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Análisis y opinión sobre energía y política

El fin del chavismo

Por Fernando Mires

Cuando el Presidente Chávez llegó el gobierno, hace ya casi ocho
años, la mayoría de los observadores decretaron que la política
venezolana había entrado definitivamente a una fase populista. Con
ello se rompía la creencia de que el llamado populismo
latinoamericano correspondía a un periodo histórico determinado por
el proceso de industrialización sustitutiva de los años treinta y
cuarenta del pasado siglo. En ese sentido, el chavismo, o era un
populismo extemporáneo, o era un populismo "sui generis".

Mas, lentamente fue imponiéndose entre los analistas políticos, la
tesis de que, efectivamente, el chavismo no podía ser equiparado con
ninguno de los populismos del pasado en América Latina. Desde luego,
Chávez no podía ser Perón, porque detrás de Perón estaban los
sindicatos obreros más un movimiento redencionista representado no en
Perón sino que en Eva (y detrás de Chávez no estaban los sindicatos
obreros, ni tenía ninguna Eva a su lado) Tampoco podía ser Getulio
Vargas, pues el chavismo no aparecía ligado a ningún proyecto
grandioso de desarrollo económico nacional, como era el que postulaba
el varguismo. Quizás estaba más cerca del velasquismo peruano, hecho
que ha reconocido el mismo Chávez al manifestar su admiración por la
dictadura golpista de Velasco Alvarado en Perú, justamente por una
dictadura que quebró el sistema democrático de ese país durante un
larguísimo tiempo.

La política de la antipolítica

Cuando el chavismo ascendió al poder en Venezuela, algunos
observadores captaron de inmediato el potencial antidemocrático que
el "nuevo populismo" traía consigo. El término "populismo
autoritario" que es el que más ha hecho escuela, quería significar
que, a diferencia de otros populismos, la vertiente antidemocrática
que cursaba en el chavismo, era muy amplia. Por cierto, en el
populismo chavista también era posible detectar un reclamo social
democrático. La incorporación de los "excluidos" a la política
callejera mostraba una acusación a un orden político, que si bien era
democrático, había llegado a ser también muy elitista y excluyente.
La corrupción y el alejamiento de los partidos tradicionales de las
necesidades populares fueron, durante algún tiempo, características
de la democracia venezolana, características no ajenas a las que
imperaban en el resto del continente, pero quizás, debido a las
dispensas del petróleo, más visibles y escandalosas. Esas fueron las
razones que explican que el discurso político de Chávez apareció,
desde un comienzo, cargado de alusiones antipolíticas.

La política de la antipolítica que cultivaba la retórica de Chávez,
aparentemente dirigida en contra de las que él llamaba las "cúpulas
podridas", se explayaba hacia toda la estructura política de la
nación. El desprecio a la política, sobre todo al pluralismo
partidario, cuadraba muy bien, por una parte, con la movilización de
sectores populares extremadamente desorganizados, que no habían
recibido nada o muy poco de la política tradicional, y por otra
parte, con la mentalidad antipolítica que tiende a primar en círculos
militares, los cuales se constituyeron, desde un comienzo, en el
principal eje del chavismo.

La dictación de una nueva Constitución, cuyo origen democrático fue
reconocido, aún por sectores antichavistas, no fue suficiente, en
cualquier caso, para ocultar el enorme potencial antipolítico que
arrastraba y arrastra el chavismo consigo. La creciente incorporación
de los militares al poder, más una furibunda escalada armamentista,
son solo algunos ejemplos de los rasgos antipolíticos propios al
régimen. A ellos se suman otros, como por ejemplo, la organización
para-estatal, extremadamente verticalizada, de los sectores llamados
"populares"; un nacionalismo con apelaciones irracionales y mágicas a
la figura del Libertador (cuyo nombre termina justificando cualquier
cosa) y no por último, la personalidad del Gran Jefe, un gobernante
extremadamente agresivo, emocional y procaz, cuya capacidad de
agravio e insulto es solamente comparable con su incapacidad para
ejercer control sobre sus propias palabras. Todos estos rasgos,
hicieron pensar a muchos, y con razón, que en la Venezuela de Chávez
emergía con cierta nitidez, un régimen que portaba una indesmentible
dimensión social- militarista.

Efectivamente; cualquier observador demócrata que analice hoy día la
organización de los militantes chavistas en la campaña electoral que
está teniendo lugar, no puede dejar de asombrarse por los amenazantes
nombres que adoptan los grupos chavistas, como por ejemplo,
"pelotones", "escuadras", "batallones", nombres que son más
apropiados para una guerra civil que para un proceso electoral. La
aparición de grupos para-militares, la conexión con los delincuentes
de las FARC, la proliferación de armas en las llamadas
"organizaciones del pueblo", la incapacidad para discutir de los
chavistas, cuyos alcaldes (Barreto, entre otros) periodistas y
militantes se dejan llevar por el lenguaje más brutal que es posible
imaginar, y no por último, las arbitrariedades a que someten a la
población sectores de la policía y del ejército, no hacen sino
confirmar esa impresión.

No obstante, durante los primeros años, los ideales
reivindicacionistas, la necesidad de "cambios sociales", más la
efectiva participación en el chavismo de personas que tenían detrás
de sí un pasado político de izquierda, cautivaba a muchos venezolanos
que imaginaban que la que vivían era de verdad, "una revolución
bonita". Con ello Chávez quería decir, que las demás revoluciones no
eran "bonitas" sino que feas. El chavismo, así mirado, parecía ser
para muchos ilusionados, un capítulo necesario en la historia
venezolana, donde serían implantadas reformas sociales, y una
renovación institucional más compatible con la modernización global
que estaba teniendo lugar en otros países latinoamericanos. Más
todavía, después del frustrado golpe del 2002, perpetrado por grupos
antidemocráticos (también los hay) enquistados en la oposición, el
gobierno de Chávez recibió un respaldo popular que nunca había
soñado. Esos fueron, sin duda, los mejores tiempos del movimiento
chavista: Chávez tenía detrás de sí, al "pueblo", a los militares, y
a la legitimidad democrática, garantizada por la defensa de la propia
Constitución. La oposición en cambio, estaba desorientada, dividida,
paralizada. Con trampas electorales del gobierno, o sin trampas, esa
oposición no estaba todavía en condiciones de gobernar.
Chavismo y marxismo-leninismo

Después del frustrado golpe, los llamados a la unidad nacional de
Chávez fueron tomados por varios opositores en serio, y no faltaron
quienes imaginaron que el gobierno volvería a encarrilarse en un
sendero político democrático y unitario. Las ilusiones durarían muy
poco.

Cuando nadie menos esperaba, Chávez dio un vuelco de 180 grados, e
irrumpió de pronto en la escena, desatado en un lenguaje que hasta
entonces era desconocido en él. Nociones marxistas, sacadas de los
más vulgares manuales de Marta Harnecker, salpicaban de modo
frecuente su retórica que era cada vez menos populista y cada vez más
ideológica. Pronto Chávez descubriría al "imperialismo", y finalmente
a Bush, en contra de quien ha centrado últimamente todo su discurso
político, insultándolo e insultándolo, hasta llegar a la
desesperación pues Bush, esta vez bien aconsejado, jamás se dignó a
responderle. ¿Qué había pasado con Chávez? ¿Cómo explicar la mutación
de un militar populista en un jerarca marxista- leninista de la época
de la Guerra Fría?

Hay dos razones que explican la repentina "conversión" al
marxismo-leninismo del gobernante venezolano, en una época donde ni
siquiera tiranos tan salvajes como Lucachensko sustentan públicamente
dicha ideología

Una razón, es sin duda, la relación íntima de Chávez con la Cuba de
los hermanos Castro.

Siempre Chávez había sido un gran admirador de Cuba. Probablemente le
fascinaban el carácter personalista y caudillesco del sistema de
dominación cubano, y por supuesto, su extrema militarización.

Militarismo y caudillaje son improntas inseparables al "pensamiento
de Chávez", en todos sus tiempos. Lo nuevo es que, probablemente
aconsejado por el dictador cubano, fue Chávez, al comienzo
lentamente, adoptando una estrategia de "toma de poder" muy semejante
a la lectura que tiene Castro de "su" revolución. Esa estrategia se
basa, en primer lugar en imponer una dicotomía radical: "o nosotros,
o el imperialismo", aunando de modo nacionalista a toda la población
en contra del "enemigo externo". En segundo lugar, bajo el amparo de
un clima de agresión externa, suprimir las estructuras democráticas,
militarizar a la sociedad, y tomar el poder en nombre de la defensa
de la patria.

Si ese esquema había funcionado en Cuba, debía también funcionar en
Venezuela. El problema es que en el cuento que contó Castro a Chávez,
olvidó el dictador cubano mencionar un par de "detalles".

El primero es que Castro, para realizar su ruptura con EEUU, entregó
totalmente su país a la URSS, es decir, en nombre de la nación,
perpetró el acto más antinacional que haya tenido lugar en toda la
historia de América Latina. Afortunadamente Chávez no tiene detrás de
sí a ninguna URSS a quien vender su nación. En segundo lugar, y este
es un "detalle" aún más importante, es que el movimiento castrista
surgió en contra de una dictadura, en nombre de la democracia (que
después los hermanos Castro traicionaron) mientras que el chavismo se
está levantando hoy día no en contra de una dictadura, sino que en
contra de un orden -todavía- democrático. Esto significa, que para
realizar el plan castrista, Chávez no tiene el apoyo internacional
necesario, aunque lo está buscando, uniéndose en un frente
internacional con las dictaduras más tenebrosas del mundo. Tampoco
tiene, ni mucho menos, la legitimidad democrática (antidictatorial)
con la que una vez contó la revolución cubana. Y tampoco puede, por
último, exportar una revolución, pues no ha hecho ninguna. Y por si
fuera poco, en vez de un Che Guevara a su lado, Chávez tiene apenas a
un Maduro, lo que no es mucho. Así, la revolución chavista ha
fracasado antes de comenzar.

La segunda razón que explica la mutación ideológica de Chávez y del
chavismo, reside en un hecho inocultable. Como todo populismo, el
movimiento de Chávez, cuando alcanzó el gobierno, no era
principalmente ideológico. Ahí quizás residía su encanto originario.
Chávez aparecía como una suerte de anarquista en el poder, y el
anarquismo, por su negación de todo orden, siempre es seductor, sobre
todo entre sectores desarraigados, como también entre algunos grupos
juveniles. Sin embargo, poco a poco comenzó a observarse que el vacío
ideológico del chavismo estaba siendo ocupado por antiguos
intelectuales, radicalmente sectarios y dogmáticos, no sólo
venezolanos, que después de la Guerra Fría habían quedado al margen
de cualquiera práctica política real.

Efectivamente, el derrumbe del muro de Berlín no derribó los muros
ideológicos que prevalecían en los cerebros de ciertos sectores de la
intelectualidad latinoamericana quienes se niegan a pensar que la
Guerra Fría, desde donde formatearon todas sus categorías, ha
terminado. Pero ese es un tema que habrá que tratar con detenimiento
en otra ocasión.

Lo cierto es que muchos "comunistas sin comunismo", se enquistaron
rápidamente en el aparato chavista, controlando puestos claves en la
organización del movimiento, en el Estado, y en el propio Ejército.
Algunos han terminado por convertirse en consejeros del gobernante.
En otras palabras, dichas sectas ideológicas, han llevado a cabo,
dentro del chavismo, una verdadera "toma interna" de poder.

Transformado así, el chavismo, en una organización extremadamente
ideologizada, el discurso de Chávez ha dejado de ser un discurso
populista, para convertirse, rápidamente, en un discurso rígidamente
ideológico.

Ahora bien; con la ideologización extrema del movimiento chavista, ha
comenzado el fin del movimiento chavista y el inicio de la
construcción de aquello que ya anunció el mismo Chávez: Un Partido
Ùnico de Estado, militar y jerárquicamente organizado. Eso quiere
decir, y ya algunos chavistas de "la primera hora" lo presienten, es
que si Chávez continúa en el poder, el tiempo de las "purgas" y de
las "depuraciones" internas ya está programado. Todavía pueden
salvarse esos chavistas. Pero eso ya no depende de ellos, sino que,
paradojalmente, de la oposición, de aquella oposición que ellos
mismos, tozudamente, combaten.

En cualquier caso, la conversión del movimiento social chavista en un
partido ideológico, ya es un hecho consumado y prácticamente
irreversible. Eso es justamente lo que quiere decir Chávez cuando
proclama: "no hay vuelta atrás".

El otro paso que llevará a la destrucción definitiva de la democracia
en Venezuela, ya ha sido anunciado también por el propio Chávez. Si
Chávez gana las elecciones de diciembre, no sólo constituirá el
Partido Único chavista-castrista- leninista (ya la combinación es
absurda), sino que además llamará a un referéndum, a fin de que sea
erigida una dictadura constitucional (todas las dictaduras son
constitucionales). Lo que afirmo no es una interpretación. Todo eso
ha sido anunciado por el mismo Chávez. Nadie podrá entonces alegar en
Venezuela desconocimiento de causa, si es que todo lo que proclama el
supuesto futuro dictador, se convierte alguna vez en realidad. Eso
significa, en términos simples: quien vote por Chávez el 3 de
diciembre del 2006, votará por una dictadura. No hay como engañarse.

A diferencias de Castro, Chávez, no sé a causa de que extraña razón,
ha mostrado todas sus cartas.

| En la agenda política de Hugo Chávez está escrita la abolición de la
democracia, el fin del pluralismo partidario y la instalación de una
dictadura militar de larguísima duración. Por supuesto, ello implica
la (auto) destrucción del propio movimiento chavista como fuerza
social. Eso al menos es lo que ha aprendido Chávez de Castro, quien
también destruyó al Movimiento 26 de Julio, y en nombre de la
revolución. Quienes se opusieron a esa traición de Castro, fueron
enviados a las cárceles y torturados; algunos asesinados. Gran parte
de la vieja guardia revolucionaria cubana vive en el exilio.

Pero Venezuela, gracias a Dios, no es Cuba.

La alternativa

Sin embargo, la oposición democrática venezolana ha ordenado sus
filas y establecido un ejemplar pacto unitario en torno a la figura
política de Manuel Rosales.

El chavismo, subvaloró, evidentemente, las reservas democráticas de
la nación venezolana. Los nobles gestos de Petkoff y de Borges, que
antepusieron a sus aspiraciones políticas la defensa unitaria de la
democracia de su país, no figuraba en los presupuestos del chavismo.

Mucho menos figuraba la dimensión política que ha ido alcanzando el
nombre de Manuel Rosales. Rosales ha entrado, allí, precisamente,
donde Chávez pensaba, eran sus reservas inexpugnables: entre los más
pobres del país. Desde Zulia ha comenzado una larga marcha que ya, en
avalanchas multitudinarias, desactiva los planes de la cúspide
chavista.

La aparición de Manuel Rosales ha desordenado todo el juego de
Chávez. Vanos han sido los intentos del ahora poco imaginativo
Presidente para presentar a Rosales como un agente de Bush. "Ni Bush
ni Castro" fue la respuesta contestaria de Rosales. ¿Quién es
efectivamente Chávez para presentarse como nacionalista cuando nadie
como él, ha ligado tanto su suerte política a las directivas que
recibe desde una nación extranjera, como es Cuba?

Tampoco ha logrado Chávez presentar a Rosales como a alguien "típico"
de derecha, sencillamente porque Rosales no lo es. Al contrario,
Rosales ha develado el carácter profundamente reaccionario del
chavismo. El chavismo, efectivamente, representa un regreso a los
tiempos de la Guerra Fría, cuando las democracias en América Latina
eran la excepción y las dictaduras la regla.

Rosales ha devuelto a la política venezolana el principio de realidad
que parecía haber perdido. Rosales no va a los pueblos a gritar
consignas mágicas, ni padece de delirios de grandeza. El escucha a
los pobres, y promete realizar lo que considera posible realizar.

Terminar con la criminalidad, asegurar las fronteras nacionales,
distribuir entre los más necesitados una parte al menos de los
ingresos del petróleo, planes de salud, de abastecimiento, de
escolaridad, de seguridad, es decir, todo aquello que preocupa a las
personas normales de cada país normal. No habla de guerras, ni padece
de complejos persecutorios, aunque arriesga mucho más su vida que la
del superprotegido Chávez. Promete la reconciliación en una nación
dividida en dos partes irreconciliables. Y es escuchado y seguido por
multitudes cada vez más grandes.

No faltan por cierto aquellos que piensan, que por el hecho de
acercarse al pueblo, Rosales representa un populismo igual al del
chavismo originario. ¿Para qué repetir la historia? Se preguntan. La
pregunta es válida ¿Es verdaderamente populista Rosales?.

No nos engañemos. Siempre la política en periodos electorales ha
sido, es y será populista. Eso ocurre en todas partes; y en Venezuela
también. Un candidato que no es populista en las elecciones, nunca
ganará. Pero, para los políticos responsables, el populismo termina
al día siguiente de la elección. Además, el populismo es un término
neutro. Hay diversos populismos. Hay populismos militares,
personalistas y fascistas. Hay también populismos democráticos.

Si hubiera que caracterizar de algún modo al movimiento que articula
Rosales, habría que decir que se trata en primer lugar de un
movimiento democrático. En segundo lugar es popular, y en tercer
lugar, es nacional. Es democrático, porque ha surgido para defender a
la nación de una ya declarada ofensiva dictatorial. Es popular,
porque las reivindicaciones que promete, parten desde los sectores
más pobres de la nación. Y es nacional en dos sentidos: porque no
representa a una "clase" sino que al conjunto de la nación, y porque
no se encuentra ni ideológicamente ni materialmente hipotecado a
ningún Estado extranjero.

Rosales, representa, al fin, el regreso de la política, bajo nuevas
formas.

Más allá de cualquier resultado electoral, el movimiento unitario,
democrático, popular y nacional que representa Rosales, ya ha
bloqueado la estrategia antidemocrática del chavismo Todo eso lleva a
concluir que el chavismo tiene dos formas posibles de terminar. La
primera forma ya está ocurriendo: se trata de la conversión del
movimiento originario, en una estructura de poder vertical y militar.

La segunda forma, será su desplazamiento del poder político por un
movimiento democrático, popular y nacional, que es el que hoy
representa el azul de Rosales. En los dos casos, el chavismo, como
movimiento social popular, ya está terminado.

Los venezolanos deberán ahora elegir.

El abstencionismo es complicidad.

Y nadie podrá defender su voto sin votar.

Domingo, 15 de octubre de 2006

 

Fernando Mires es chileno, Profesor de Política Internacional en
la Universidad de Oldenburg, Alemania.
Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

Nota del Editor:Este comentario fue originalmente publicado por www.ideaspublicas.org Domingo, 20 de octubre de 2006. Petroleumworld no se hace responsable por los juicios de valor emitidos por esta publicacion, por sus colaboradores y columnistas de opinión y análisis.

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