REUTERS/Eliseo
Fernandez
Chilean naval training ship 'Esmeralda' is seen at
the Valparaiso port , about 137 km (85 miles) northwest
of Santiago, December 9, 2005. The Esmeralda, is seen
as a symbol of former dictator Augusto Pinochet's
iron-fisted rule and some victims claim they were
tortured on board.
Por
Jorge
Gómez Barata
Más allá de su significado electoral,
en el Tercer Mundo, el voto popular ha adquirido connotaciones
que no obedecen a las consignas de los partidos políticos
ni a las propuestas de los candidatos, sino que son
una especie de concertación espontánea
al estilo de Fuenteovejuna que sirve, tanto para castigar,
como para honrar.
En
algunas regiones, Asia por ejemplo se ha vuelto casi
una regla que cuando las dictaduras asesinan a un
líder, los pueblos replican eligiendo a sus
viudas o a sus hijas las que, como generalmente, cubren
las expectativas de las masas.
Sirimavo
Bandaranike, la primera mujer jefa de Estado del Mundo,
heredó el capital político de su esposo
Salomón Dias Bandaraike y su hija Chandrika
el del padre, la madre y el esposo. Benazir Bhuto,
primera mujer en gobernar un país musulmán
llegó a la presidencia de Pakistán luego
de que su padre fuera depuesto y ahorcado.
La
lógica se cumplió en los casos de Corazón
Aquino y Gloria Macapagal en Filipinas, Jaleda Zia
y Hasina Wajed en Bangladesh, Megawati Sukarnoputri,
hija Achmed Sukarno, primer presidente de Indonesia.
En América Latina y el Caribe, Violeta Barrios,
Mireya Moscoso y la norteamericana Janet Jagan siguieron
ese camino.
El
más notorio de los casos fue el de la India
que estuvo a punto de elegir a Sonia Gandhi, una italiana
como primer ministro, para desagraviar al ultimado
Rajiv Gandhi, víctima del terrorismo.
Todas
esas mujeres, tuvieron su propios meritos pero no
caben dudas que, al elegirlas los pueblos, de la manera
como pudieron, se las cobraron a la oligarquía.
Ellas, por su parte actuaron sin complejo, siguieron
la dirección que indicaron las masas, en general
gobernaron aceptablemente y honraron a sus padres
y esposos.
Michel
Bachelet, la cuarta mujer latinoamericana que va a
por la presidencia mediante las urnas, actuando con
discreción, no ha permitido que el nombre de
su padre figure como tema de su campaña, pero
tal vez no pueda sustraerse a la tradición.
La
memoria del general Alberto Bachelet, recordado como
todo lo que no fueron y no son los generales chilenos:
joven, deportista inteligente, amable, solicito y
popular entre sus subalternos. Intelectualmente maduro
y sobre todo simpatizante del Presidente Allende en
cuyo gobierno ocupó el cargo de Director de
la Secretaría Nacional de Distribución
en el Ministerio de Economía.
Detenido
el 11 de septiembre, el mismo día del Golpe
de Estado, fue incomunicado durante meses, y al ser
llevado a la Cárcel Pública de Santiago
se le calificó como “prisioneros de guerra”.
Durante su cautiverio fue sometido a brutales apremios
y torturas.
En
la cárcel ejerció el liderazgo entre
los militares detenidos, debido más a su prestigio
y su firme posición que a su grado militar.
Por intermedio de su esposa estableció contactos
con el exterior, siendo el primer militar en denunciar
la represión ante instituciones nacionales
e internacionales de derechos humanos.
El
11 de marzo de 1974, requerido por la Fiscalía
de la Aviación fue llevado a declarar a la
Academia de Guerra Aérea. Su corazón,
resentido por varios infartos, no pudo soportar la
sobrecarga. El 12 de marzo, un tercer ataque al corazón,
que agravado por la lentitud con que fue auxiliado
por las autoridades penitenciarías, le provocaron
la muerte.
Ni
siquiera la discreción de su hija, Michel Bachelet,
médica pediatra y epidemióloga, madre
de tres hijos, detenida junto a su madre en los días
del golpe de estado, exiliada en Australia y Alemania.
Militante de la Juventud Socialista y Ministra de
Salud y Defensa, puede evitar que el recuerdo de su
padre y de Salvador Allende, se erijan en magníficos
adversarios de la ultraderecha, pinochetista y de
la corriente conservadora impulsada por la elite empresarial,
rabiosamente neoliberal.
En
la primera vuelta, efectuada el domingo pasado, Bachelet
alcanzó casi la mitad de los votos emitidos.
Para ganar y acceder a la presidencia en la segunda
vuelta, necesitara todos los votos de la izquierda
y la movilización de los que se abstuvieron
en la primera jornada.
Dondequiera
que se dirija, Chile irá con su historia y
con sus héroes. Los pueblos, con su proverbial
sentido de justicia histórica saben identificarlos.
Después
de los años de crímenes y represión
de Pinochet y de humillaciones en la democracia tutelada,
los chilenos tienen una oportunidad para frenar a
la derecha, desagraviar a uno de sus hijos y llevar
a la presidencia un nombre limpio.
Ojalá
no la dejen pasar.
Jorge
Gómez Barata
es profesor universitario, investigador y periodista
cubano, autor de numerosos estudios sobre EEU. Sus
puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por la Agencia Latinoamericana de Información
y Análisis-Dos (alia2), el 15 de Diciembre
del 2005. Petroleumworld no se hace responsable por
los juicios de valor emitidos por esta publicacion,
por sus colaboradores y columnistas de opinión
y análisis.
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