Manuel Rosales, el candidato de la oposición
venezolana, ha hecho una campaña maratónica.
Pueblo a pueblo, barrio a barrio, el gobernador del
Zulia se ha volcado a la calle para liderar marchas
en los 23 estados del país vecino y dar a conocer
su discurso, una combinación de propuestas asistencialistas
y mensaje gerencial con el que pretende hacerle mella
a la popularidad del presidente Hugo Chávez.
En
su comando de campaña calculan que, sin contar
los desplazamientos en aviones y autopistas, sus recorridos
suman más de 300 kilómetros caminados
desde cuando arrancó el 11 de agosto.
Las
marchas son una fiesta popular donde sus simpatizantes
caminan a ritmo de salsa y reggaeton. En jeans y mangas
de camisa, Rosales siempre está antecedido por
un camión en el que retumba una versión
adaptada de Atrévete-te-te, el pegajoso éxito
del grupo puertorriqueño Calle 13 cuyo título
coincide con el omnipresente eslogan de la campaña
y se ha convertido en el himno de la oposición.
Aunque su color oficial es el azul, las manifestaciones
se convierten en un gran amasijo de colores que representa
la diversidad de las 38 fuerzas políticas opositoras,
con diferentes matices ideológicos, que se plegaron
a la candidatura de Rosales. Los carteles naranja con
forma de puño cerrado del Movimiento al Socialismo
(MAS) se mezclan con las camisetas negras y amarillas
del partido de centroderecha Primero Justicia y las
banderas verdes fosforescentes del socialcristiano Copei.
A ellos se suma un grupo con camisetas que dicen “la
gente del petróleo está con Rosales”.
Son algunos de los 19.000 empleados despedidos de Pdvsa
desde cuando, tras el paro de finales de 2002, el chavismo
se hizo con el control de la petrolera venezolana. El
color que menos se ve es el rojo de los chavistas, que
en algún momento suelen salir al encuentro y
hacerse sentir.
Aunque
el famoso Atrévete está dirigido a los
votantes, bien se podría aplicar al candidato,
pues su estrategia de estar cerca del pueblo y ser siempre
fotografiado en medio de multitudes no está exenta
de riesgos en una sociedad tan polarizada como la venezolana.
Los periodistas que cubren la campaña ya están
habituados a pequeños estallidos de violencia.
En cada población, algunas docenas de chavistas
radicalizados, con camisetas y afiches, se encargan
de ubicar un cuello de botella, como una calle estrecha
o un puente, con el propósito de cerrarles el
paso a los manifestantes. Como si se tratara de una
estrategia militar, en ese momento clave en que colisionan
las dos multitudes, el grupo rosalista se comprime al
máximo detrás del carro, que entra a trompicones,
para romper el cinturón rojo, proteger a su candidato
y seguir su camino. En ocasiones no pasa del abucheo,
o de un cruce de insultos, pero en otras, como presenció
SEMANA en Los Guayos, estado Carabobo, tras el paso
del candidato se inició una batalla campal donde
llovieron botellas, sillas y piedras. Y ese no fue el
peor incidente. En otros ha llegado a haber disparos.
Rosales asegura que se trata de un plan concebido desde
la presidencia (ver entrevista) mientras el gobierno
asegura que son manifestaciones espontáneas del
pueblo.
Las
caravanas de la oposición miden los tiempos.
Cuando pasa el momento de tensión, el grupo se
dilata y Rosales se porta como el más popular
de los líderes. Muchos, avisados por la música
ensordecedora, lo saludan desde los balcones o las puertas.
Otros tantos se abalanzan para tocarlo, abrazarlo o
entregarle alguna nota. Él zigzaguea para besar
a una anciana, alzar un bebé o saludar a un niño,
pero nunca detiene su paso. Al verlo, su candidatura
parece viento en popa, pero en realidad la gran pregunta
que flota sobre la política venezolana continúa
vigente. Después de ocho elecciones, ¿es
posible derrotar a Chávez?
El
rival del coronel
En
el último pulso electoral, las legislativas del
año pasado, la oposición decidió
retirarse alegando falta de garantías en un esfuerzo
para deslegitimar al gobierno. Como resultado, las elecciones
tuvieron una abstención del 75 por ciento y el
chavismo quedó con el control total de la unicameral
Asamblea Nacional. La estrategia ahora es la contraria.
En estas presidenciales las principales fuerzas opositoras,
a excepción de Acción Democrática,
que promueve la abstención, se muestran dispuestas
a competir hasta las últimas consecuencias. La
oposición venezolana, antes fragmentada, parece
haber aprendido algunas lecciones de sus derrotas y
decidió presentarse con un candidato de unidad.
Muchos anticipaban que ese líder iba a ser el
periodista y analista Teodoro Petkoff, pero su aura
de intelectual y el desgaste de una dilatada trayectoria
pesaba como un lastre. Otros le apuntaban a Julio Borges,
el joven aspirante de Primero Justicia. Pero después
de meses de negociaciones, fue escogido Rosales, gobernador
del estado Zulia.
Rosales
es muy popular en su región, el estado que concentra
más del 40 por ciento de la producción
petrolera. Allí acumula 27 años de presencia
en posiciones de gobierno y ha sido reelegido como concejal,
alcalde de Maracaibo y gobernador, lo que le da la ventaja
de no estar tan ‘quemado’ en el nivel nacional
como muchos políticos. Es de origen humilde y
subió peldaño a peldaño, características
que le facilitan identificarse con las masas, y proyecta
una imagen de sencillez que contrasta con el mesianismo
y la grandilocuencia del ex coronel golpista. Inició
su carrera política en las filas de Acción
Democrática, pero después se convirtió
en disidente y fundó su propio partido, Un Nuevo
Tiempo. Pero no hay que engañarse: su oratoria
no es brillante y su carisma no se acerca al de su contrincante.
Una
campaña desigual
En
un petroestado como el venezolano, en el que el gobierno
tiene recursos ilimitados, el candidato-Presidente parte
con una clara ventaja. Y el dominio absoluto que Chávez
ejerce en todas las instituciones, hace que la desigualdad
entre los contendores sea total. Aunque Chávez
ya no puede hacer una campaña de tanto contacto
popular como la que plantea Rosales, el oficialismo
cuenta con muchas más vitrinas. Chávez
tiene 10 minutos diarios para hablar de su obra de gobierno
en todos los canales de televisión, que no cuentan
como de campaña. Por otro lado, la torta publicitaria
que reparte el gobierno es de tal tamaño, que
muchos medios independientes se han plegado al oficialismo
con tal de no perder su participación. Además,
Chávez se ha dedicado a inaugurar obras que atraigan
votos. Sin ir muy lejos, esta semana entregó
anticipadamente los bonos de fin de año a los
empleados públicos, lo que desató las
críticas de sus adversarios, pero aseguró
muchos votos.
Con
menos carisma y recursos, a Rosales le ha tocado multiplicarse
por todo el país para darse a conocer, derrotar
el abstencionismo y tratar de cautivar a los chavistas
desencantados. No son pocas las fisuras para atacar.
En el tope de los temas que preocupan a los venezolanos
se encuentra el deterioro de la seguridad. Desde cuando
Chávez llegó al poder, se calcula que
ha habido unos 100.000 asesinatos. Según un informe
presentado hace poco por Leopoldo López, el alcalde
de Chacao, hay unas 44 muertes violentas al día
y Venezuela es “el país más inseguro
de América” en ese aspecto. Le sigue el
desempleo, que oficialmente está alrededor del
10 por ciento, y un déficit de viviendas estimado
en 2,4 millones de unidades. Chávez había
prometido 150.000 viviendas en 2006, pero hasta junio
había entregado menos de 40.000.
La
estrategia de Rosales no se limita a aparecer siempre
caminando entre multitudes. También le apunta
a mostrarse como un gerente con capacidad de gestión
y no sólo atacar las debilidades del gobierno,
sino atribuirlas directamente a Chávez, quien
ha sido beneficiado por el ‘efecto teflón’.
Se critica al gobierno, pero la decepción no
salpica al Presidente ni le atribuye directamente los
problemas.
En
ese contexto, Rosales aprovecha cada reunión
para enfatizar sus contrastes con Chávez y atacar
por diferentes flancos. “Soy terrenal, no soy
un enviado y no me creo un sabio”, aseguró
frente a un grupo de profesores y universitarios en
Valencia. En Naguanagua habló de despilfarro
petrolero y desenfundó ‘Mi Negra’,
la tarjeta débito con la que pretende repartir
una quinta parte de la renta petrolera entre los más
pobres, ante el éxtasis del público. Allí
enfatizó que el costo de la iniciativa es “mucho
menos de lo que ha regalado el gobierno a otros países”.
En Acarigua, frente a un grupo de agricultores, habló
sobre el respeto a la propiedad privada y aseguró
que el gobierno “prefiere entregar nuestra riqueza
a otros pueblos que a nuestros campesinos”.
Al
tiempo que martilla el gobierno y promueve un proyecto
de país más prometedor, Rosales se cuida
de no maltratar los populares programas sociales como
las Misiones, que son, como dijo a SEMANA un prominente
miembro de la campaña de Rosales, “el gran
cordón umbilical que une a Chávez con
el pueblo”. En su discurso asegura que esas brigadas
y programas sociales siempre han existido con distintos
nombres y plantea mantenerlas, pero sin utilizar las
ayudas como arma de proselitismo político. Sin
embargo, el énfasis de Rosales en ‘Mi negra’
nace de la conciencia de que la mayoría de la
población cree que si gana la oposición,
se acabarán los programas sociales.
Chávez
se niega a mencionar con nombre propio a Rosales. En
varias ocasiones ha señalado que su único
rival en estas elecciones es George W. Bush, el presidente
norteamericano, para insinuar que su contrincante es
el candidato del imperio. Para comprobarlo, en las manifestaciones
chavistas abunda un afiche que muestra al candidato
de la oposición dándole la mano a Pedro
Carmona, el presidente de Fedecámaras que intentó
reemplazar a Chávez tras el golpe cívico-militar
de 2002, con el dibujo de un demonio en el fondo, y
el mensaje “el diablo los une”. Es que Rosales
refrendó con su firma el decreto con el que Carmona
pretendió desmontar la revolución bolivariana,
lo que lo convierte, a los ojos del chavismo, en cómplice
de un movimiento que atribuyen a la larga mano de Estados
Unidos. Esa misma foto, aunque sin el diablo, está
en la publicidad de los periódicos oficialistas
bajo el lema “Atrévete y te arrepentirás”.
Rosales
se defiende.”Yo no soy hombre de los pantanos,
soy hombre de la libertad y la democracia. No voy a
enlodarme ni a caer en la guerra sucia”, aseguró
a SEMANA (ver entrevista). Pero allí donde Chávez
trata de equipararlo con Bush y el imperialismo norteamericano,
el candidato opositor hace lo propio con Fidel Castro
y el socialismo cubano. Ante la negativa de Chávez
a debatir con Rosales, éste ha pedido públicamente
al Presidente cubano que le dé permiso de asistir
a la discusión.
La
oposición, que en las últimas elecciones
trató de convencer a la gente de la falta de
garantías, ahora intenta desarmar los temores
que ayudó a crear y convencerla de que hay que
salir a votar. La de Rosales es una carrera contrarreloj
para superar el techo histórico de 40 por ciento
que han conseguido los opositores y llegar a una pelea
cuerpo a cuerpo con Chávez donde todo podría
ocurrir. “Si bien todavía no alcanza a
Chávez, Manuel viene subiendo y el Presidente,
bajando. Este país, que está desencantado
de una obra de gobierno inepta, ineficaz, corrupta,
más histriónica y discursiva que de obras
concretas, está descubriendo que sí es
posible un mejor gobierno”, dijo a SEMANA Teodoro
Petkoff, que ahora es el estratega de la campaña.
El jueves, una encuesta de Alfredo Kéller y Asociados
daba 52 por ciento para Chávez y 48 por ciento
para Rosales, pero la mayoría de las mediciones
hablan de una diferencia mayor en la cual Chávez
tiene una ventaja de entre 15 y 35 puntos porcentuales.
Rosales
ha logrado movilizar al país, que no es poco
al considerar que la oposición venía de
la nada, pero es probable que no alcance a Chávez.
“En el chavismo hay una organización mucho
más sólida, de carácter casi militar,
que habla de batallones y patrullas, para llevar a su
gente a las mesas de votación”, comenta
el analista Alberto Garrido, una de las personas que
mejor conocen el chavismo y autor de una docena de libros
sobre la revolución bolivariana. El comando de
campaña de Rosales se prepara para defender cada
voto ganado y asegura que para las elecciones tendrá
todas las mesas cubiertas, pero el escenario después
del 3 de diciembre todavía es incierto. Cuesta
imaginar al gobierno aceptando una derrota en caso de
perder. “Chávez nunca tuvo la democracia
representativa como destino político sino como
planteamiento táctico. Él habla de una
democracia revolucionaria. Este no es el caso sandinista,
que entregó el poder en 1990 tras perder las
elecciones. La derrota electoral de Chávez no
está planteada y el proyecto revolucionario no
se va a detener por esa vía”, asegura Garrido.
En
cuanto a la oposición, no es seguro cómo
asimilaría la derrota que vaticina la mayoría
de las encuestas. En caso de un margen estrecho, los
partidarios del ‘ahora o nunca’ podrían
optar por llevar la gente a las calles y abrir un ciclo
de tensiones. También se podría dar el
caso de que la actual unidad naufragara en medio de
culpas y reproches, pero la opción constructiva
sería alcanzar un porcentaje respetable de votos
y convertir la derrota en un triunfo para comenzar a
edificar una verdadera alternativa al chavismo. El ‘día
después’ todavía es una incertidumbre,
pero su desarrollo podría ser tan determinante
como el mismo resultado de las elecciones.
“El
único responsable de lo que me pueda ocurrir
es Chávez”
SEMANA:
¿Se puede derrotar a Chávez?
MANUEL
ROSALES: Salí de la gobernación del Zulia
a ganar este proceso electoral. Yo no soy un desempleado
de la política, soy el gobernador electo del
estado demográficamente más grande de
Venezuela, con el 48 por ciento de la producción
petrolera y el mayor desarrollo industrial, así
que no ando en esto perdiendo el tiempo.
SEMANA:
Considerando que en esta campaña hay sectores
con distintas raíces ideológicas, ¿qué
tan cohesionada está la oposición?
M.R.:
Me apoyan sectores diferentes de toda la sociedad. Soy
el candidato de la unidad nacional en la búsqueda
de evitar que Venezuela se vaya por el precipicio. No
hay un funcionamiento equilibrado de los poderes en
Venezuela, están secuestrados por el Presidente.
Estamos en una democracia enferma y hay que salvarla.
SEMANA:
Durante las marchas ha habido agresiones por parte de
simpatizantes chavistas. ¿Es muy difícil
hacer campaña en estas condiciones?
M.R.:
Sabemos el riesgo que estamos corriendo. Estos son grupos
preparados, armados y protegidos por el gobierno, que
pretenden agredir a todo el que piense distinto. Venezuela
es un país con vocación pacifica y es
claro que se trata de un plan que viene de Miraflores.
Ya ocurrió un hecho muy lamentable en Catia,
un populoso barrio de Caracas donde nos hicieron una
emboscada y no sólo fueron piedras y botellas,
sino también disparos, inclusive con armas largas,
cuyos impactos quedaron en una de nuestras camionetas.
Bien pudieron habernos asesinado ese día. Desde
entonces he señalado que el único responsable
de lo que a mí me pueda ocurrir es el presidente
Chávez.
SEMANA:
¿Cómo ve el tema de las garantías?
¿Le inspira temor que haya irregularidades?
M.R.:
Hay temor y amenazas. Sobre todo cuando un gobierno
no tiene escrúpulos y es dueño también
del poder electoral. Pero lo peor que pudiéramos
hacer es quedarnos durmiendo en la casa, o doblegarnos.
Hay que luchar, movilizarse, ir a votar. Y hacer todo
lo necesario para evitar que la voluntad popular sea
torcida.
SEMANA:
Una de sus propuestas es una tarjeta de débito
para repartir la renta petrolera entre los más
pobres. Hablemos de ‘Mi negra’.
M.R.:
Mi Negra es un eslabón más de nuestra
estrategia económica, donde tenemos establecido
el rescate de la confianza y la calma para Venezuela
a través de la conducta, el discurso y las decisiones
del gobierno. Luego, lo económico lo cruzamos
con lo social. Hoy el 72 por ciento de los venezolanos
hace parte de la clase media empobrecida, la pobreza
crítica y la pobreza extrema. Mi Negra es un
sistema para entregar una quinta parte de la renta petrolera.
Eso es mucho menos de lo que ha entregado este gobierno
en otros países.
SEMANA:
Honestamente, ¿ve a Chávez aceptando una
derrota en las urnas si llegara a haberla?
M.R.:
Desconocer la victoria sería el principio del
fin de esta caricatura tiránica que hoy tenemos
en Venezuela.
SEMANA:
En caso de ganar, ¿replantearía toda la
política exterior de Venezuela?
M.R.:
Yo no estoy interesado en buscar protagonismo internacional.
Mi protagonismo será en Venezuela. Ni tengo interés
en dirigir un gobierno que sea títere de George
W. Bush, a quien no conozco, o de Estados Unidos, pero
mucho menos de un sistema autoritario, tiránico,
violador de las libertades y de los derechos del hombre,
como es el gobierno del barbudo Fidel Castro.
SEMANA:
¿Cuál es su posición con respecto
a la guerrilla colombiana?
M.R.:
La guerrilla, los paramilitares y el narcotráfico
son enemigos de lo que pensamos. Mi gobierno estará
deslindado de ese tipo de manifestaciones. Haremos todo
lo que podamos para combatirlas.
SEMANA:
¿Alguna propuesta en cuanto a la seguridad fronteriza?
M.R.:
La frontera se ha convertido en una aliviadero para
la guerrilla, los paramilitares, las mafias que roban
vehículos y el narcotráfico. Tenemos que
hacer una política totalmente distinta. Nuestras
fuerzas armadas tienen que recuperar su estatus, su
institucionalidad, volver al respeto profesional y meritocrático
y cumplir el rol que les corresponde.
SEMANA:
En caso de una victoria lo esperarían una Constitución
y una Asamblea totalmente chavistas. ¿cómo
actuaría?
M.R.:
Vamos a activar los resortes constitucionales que nos
permitan hacer reformas a la constitución e ir
a la elección de una nueva Asamblea Nacional
donde se preserve la representación proporcional
de las minorías, que se violó y se irrespetó.
SEMANA:
Pero necesariamente tendría que pactar con sectores
chavistas…
M.R.:
Estamos dispuestos a pactar con todos los sectores que
sean necesarios
SEMANA:
Haga un esfuerzo y diga algo positivo de Chávez
M.R.:
Lo único positivo es que nos ha estimulado a
querer la democracia. Mucha gente no imaginaba el valor
de la libertad y la democracia, y con su gobierno nos
ha enseñado que hay que cuidarlas.
Santiago
Torrado
es periodista y enviado especial para
Venezuela de SEMANA, Colombia. Sus puntos
de vista no necesariamente son los de
Petroleumworld.
Nota del Editor: Este articulo fue originalmente
publicado por Revista
‘Semana’,
el 06 de noviembre del 2006. Petroleumworld
no se hace responsable por los juicios
de valor emitidos por esta publicacion,
por sus colaboradores y columnistas de
opinión y análisis.