Por
Fernando Mires
En
América Latina, lamentablemente, algunos todavía
no saben distinguir (como ya ocurrió con los
intelectuales europeos de los años treinta) entre
lo que un gobernante dice que es y lo que es. Ahora
bien, en pocos gobernantes se da una diferencia tan
grande entre lo que dice que es y lo que objetivamente
es, como en el caso del Presidente Chávez de
Venezuela.
Así
como el Cono Sur se ha constituido un núcleo
democrático con hegemonía de izquierda,
Chávez y el chavismo, más sus ramificaciones
hacia Perú, Bolivia y Colombia (FARC), constituyen
una suerte de núcleo antidemocrático que
peligrosamente se extiende hacia otras naciones. De
ahí que sea muy importante definir el carácter
político de Chávez y el chavismo. Para
precisar ese carácter hay que definir primero
lo que Chávez y el chavismo no son.
Chávez
y el chavismo -y esto hay que decirlo muy claro- no
son de izquierda. No se trata por cierto de dictaminar
subjetivamente quien es de izquierda o quien no lo es.
Sin embargo, cualquier observador que sepa algo de Venezuela,
no tardará en advertir que dentro de la oposición
a Chávez se encuentran muchísimos intelectuales
que en cualquier país "normal" (pienso,
por ejemplo, en mi propio país, Chile) serían
miembros de la izquierda, o de la centro izquierda.
Tanto por su sensibilidad, cultura y tradición,
un Teodoro Petkoff, un Armando
Córdoba, un Manuel Caballero, un Heinz Sonntag,
un Demetrio Boersner, un
Roberto Briceño León, por nombrar al vuelo
sólo a algunos intelectuales venezolanos de renombre
internacional, son gente de izquierda que, sin embargo,
no pueden practicar una política de izquierda,
porque el gobernante y sus seguidores han superpuesto
sobre la clásica división izquierda-derecha,
la división entre "chavismo" y "antichavismo".
A la vez, y en sentido contrario, basta encender la
televisión y escuchar a muchos chavistas y al
propio Chávez, para darse cuenta de que muchas
de las opiniones que emiten no han de envidiar a las
derechas más extremas de todo el mundo (nacionalismo,
antioccidentalismo revestido de antiimperialismo, y
una infinita agresividad verbal, donde por cierto, no
faltan las "típicas" alusiones antisemitas)
Chávez no sólo no es de izquierda, sino
que se ha constituido en un peligro para el Desarrollo
político de la izquierda latinoamericana. Después
del periodo dictatorial que vivió Latinoamérica
en los últimos años, hay en diferentes
países (Argentina, Brasil, Chile, México,
Uruguay) una izquierda que tiene dos características
principales: antimilitarismo (como reacción al
pasado reciente)y vocación democrática.
Ninguna de esas características
identifican a Chávez. Incluso, la proximidad
a Chávez daña y ha dañado notoriamente
a algunas izquierdas del continente, lo que ha sido
utilizado hábilmente por las diferentes derechas.
Basta que Chávez apoye a algún candidato
latinoamericano de izquierda para que éste baje
de inmediato en las encuestas. López Obrador
no alcanzó a distanciarse a tiempo. Lula ya ha
tenido que hacerlo. Una parte mayoritaria de la izquierda
en Chile ya se ha pronunciado en contra de la política
internacional de Chávez. Un gobernante que visita
a Lucazensko (a quien ni su mamá visita), uno
de los más antidemócratas jerarcas
post-comunistas del mundo, o establece relaciones de
hermandad (¡!) con el antisemita Ahmadineyad,
no puede ser de izquierda para casi nadie que sea de
izquierda, o por lo menos, demócrata. Si la izquierda
latinoamericana no se ha distanciado aún más
de Chávez (y ya es mucho) es, porque sus miembros
no quieren verse enredados en la maraña de sus
interminables insultos.
Es
que Chávez es un gobernante que insulta a casi
todo el mundo, ejemplo que siguen y a veces multiplican
sus seguidores más inmediatos. Ni siquiera los
obispos y cardenales de la Iglesia católica escapan
a su desmedida procacidad. A diferencias de Castro,
quien posee un excelente uso del idioma, Chávez
tiene serias dificultades para ordenar sus frases de
modo lógico, y por eso, podría pensarse,
suplanta la retórica con el insulto. Sin embargo,
hay en su enormecapacidad de injuria, un propósito
que obedece -conciente o inconscientemente- aun cálculo
muy frío. Los de Chávez son insultos cuidadosamente
programadosdestinados a crear una zona de hipertensión
emocional e impedir así que la política
se articule en torno a algo que no sea él mismo.
De este modo, él neurotiza la vida política
hasta tal punto, que resulta imposible, en medio detanta
injuria, que los polos que se forman alrededor de su
persona puedan encontrar algún medio civilizado
de omunicación.
Efectivamente:
lo primero que sorprende a un visitante en Venezuela,
es que después de siete años de gobierno,
Chávez ha conseguido partir al país político
en dos pedazos. Esos pedazos no son de izquierda o de
derecha. Pues a un lado están quienes aman a
Chávez. Al otro lado, los que lo niegan. Entre
ambos no hay ninguna conexión. Quienes eran amigos,
ya no lo son. Quienes se respetaban, se desacreditan
mutuamente. Nadie discute con nadie. Chávez ha
conseguido destruir la polémica, condición
de la política, e introducir en su lugar dos
monólogos paralelos. Él mismo monologa
sin limitación de tiempo (hasta
siete horas) en su programa semanal, mientras las "camisas
rojas" aplauden las vulgaridades más grandes
que es posible oír de nadie (ni siquiera en Berlusconi,
quien en materia de vulgaridades era vicecampeón
mundial) Si alguien ha leído relatos de los primeros
años del fascismo en Italia no se sorprenderá
si los encuentra de nuevo en
Venezuela. La comunicación política ha
sido destruida radicalmente por el propio gobernante.
Y la destrucción de la comunicación política
es la primera condición para todo proceso de
facistización. Eso es lo que está viviendo
Venezuela. "Esto va a terminar muy mal", me
dicen muchos venezolanos. "Que Dios no los oiga",
les digo yo.
Naturalmente,
hay chavistas inteligentes. Pero cada vez que uno habla
de Chávez, dicen -como avergonzados- que lo principal
no es Chávez, sino el proceso del cual Chávez
es sólo un símbolo. "¿Cuándo
habían alcanzado los pobres más representación
que durante Chávez? En eso hay que fijarse",
dicen.
"Chávez es secundario", afirman. Pero,
¿es que se puede hablar del proceso sin Chávez?
Chávez está en todas partes, nadie realiza
una "misión" (palabra militar clerical)
sin su autorización. Nadie tiene ninguna idea
que no sea de Chávez. Él, como él
mismo se definió, es el coach del equipo. Eso
quiere decir que es él que decide quién
jugará o no.
"Ah pero Chávez ha llevado a los pobres
a la sociedad", dicen los chavistas inteligentes.
¿A cual sociedad? – se pregunta uno, asombrado.
No importa que en Chile, Argentina, Brasil, tengan lugar
políticas sociales más importantes y sobre
todo más racionales que las que han tenido lugar
en Venezuela. Lo decisivo es que Chávez, a diferencia
de los gobernantes de esos países, no ha integrado
a los pobres a la sociedad, sino al Estado. Sin suprimir
la pobreza, Chávez la ha estatizado. Las misiones,entre
otras tantas iniciativas populistas, son los cordones
umbilicales que atan a los pobres con el Estado. Y el
Estado es Chávez. Los pobres son deChávez;
por eso deben seguir siendo pobres.
Sí hay, por cierto, algunos chavistas inteligentes.
Pero no lo son tanto como para reconocer que Chávez
no representa un proyecto de sociedad, como ellos imaginan,
sino que, antes que nada y sobre todo, es un proyecto
de toma de poder. Las misiones, los círculos
bolivarianos, los comandos de "camisas rojas"
son medios para tomar el poder desde abajo. La constitución
(a quien él en su estilo llama: "la bicha"),
el escudo, la bandera, sobre todo Bolívar, incluso
las pertenencias de Bolívar, todos los poderes
simbólicos de una nación, han pasado a
ser propiedad de Chávez quien los modifica, los
interpreta o los regala, según su antojo. Chávez
intenta tomar el poder desde todos lados. Desde abajo,
desde el medio, y por supuesto, por arriba cuando haciéndose
aclamar en "foros mundiales" despotrica en
nombre de la justicia universal, en contra de su ultimo
descubrimiento: el "imperialismo norteamericano".
Pero Chávez no es antiimperialista.
Chávez
es en primera línea, antidemócrata. Por
eso ha insultado, de la manera más soez, a diferentes
gobernantes y políticos democráticos de
América Latina. Lagos, Fox, Toledo, Uribe, Lourdes
Flores, García, entre tantos, han debido sufrir
las injurias de Chávez. Nadie ha insultado en
su vida a tantas personas decentes como ha hecho Chávez.
No obstante, se equivocan aquellos que piensan que Chávez
insulta por insultar. Como ha sido dicho, sus insultos,
cuidadosamente calculados, forman parte de su estrategia
de poder.
Mediante
el insulto, Chávez destruye las posibilidades
del diálogo político, tanto hacia el interior
como hacia el exterior del país. Y donde no hay
política, comienza el terror. La creciente ocupación
de la administración pública por personeros
militares, es el ejemplo más visual de la corrosión
de la política que tiene lugar en Venezuela.
Mientras en el pasado los militares latinoamericanos
tomaban el poder de golpe, en Venezuela lo toman en
"cámara lenta". El segundo paso, será
la militarización de la nación, y es desde
ese objetivo que hay que entender los llamados del Presidente
a defender al país de una invasión norteamericana.
El objetivo de Chávez es, evidentemente, provocar
un clima de alta tensión con los EEUU.
Sus
injurias a Bush han ido aumentando en cantidad y en
volumen. Exasperado tal vez porque el gobierno de EE
UU no pisa (todavía) la trampa, ha agredido en
los términos más repugnantes que es posible
imaginar, a Condolezza Rice, algo que nunca habría
hecho un Fidel Castro (dictador, pero educado) La verdad
es que Venezuela no tiene ningún problema real
con los EEUU: ni económico, ni territorial, ni
de ninguna índole. A diferencias de Castro quien
siempre arremete verbalmente en contra de USA sobre
la base de problemas concretos, Chávez arremete
gratuitamente, con el objetivo más que evidente,
de provocar un conflicto internacional. Ahora bien,
en una situación de alta tensión
internacional, Chávez intentará dividir
al país entre "patriotas antiimperialistas",
y "esbirros al servicio del imperialismo".
De este modo, estar en contra de Chávez significará
"traicionar a la patria". El, efectivamente
quisiera, que su candidato opositor fuera Bush, y lo
ha dicho.
Su propósito es llevar al país a una situación
de extrema hipertensión hasta llegar a aquella
situación totalitaria que practicaban los regímenes
comunistas, donde cualquiera oposición tenía
que estar necesariamente al servicio del "imperialismo".
Los ataques a EE UU son, evidentemente, una pieza clave
en su proyecto de toma total del poder.
Va
ser muy difícil para la oposición democrática
de Venezuela terminar con el chavismo. El régimen
no sólo controla el Estado (y el petróleo)
sino que se ha infiltrado hacia el interior de la sociedad
civil. Los comandos chavistas actúan en las provincias,
pueblos y barrios, y la violencia crece "hacia
dentro". El chavismo controla, además, los
medios de recuento electoral. Y desde el exterior, los
Ramonet y los Chomsky (y la izquierda festiva que les
sirve de coro) están dispuestos a legitimar cualquiera
monstruosidad siempre que
sea antinorteamericana. Es cierto que Chávez
llegó al poder como consecuencia de la corrosión
de la democracia venezolana, y esa es la deuda histórica
que tienen los dos principales partidos con su nación.
Pero siete años ya es suficiente castigo. Es
cierto también que en Abril del 2002, una fracción
enloquecida de la oposición, siguiendo el juego
a Chávez, se embarcó en una aventura golpista.
Gracias a esa aventura, realizada a espaldas de la mayoría
de la oposición (justo en el momento cuando Chávez
estaba
políticamente cercado) Chávez obtuvo como
regalo una legitimación democrática que,
él menos que nadie, puede ostentar.
Pero
poco a poco, la oposición ha ido ordenando sus
filas. Chávez intentará destruirla al
crear una línea divisoria "o Venezuela o
los EEUU". Si la oposición estará
en condiciones de imponer la verdadera línea
divisoria que atraviesa a Venezuela, que es la de "chavismo
o democracia" (o incluso, "fascismo o democracia")
es algo que está por verse. Pero si la
oposición triunfa -y un día, más
temprano que tarde triunfará- puede que ese no
sea un
triunfo de "la izquierda". En cualquier caso,
será un triunfo de la democracia. Pero, antes
que nada, será, un triunfo de la decencia.
Viernes,
25 de agosto de 2006