Los
consumidores estamos pagando precios excesivos en la gasolina
debido a que los gobiernos meten la mano en lo que no deben
y dejan de meterla cuando sí es su obligación
actuar.
Es
cierto que la demanda petrolera ha aumentado por el auge de
la economía china y la recuperación de la economía
de Estados Unidos, al tiempo que no ha sucedido lo mismo con
la oferta porque los países industrializados siguen
permitiendo que la OPEP opere impunemente, cuando los políticos
se la pasan haciendo ruido en contra de otros supuestos carteles
y monopolios que nos hacen mínimo daño en comparación
con la mafia petrolera que maneja a la OPEP.
En
el caso de Estados Unidos se debe al viejo temor del Departamento
de Estado de ofender a la familia real saudita, la que siempre
ha gozado de la amistad y apoyo de Washington, sin sentirse
con obligación de pagar los favores recibidos. Arabia
Saudita tiene las mayores reservas petroleras del mundo y
podría fácilmente suministrar todo el petróleo
que se necesita, pero tales decisiones las toman en función
de lo que conviene a la dictadura real saudita y no lo que
convendría a su población y al resto del mundo.
La
mayoría de los países petroleros tienen malos
gobiernos y peores políticas. En Rusia, Vladimir Putin
metió preso a Mikhail Khodorkovsky, el más rico
y exitoso de los nuevos empresarios petroleros, con lo cual
golpeó gravemente la confianza de los inversionistas
extranjeros. En Nigeria, el mayor productor petrolero de Africa,
predominan los desórdenes y la violencia. En Irán,
el gobierno islámico fundamentalista ha cerrado las
puertas a las inversiones extranjeras. En Irak, los terroristas
islámicos destruyen oleoductos. A eso mismo se dedicaba
en los años 60 el ex terrorista que Hugo Chávez
nombró presidente de Petróleos de Venezuela,
Alí Rodríguez, y quien previamente desempeñó
el cargo de secretario general de la OPEP. Eso es como si
en este país los Soprano fueran presidentes de ExxonMobil
y de la Cámara de Comercio. Tal cosa no sería
aceptable, pero no parece preocupar mucho que un ex terrorista
y comunista dé las órdenes en Citgo, filial
de Petróleos de Venezuela y el mayor vendedor de gasolina
al por menor en Estados Unidos.
La
producción petrolera de Venezuela ha caído en
más de medio millón de barriles diarios desde
que Chávez destituyó a unos 19 mil técnicos
y empleados de la empresa petrolera estatal, reemplazándolos
por sus secuaces y partidarios sin experiencia alguna en esa
sofisticada industria. Derrames petroleros en el Lago de Maracaibo
y explosiones en las refinerías ocurren a cada rato,
sin parecer preocupar mucho a los activistas verdes y a quienes
a diario tratan de asustarnos con el recalentamiento global.
Mientras
tanto, en Estados Unidos se ha duplicado el margen de ganancia
entre el precio del petróleo crudo y la gasolina refinada.
Es la intervención gubernamental lo que infla indebidamente
las ganancias de las empresas petroleras, mientras nos golpea
el bolsillo a todos los consumidores. Las regulaciones ambientales
y otras dificultades en obtener permisos han imposibilitado
la construcción de nuevas refinerías. La última
refinería construida en EEUU inició operaciones
en 1976, mientras que sólo en el estado de California,
donde las restricciones ambientales son más duras,
cerraron 10 refinerías entre 1985 y 1995.
Sí,
es cierto que Chávez, la casa real saudita y los terroristas
han logrado que se dispare el precio del petróleo,
pero los políticos, gobernantes y burócratas
de EEUU también han contribuido a la crisis tratando
con guantes al cartel de la OPEP, mientras aparentan favorecer
a la gente con exageradas regulaciones ambientales.