le dijo: Me ocultan verdades por
no inquietarme, pero cuando por fin las descubra me moriré
por la impresión de enfrentarme a tantas verdades
que han dejado de decirme. Las más graves, sin embargo,
son las verdades que se le ocultan para encubrir deficiencias,
pues al lado de los enormes logros que sustentan la Revolución
los logros políticos, científicos, deportivos,
culturales- hay una incompetencia burocrática colosal
que afecta a casi todos los órdenes de la vida diaria,
y en especial a la felicidad doméstica.
Cuando
habla con la gente de la calle, la conversación recobra
la expresividad y la franqueza cruda de los afectos reales.
Lo llaman: Fidel. Lo rodean sin riesgos, lo tutean, le discuten,
lo contradicen, le reclaman, con un canal de trasmisión
inmediata por donde circula la verdad a borbotones. Es entonces
que se descubre al ser humano insólito, que el resplandor
de su propia imagen no deja ver. Este es el Fidel Castro
que creo conocer: Un hombre de costumbres austeras e ilusiones
insaciable, con una educación formal a la antigua,
de palabras cautelosas y modales tenues e incapaz de concebir
ninguna idea que no sea descomunal.
Sueña
con que sus científicos encuentren la medicina final
contra el cáncer y ha creado una política
exterior de potencia mundial, en una isla 84 veces más
pequeña que u enemigo principal. Tiene la convicción
de que el logro mayor del ser humano es la buena formación
de su conciencia y que los estímulos morales, más
que los materiales, son capaces de cambiar el mundo y empujar
la historia.
Lo
he oído en sus escasas horas de añoranza a
la vida, evocar las cosas que hubiera podido hacer de otro
modo para ganarle más tiempo a la vida. Al verlo
muy abrumado por el peso de tantos destinos ajenos, le pregunté
qué era lo que más quisiera hacer en este
mundo, y me contestó de inmediato: pararme en una
esquina.
Gabriel García
Márquez es periodista y escritor
colombiano.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.