La
mujer de Ricardo Lagos ha sometido a La Moneda a un régimen
de colores: en la presidencia chilena existen un salón
"amarillo", otro "rojo" y otro "azul".
Este último es el que Ricardo Lagos escogió
para una conversación de hora y media, bajo la presidencia
de algo más poderoso que el propio Mandatario: el cuadro
Espejo de Cronos, de Roberto Matta, un portento azul con una
fauna de deformaciones surrealistas que yo miraba de reojo
para adivinar si en la privacidad de sus ratos de enfado,
Lagos asocia tal o cual figura monstruosa con algunos de sus
colegas sudamericanos más agresivos... Me pareció
un hombre que lleva mucho tiempo queriendo decir su verdad
frente a la percepción que de Chile han formado sus
críticos. Tenía ganas de hablar y a ratos daba
la impresión de querer escucharse a sí mismo,
como si pensara en voz alta y su interlocutor fuera una presencia
adicional en el diálogo entre el Lagos político
y su conciencia privada. En relación con Bolivia, entró
de lleno en la historia desconocida -eso que Unamuno llamaba
la "intrahistoria"- del fracaso de sus negociaciones
secretas con Bolivia. Según él, tendrán
que pasar otros 20 años para una nueva negociación.
También
hizo de memorialista para revelar en detalle sus tratos con
George Bush y Tony Blair en los días previos a la ocupación
de Irak. En todos los casos, escuché a un hombre que
daba mucho peso a su propio rol histórico, que, mediante
la referencia a sus tratos con "Tony", con "George",
pretendía situar a Chile y a su propia presidencia
en un escenario geopolítico superior al del peso de
Chile como país.
El memorialista
convivió, en la charla, con el polemista. Defendió
con ardor su propia vertiente del socialismo frente a la de
sus colegas de la izquierda populista que gobierna hoy buena
parte del continente, intentando demostrar que la suya es
la forma material de hacer posible lo que llaman "socialismo".
Un "socialismo" incompatible con la idea del "bien
público" como agencia gubernamental.
Muy sorprendente
fue su valoración de la derecha chilena. Me pareció
captar una serie de guiños sofisticados, de mensajes
subliminales, hacia la derecha chilena en un momento en que
la tensión de cara al decisivo proceso municipal de
octubre, antesala de las elecciones presidenciales, pone a
prueba los equilibrios y repartos de poder propios de la transición
chilena. Aquí es cuando, además del memorialista,
el polemista y el florentino mensajero político, apareció
el estadista: Lagos ve indispensable que sobreviva la Concertación
a una eventual derrota -escenario hipotético en el
que curiosamente aceptó situarse- en las elecciones
presidenciales. No ve con susto un hipotético gobierno
de la derecha.
A las
facetas mencionadas se añade otra: jugador de póker.
No pareció descartar con rotundidad definitiva una
eventual candidatura presidencial al cabo del mandato de su
sucesor o sucesora. Al fin de su gobierno, está tentado
de escribir acerca de la "transición chilena",
con sus luces y sombras, más de las primeras que las
segundas, y de la globalización.
Hay un
Lagos que se va desprendiendo poco a poco de esa actitud defensiva,
algo arisca, que los acontecimientos explosivos -Bolivia,
Perú, Venezuela, el gas argentino- lo habían
obligado a adoptar. Aquí asoma, junto al personaje
que se valora en la historia, un dejo de modestia, quizá
acusando algunos de los golpes recibidos. Lagos no aceptó
que se diga que Chile es el principal interlocutor de los
Estados Unidos en Latinoamérica, porque cree que ese
rol corresponde a Brasil; no rechazó mi observación
de que hay muchas cosas que el gobierno aún no ha abordado,
como la modernización de un Estado que se ha anquilosado
frente a la sociedad; no estuvo en desacuerdo con que hay
mercados, como el de la electricidad, excesivamente intervenidos,
y no fue rotundo al negar que hay excesivos impuestos.
Encontré
a Lagos interesado en que se conozca su afición por
la cultura. Me mostró con énfasis sus cuadros
-incluyendo el de Gabriela Barrios con motivo de la victoria
del No-, sus libros -que me obsequió con dedicatorias-
y no olvidó hacer referencia a las jornadas literarias
a las que invitó a un tal Mario Vargas Llosa.
"Habrá
que esperar quizá otros 20 años para negociar
con Bolivia"
¿Sobreviviría
la Concertación a una eventual victoria de la derecha
en las próximas elecciones presidenciales?
Nacimos como oposición al general Pinochet. Creo que
el sistema institucional que tenemos obliga a dos grandes
bloques. Por lo tanto, yo diría que lo lógico
es suponer que sobreviviría la Concertación,
porque lo que está en cuestión son dos formas
de entender cómo ordenar la sociedad chilena. Dos grandes
visiones.
Para
muchos, en España hacía falta que gobernara
una derecha democrática para que la transición
estuviera completa. ¿Acepta que hay una derecha democrática
en Chile preparada para gobernar?
Creo que la derecha chilena está preparada
para gobernar de acuerdo a las reglas de juego democráticas.
Eso no está en cuestión. La transición
va a terminar cuando tengamos una Constitución en la
que estemos todos de acuerdo. La Constitución es el
conjunto de reglas en la que todos estamos de acuerdo para
dirimir las diferencias. Y aquí en Chile todavía
no lo estamos, ese tema constitucional no está resuelto.
Reconozco que no puedo cambiar, por ejemplo, a los comandantes
en jefe.
¿En
el tema militar no hay consenso?
Hemos avanzado tanto que cuando se produjo una situación
compleja respecto de un comandante en jefe, llegué
a la conclusión de que era más adecuado que
presentara su renuncia. Esto no ocurría antes con mis
antecesores. Creo que eso habla muy bien del avance que tenemos.
Me acuerdo de que cuando estábamos discutiendo el gabinete
en el gobierno del Presidente Patricio Aylwin, me dijo: "No
creo que sería una buena idea tener a un socialista
en Defensa". Yo le dije: "Tiene toda la razón".
Ahora hay en Defensa una mujer, una socialista que, además,
es hija de un general que fue víctima de aquello. Y
no hay problemas. Entonces, allí ha habido un avance,
más allá de lo que diga la letra de la Constitución.
De manera que sí, creo que hay una madurez de la derecha.
Todavía
hay unas reformas pendientes sumamente importantes: la sociedad
todavía es más moderna que el Estado chileno,
que se ha anquilosado. Todavía hay un cierto intervencionismo
en telecomunicaciones, en energía, en electricidad.
¿Por qué?
Hay varias cosas pendientes: el tema de la modernización
del Estado hemos intentado mejorarlo. El año pasado,
cuando hubo situaciones que a nadie le gustaron en Chile,
de corrupción, de poca transparencia, fue evidente.
Todavía
figura Chile en la lista de Transparencia Internacional como
el país más limpio de América Latina.
Pero cuando saltan escandalillos de corrupción, afuera
decimos: por fin hay uno en Chile. Fuera de broma, eso indica
lo indispensable de la reforma estatal.
Lo importante es que cuando se produjo eso, se vio que hay
un sentido común entre los chilenos. El jefe de la
oposición y yo convinimos en que eso era malo para
Chile y qué cosas debíamos hacer. Por ejemplo,
establecimos el servicio público de los cargos que
tiene el Presidente para nombrar, acordamos cuál es
la evaluación de los cargos que se nombran por concurso.
Habrá un servicio civil. Y ese servicio civil tiene
un consejo que se nombra de común acuerdo: propone
el Presidente, aprueba el Senado, de manera que haya representantes
de la oposición en ese consejo de funcionarios. Es
decir, un poco en la línea neozelandesa. ¿Cómo
somos capaces de aprovechar una crisis y dar un salto en ese
sentido? Hay que avanzar en el tema del financiamiento de
las campañas políticas, la necesidad de llevar
contabilidad.
¿Usted
va a mantener neutralidad en la campaña municipal (octubre)
y luego la presidencial (2005)?
Por supuesto. Es el caso de los regímenes presidenciales,
en que tú eres jefe de Estado y al mismo tiempo, en
cuanto jefe de gobierno, quieres que tu coalición continúe.
Pero como jefe de Estado uno tiene que ser neutral en una
campaña. Chile tiene una cierta tradición de
eso, y no hay ninguna razón para no mantenerla.
¿Qué
verá Chile primero: una presidenta mujer o un presidente
de derecha?
Es muy difícil hacer predicciones. La elección
anterior fue estrecha, y no hay razón para que ahora
no lo sea. La elección presidencial del 2005 seguramente
va a ser más estrecha que la de 1999.
¿Será Ricardo Lagos candidato presidencial otra
vez?
Gracias... Te has encontrado con amigos míos, al parecer.
Mi futuro va por este lado: estoy ampliando la biblioteca
en mi casa en Caleu… y eso me tiene entretenido.
Hablemos
de sus líos con Bolivia, Argentina, Perú. La
percepción es que Bolivia, hábilmente utiliza
el tema de su aspiración histórica de tener
una salida soberana al Pacífico por razones políticas
internas. ¿Qué respuesta puede dar Chile a este
reclamo que alborota toda la región?
Primero, hay que comprender que los tratados pueden modificarse
con otros tratados. Lo que no se puede es poner en tela de
juicio los tratados que existen. Si no, figúrese usted
lo que sería Europa, si empezara a revisar sus tratados
del siglo XIX, o de toda América Latina en general.
Es muy difícil que en el Chile actual alguien diga
dividámoslo en dos: Chile norte y Chile sur, y que
haya un corredor boliviano en el medio. Si queremos alguna
solución, la solución está al norte de
Chile.
O
sea un corredor boliviano paralelo a la Línea de la
Concordia con Perú.
La experiencia me dice que cada 20 años hay un intento
importante. En 1904 se firmó el tratado con Bolivia,
ratificado por el Congreso. En virtud de ese tratado Chile
se compromete a construir un ferrocarril. El año 29
se firma el tratado con Perú. Veinte años después
el gobierno de González Videla va a Washington y le
propone a Truman hacer un corredor al norte de Arica. Fracasó.
Veinte y cinco años después, en Charaña,
Pinochet y Bánzer hablan de un corredor.
Usted
ha dicho que Perú bloqueó ese acuerdo...
Fue difícil aceptar aquello. Perú se refirió
al visto bueno que por el tratado le corresponde dar a un
eventual acuerdo Chile-Bolivia y eso no fructificó.
Usted
tuvo en estos últimos años negociaciones secretas
con Bolivia. ¿Las puede contar aquí?
Siendo presidente electo, fui a Uruguay a la transmisión
del mando del Presidente Batlle en el año 2000. Antes
de la cena, me acerqué al Presidente Hugo Bánzer
y le dije: quiero que conversemos este tema. Y él me
dijo: "Tengo dos problemas: la coca y cómo erradicarla,
y el gas, porque Bolivia tiene mucho gas". Luego me dijo:
"Yo sé que ese gas va a tener que salir por Chile
y pienso que lo mejor es que discutamos una agenda de futuro".
Osea,
vincular el gas a la salida al mar...
En una segunda ocasión, el Presidente me dijo: "Si
exportamos gas por Chile o Perú da lo mismo, Bolivia
va exportar US$ 400 millones de gas, ese gas va a llegar al
puerto, en el puerto hay que licuificarlo para ponerlo arriba
de un barco, pero el país que lo haga, digamos Chile,
va a exportarUS$ 1.500 millones. ¿Cómo le explico
yo a Bolivia -me dijo Bánzer- que exportamos 400 millones,
el gas llega a Chile, y luego Chile lo exporta por 1.500?".
¿Aceptó
el razonamiento?
Le dije: "Es muy fácil: le doy una concesión,
usted me dice la extensión que quiere, gratis, por
el período que haya que hacer la exportación,
no cobramos nada, ningún impuesto".
Pero
¿qué ganaba Chile?
Le dije, claro, que la bandera debía ser chilena. Si
alguien viola las leyes de tránsito, por así
decirlo, la policía chilena le va a pasar una multa.
Avanzamos mucho en la legislación.
¿Tan
lejos llegaron? ¿Todo esto fue secreto?
Sí. Hubo dos personeros por el lado nuestro y dos por
el lado boliviano. Lo que Chile ganaba era restablecer un
diálogo con Bolivia, que ellos vieran que no somos
obstáculo para el desarrollo, que aceptamos decidan
sobre sus riquezas. Y como yo siempre le dije al sucesor de
Bánzer, el Presidente Quiroga: "Este es su gas,
usted lo saca por donde quiera... Lo único que quiero
es ser fiel al espíritu de los acuerdos que nuestros
antepasados suscribieron".
En
ese acuerdo, al no haber un tema de soberanía implícito,
Perú no intervenía...
No, nada. Además, en ese acuerdo después me
dicen que las empresas norteamericanas hicieron los estudios
y decidieron que la salida del gas tenía que ser por
el sur de Iquique, en Chile.
¿Continuó
con Sánchez de Lozada, que finalmente cayó por
el tema del gas?
Cuando se enfermó el Presidente Bánzer, lo sucedió
Jorge Quiroga, quien era su vicepresidente y el encargado
del tema del gas. El estaba muy al tanto y supuso que podría
resolver el tema, pero vino la campaña electoral y
todos sabemos el desarrollo posterior. Creo que Sánchez
de Lozada llegó muy debilitado para poder continuar.
Tal vez hubo un error nuestro al no informar el grado de avance
de las conversaciones previas. Queríamos plantear esto
en público una vez que estuviera concluido. Muchos
se sorprendieron en Chile, cuando murió Bánzer,
que yo fuera el único mandatario en los funerales.
Fui en visita privada. Saludé a la viuda, estuve en
los responsos de la iglesia, y volví.
¿Usted
se opone a que Bolivia saque el gas por Perú?
Siempre les dije: si quieren sacarlo por Perú, háganlo.
El
consorcio internacional decía que le costaba más
caro.
Había un problema geográfico, pero también
de riesgo-país.
¿Ha muerto toda negociación? Usted tuvo un intercambio
tremendo con el Presidente Carlos Mesa en Monterrey.
Bueno, el día antes le dije: "Yo sé que
usted tiene una presión. No lo haga...".
O
sea, no ataque a Chile en público...
"...Porque esto va a hacer retroceder el acuerdo. La
próxima negociación, ni usted ni yo vamos a
estar: va a ser en 20 años más". Entonces
el Presidente Mesa tuvo un tremendo éxito en Bolivia,
con su intervención pública, y yo la tuve en
Chile (risas). Si usted se forra en la bandera de su país,
va a subir en las encuestas. Yo estaba en 54, 55 y llegué
a 62, 63.
¿Perú
es factor clave para un acuerdo?
Si se piensa en un corredor con soberanía, inevitablemente
eso pasa por Perú, porque es muy difícil pensar
que pueda haber un corredor con soberanía que divida
a Chile en dos. Habrá quizá que esperar otros
20 años para nuevas negociaciones....
También tiene líos con Argentina, porque Néstor
Kirchner le ha cortado el suministro de gas natural. Da la
impresión que Chile cometió una ingenuidad al
poner en manos de Argentina un peso demasiado importante en
relación al suministro de energía.
Chile tiene una matriz energética basada fundamentalmente
en la hidroelectricidad, y deseamos diversificar esa matriz.
Cuando se plantea la posibilidad del gas argentino, decimos:
bienvenido sea. La dependencia exclusiva de fuentes hidroeléctricas
cuando hay sequía genera problemas. Y el gas es lo
más barato después del agua. Chile ha tenido
un gran ahorro en todos estos años gracias al gas argentino.
Cuando se construye el gasoducto, Argentina en ese momento
tiene gas y reservas para 20 años. Ahora sólo
para 12 años. Y tenemos contratos hasta el año
2018. En consecuencia, creo que Chile hizo bien en aprovechar
un recurso energético.
La
crisis obliga a elevar precios, políticamente es riesgoso...
Claro, cuando nos reconvertimos, elevamos precios. Es cierto
también que sí tenemos una dependencia del gas-gas,
desde el punto de vista del consumo domiciliario, y nuestra
gente creyó que le cortaban el gas de la casa, y no
tendrían cómo ducharse ni calentar la olla.
Ahora, producida esta crisis, ¿qué tenemos nosotros
que leer? Dos cosas: primero, si no hay nuevas exploraciones
en materia gasífera, probablemente Argentina en el
mediano plazo va a ser también un importador de gas.
Y, por lo tanto, vamos a tener que aprender a compartir la
escasez argentina. Y esa es la razón por la cual en
materia energética, respecto del gas, hay la necesidad
de tener un terminal que va a ser más caro, pero que
nos permitirá traer gas de fuera. El gas va a terminar
siendo un commodity como el petróleo. El 70% del gas
que consume Japón es gas licueficado. Eso no quiere
decir que no tengamos que seguir desarrollando la hidroelectricidad.
Nuestros recursos hidroeléctricos en el sur-sur, en
el sector de Aysén, son equivalentes a una cuenca más
grande que Bélgica en materia hidroeléctrica.
Lo importante es que ahora estamos saliendo, pero sí
reconozco que tiene un costo en muchos sentidos.
Usted
se opuso a la ocupación de Irak, a pesar de que Bush
pidió su voto en la ONU y estaba de por medio la negociación
del Tratado de Libre Comercio EE.UU.-Chile. Fue una apuesta
peligrosa...
Nosotros tenemos con ellos un nivel de intercambio económico
importante. No es el más importante: nuestro principal
socio comercial es Europa. En segundo lugar Asia, y en tercer
lugar Estados Unidos. Y hemos suscrito un acuerdo de libre
comercio con ellos. Pero tenemos también otras cosas
que son más trascendentes: una visión común
sobre democracia, respeto de derechos humanos. Ahora, una
cosa es el comercio y otra cosa es la política. Y hubo
un momento difícil cuando EEUU entendió que
tenía que hacer una acción militar en Irak y
a nosotros nos pareció que esa acción militar
sólo era posible dentro del marco de Naciones Unidas.
¿Por qué? Porque nos parece que en este mundo
los países pequeños necesitamos un mundo global
con instituciones multilaterales. Y la institución
multilateral por excelencia es Naciones Unidas.
Usted
tuvo tratos intensos con Tony Blair. ¿Hubo alguna posibilidad
de llegar a un acuerdo en sus tratos privados?
Trabajamos insistentemente. Con Blair estuvimos a punto de
llegar a un consenso sobre una solución en el Consejo
de Seguridad. Me acuerdo que me dijo: me voy a Chile a cerrar
el trato. Le dije: "Tony, el camino más cerca
entre Londres y Santiago, tú no lo sabes, es vía
Moscú". Me parecía muy importante tener
a Putin adentro. No era una negociación fácil.
También con Chirac o con Schroeder. Yo le indicaba
al Presidente Chirac que eran indispensables los benchmarks
(exigencias concretas sobre las armas de destrucción
masiva) , pero con plazos, porque sin plazos no significaba
nada.
¿Para
prolongar las inspecciones en Irak?
Hablamos mucho con Hans Blix, el inspector jefe de Naciones
Unidas, sobre cuál sería el tipo de benchmark
que él pondría para que Hussein lo tuviese que
cumplir. Cuando el Presidente Bush me llama y le digo: "Presidente,
tenemos que hacer esto", él me dice: "No
queda espacio, Ricardo, el próximo lunes termina el
tiempo". "Bueno", le dije yo: "Chile no
está disponible para el próximo lunes porque
yo creo que hay espacio".
No sería fácil resistir esa presión.
Esto me lo criticó mucha gente en Chile, porque se
dijo que estábamos poniendo el acuerdo de libre comercio
en riesgo. Y yo siempre dije: eso es no comprender a Estados
Unidos. Una cosa es la política y otra cosa es el comercio.
Creo que un acuerdo de libre comercio tiene que ver con los
intereses y la forma como EEUU y Chile nos insertamos en el
mundo global.
¿Hizo
bien Rodríguez Zapatero en retirar las tropas de Irak?
Con Rodríguez Zapatero somos amigos. El entendía
que tenía que hacerlo de inmediato. Si no, no lo iba
a hacer. Pero también yo entendía que él
tenía que dar una señal multilateral, y esa
fue la razón por la cual lo primero que hice cuando
llegué a España fue decirle dos cosas: Uno,
te invito a Haití. Dos, te invito a que trabajemos
juntos una nueva resolución sobre Irak. Porque me parecía
que íbamos en curso de colisión, porque Estados
Unidos estaba por aquí, Francia por allá…
e indudablemente que la política, al menos la europea,
cambia cuando se produce el cambio de gobierno en España.
Con José Luis funcionamos muy bien, y de hecho, al
final, la resolución la trabajamos mucho Chile, Brasil
y España.
Y
lo de Haití, con tropas chilenas y de otros países,
¿no es ocupación?
Nosotros no tenemos intereses en Haití, no tenemos
inversiones, no tenemos nada. ¿Por qué me involucré?
Porque cuando el Consejo de Seguridad dijo que en Haití
había que poner orden, en 48 horas despachamos 300
soldados a Puerto Príncipe. Estoy muy contento, porque
Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay entran también
con nosotros: por primera vez ahora tenemos una fuerza de
Naciones Unidas de América Latina tratando de hacer
lo que tenemos que hacer. Yo dije una vez: es que estas cosas,
si no las hacemos nosotros, las hacen otros. Y cuando las
hacen otros, reclamamos contra la intervención extranjera.
Usted
quiere convertir a Chile en el interlocutor principal de EEUU
en Iberoamérica.
No, creo que el gran interlocutor en Sudamérica es
Brasil, por el tamaño, por la fuerza que tiene. Nosotros,
lo que podemos hacer es explicar a nuestros colegas lo que
ha sido nuestra experiencia en relación con EEUU y
hacer entender que tener un acuerdo de libre comercio con
EEUU no es la panacea. Hay tareas pendientes que se van a
resolver a nivel regional o a nivel mundial en la Organización
Mundial del Comercio. Cuando usted negocia con EEUU, ellos
no cambian la legislación antidumping proteccionista,
que afecta a América Latina, pero para discutir la
legislación antidumping tenemos buenos socios: tenemos
a los socios europeos, a Japón. En Brasil, con su inmenso
mercado, las exportaciones e importaciones representan 22%
del producto. En Chile, las exportaciones e importaciones
son 65% del producto. Entonces, claro, nuestra relación
con el mundo externo para nosotros es muy importante.
Usted
es un socialista a la europea, emparentado con el laborismo
de Blair, inclusive el de Rodríguez Zapatero. Pero
la izquierda de Venezuela, Argentina, Bolivia, va de vuelta
al peor pasado, Brasil da señales contradictorias...
¿Por qué no evoluciona esa izquierda?
En la década de los '90 había que hacer un conjunto
de reformas económicas. Chile profundizó sus
reformas de modernización económica en esos
años y empezó a ser mostrado como el primer
alumno de la clase en materia de política fiscal, monetaria,
autonomía del Banco Central, regulación de ciertos
mercados. O sea, el decálogo del "consenso de
Washington" (como se conoce al conjunto de medidas privatizadoras
y liberalizadoras) lo estábamos cumpliendo bien. Lo
importante del gobierno de la Concertación en Chile
es que, a diferencia de otros países de la región,
adoptamos unas políticas públicas para asegurarnos
de que ese crecimiento que estábamos teniendo llegara
a los más pobres.
En
el resto del continente las reformas no eliminaron pobreza,
mientras que en Chile hubo una disminución. ¿Por
eso atacan el socialismo "liberal" de Chile?
Mi impresión es que en otros países latinoamericanos
nos quedamos en el "consenso de Washington" que
produce resultados de largo plazo, pero sin operar en el corto
plazo en las necesidades urgentes de los más pobres.
Su
mensaje a los nuevos populistas sería: no pueden gastar
desequilibrando presupuestos y sin una base previa de producción
en el mercado. Suena a derecha...
Tengo que tener responsabilidad fiscal, credibilidad monetaria,
y eso no es de izquierda ni de derecha, mi amigo. Ahora, el
tener sólo el presupuesto equilibrado no me garantiza
en el corto plazo la necesidad de producir un efecto. Hay
cosas como el agua potable en zonas campesinas, que sólo
las puede hacer el Estado: el mercado no va a poner agua porque
ese campesino no tiene los dólares para pagar lo que
cuesta el agua potable en el campo.
Pero
aun aceptando ese razonamiento no hay manera de que usted
tenga ese dinero si no hay una economía libre y sana.
Estoy de acuerdo. El punto de partida es ese.
Alvaro
Vargas Llosa
periodista y escritor, actualmente esta radicado entre EE.UU.
y España, además de sus columnas habituales
para el diario Tercera, el periodista está escribiendo
un libro sobre la historia reciente de América Latina,
encomendado por el sello editorial La Tercera-Mondadori y
que será lanzado simultáneamente en varios países
en los próximos meses. Vargas
Llosa realizó esta entrevista con el Presidente Ricardo
Lagos en el marco de sus investigaciones para el libro que
lanzará por La Tercera-Mondadori en los próximos
meses . Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.