Por
Raúl Amiel
Sólo
abriendo las maletas, a medida que nos acercamos a la
próxima estación, podremos afirmar que
valdrá la pena este viaje. En este viaje para
algunos hermoso y desagradable para otros; nuestras
vivencias aumentan día a día, nos hacen
más sensibles o nos endurecen día a día
Me
viene al pelo un relato extraordinario del compañero
Hernán Nadal, titulado la emboscada: "…Estaba
rodeado. Su derrota era inminente. Pensó en huir
utilizando alguno de sus súbditos como señuelo,
pero se dio cuenta que ya no quedaba ninguno cerca.
No había escape.
Tenía
poco tiempo para pensar y no encontraba soluciones.
No podía entender como había llegado a
esa situación. Lo habían engañado
mediante maniobras que le parecieron obvias pero que
no había descubierto en el momento adecuado.
Incluso
había supuesto que era fácil vencer. ¡Que
iluso! ¿Cómo no se había dado cuenta
que en realidad no habían estado huyendo sino
que le preparaban una emboscada? El había creído
y había salido rápidamente tras ellos
decidido a eliminarlos uno a uno. Su impetuosa decisión
lo había dejado solo frente a sus rivales.
No
podía quedarse quieto, debía actuar rápidamente
y utilizar la sorpresa como arma. No podía luchar.
Ellos eran demasiados y muy peligrosos. Debía
intentar un escape para luego tratar de reagrupar a
los suyos para un cruento combate final.
Eligió
una vía libre y se lanzó entre medio de
los atacantes a paso decidido. Quiso huir pero ya era
tarde. Un caballo le cortó el paso. Tristemente
miró el campo de batalla. El rey supo que era
el fin. Estaba en jaque mate…"
El
paso de estación tras estación, se sucede
diariamente, y algunos pasamos del amor al desamor,
del apego al abandono, de la tristeza a la alegría
y de la desesperanza a la esperanza.
El
cruce de la línea, el paso del punto cero que
divide el espectáculo; indica el medio, pero
no el final. La seguridad está todavía
lejos. En cambio, será posible la confianza del
futuro promisor.
En
el interior de nuestro tren convivimos:
Pasajeros
con la piel de color rojo, pasajeros que denotan la
presencia de un ideal dentro del corazón, una
manera de sentir, de pensar, que aunque a veces sientan
que no forman parte del vagón, nunca abandonan,
ni se bajan en cualquier estación, permanecen
de pie, mirando a su alrededor, permanecen sentados,
mirando a través de la ventana, viendo el paisaje,
la gente, el mundo de ahí fuera, para no olvidar
nunca el porque de su color, el porque de cómo
sienten, aunque aparezcan túneles que intenten
cegarles, aunque se produzcan tormentas de granizo que
golpeen fuertemente el cristal intentando amedrentarles
ellos siguen ahí
Permanecen.
Pasajeros
con la piel de color azul, que simbolizan la transparencia
del alma, expresada en cada gesto y en cada una de sus
miradas que representan el brillo de las sonrisas, cuando
el alma y el corazón se sienten completamente
felices y vivos; sin resquicio alguno de pesimismo anidado
en la sangre y cuya esencia no es más que ese
sentimiento que alberga siempre el corazón de
todo ser humano, la esperanza, nuestra esperanza, la
esperanza en los cambios, en la posibilidad de un mundo
nuevo, más libertario, con más igualdad
y menos corrupción.
Todos
convivimos en el día a día. Ya es hora
que los pasajeros del color rojo o del azul vayan juntos
de la mano, fundidos en un abrazo y se apeen en la próxima
estación perdiéndose entre sus propios
pasos; sé y tengo la seguridad de que en el próximo
viaje, estaremos juntos como los hermanos que siempre
fuimos.
Y
al final llegaremos a la última estación.
Al final del viaje, se acabaran las viejas magnitudes.
A lo mejor tendremos que inventar otras nuevas. Pero
ya no habrá rojos y azules. Solo habrá
26 millones de hermanos por quien trabajar.
Saludos
Libertarios.
Raúl
Amiel es
un intelectual venezolano.Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.
Nota del Editor: Petroleumworld no se hace responsable
por los juicios de valor emitidos por esta publicacion,
por sus colaboradores y columnistas de opinión
y análisis.