Una
carta a Dudamel
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Sent: Friday, June 01, 2007 6:17 PM
Subject: Una carta a Dudamel.
Señor Dudamel,
Es lamentable tener que dirigirle estas líneas a través
de una carta abierta que no sé si llegará a leer. Usted
no me conoce y yo no lo he tratado personalmente. Formo parte de esa
legión de anónimos amantes de la música que muchas
veces le han aplaudido en sus conciertos. Le confieso que nunca he
sido un admirador incondicional. Tal vez formo parte de ese grupo de
melómanos excesivamente quisquillosos que a veces tienen una
idea particular de cómo debe interpretarse una determinada sinfonía,
concierto su ópera, idea que no siempre coincide con la visión
del director. Fenómeno inevitable y hasta afortunado, pues hay
muchas formas de hacer y de concebir la música y el arte, y
eso lo podemos ver incluso como una valiosa manifestación de
libertad. Pero siempre, aún en esos días en los que estoy
en franco desacuerdo con su forma de interpretar una obra, he considerado
que usted es un talento musical de primer orden.
Por
eso no puedo dejar de manifestarle que sentí una profunda
decepción cuando supe que dirigiría nuestro Himno Nacional
en las celebraciones de la apertura del canal de televisión
TVES, las cuales, cómo negarlo, también sirven para festejar
la salida del aire de RCTV, acontecimiento que muchos en este país
consideramos un triste momento en la historia de nuestras libertades
ciudadanas. Para hacerle el cuento corto, muchos venezolanos – incluyendo
a quien esto escribe, por no hablar de numerosos organismos internacionales-,
consideramos que estamos ante una situación que lesiona gravemente
la libertad de expresión.
En
consecuencia, usted ha sido partícipe de estas celebraciones,
aunque sea a través de lo que presupongo fue un video que consintió en
grabar. Lo cual me hace pensar una vez más en un tema que siempre
me ha resultado incómodo, porque no tengo una respuesta absoluta
sobre el mismo. Que no es otro que preguntarnos sobre la responsabilidad
del artista por su colaboración con gobiernos y regímenes
de conducta dudosa, y las incidencias que esa
colaboración puede revestir en su quehacer artístico.
Hay quienes sostienen
que a los genios del arte no se les exige responsabilidad. Si nos
circunscribimos solamente al mundo de la música, que
es al que usted pertenece, hay muchos casos de artistas de gran talento
con reputaciones morales y políticas no precisamente intachables.
Para hablar sólo del convulsionado siglo XX, me vienen a la
mente figuras legendarias como las de Richard Strauss, Karl Bohm, Herbert
von Karajan, la recientemente fallecida Elisabeth Schwarzkopf e incluso
mi admiradísimo Wilhelm Furtwangler -para muchos el intérprete
beethoveniano por antonomasia- quienes de una u otra manera han sido
criticados por sus posturas, que oscilaron entre ser abiertamente colaboracionistas
a no ser lo suficientemente enérgicas frente al régimen
de la Alemania nacional-socialista.
El
caso de Furtwangler es emblemático, porque logró salir
relativamente ileso de un proceso de 'desnazificación' en el
que alegó que había permanecido haciendo música
en Alemania en aras de un ideal. Según él, aún
en las horas más negras de la historia germana, las obras de
los grandes maestros eran una luz para el pueblo alemán. Explicación
que no ha convencido a todos –Thomas Mann fue un gran crítico
de esta posición- y que >todavía arroja algo de sombra
sobre la estatura de un intérprete por demás genial.
En todo caso, sí parece claro que Furtwangler ayudó a
músicos judíos en momentos difíciles y eso lo
ayudó a lavar su nombre, aunque de tiempo en tiempo reaparecen
las críticas y las acusaciones de que dirigió la Novena
de Beethoven en un cumpleaños de Hitler.
Por
supuesto, huelga decir que creo que usted todavía está lejos
de estos grandes nombres del arte musical, pero supongo que me va entendiendo
a dónde quiero llegar con todo esto. ¿Se limita el arte
de la dirección orquestal, de la interpretación musical,
a mover la batuta para hacer sonar bella o enérgicamente las
notas que están en una partitura, ya sea la Cuarta de Brahms,
la Quinta de Beethoven, la Patética de Tchaikovsky o la Quinta
de Mahler?. ¿O debe haber detrás de todo esto una sustancia,
un compromiso ético con la libertad y los valores más
elevados del ser humano?.
Le
confieso que no tengo una respuesta precisa a estas preguntas, pero posiblemente
me decanto por contestar afirmativamente a la segunda
interrogante, para entender que la música no es una mera experiencia
estética, sino un arte cargado de valores, que debe tener una
trascendencia en la sociedad. Y lo que sí le puedo decir con
seguridad es que de ahora en
adelante me va a costar más que antes aceptarle sus interpretaciones
beethovenianas, porque ¿cómo puedo creer yo en su capacidad
de plasmar la
visión sobre la libertad del genio de Bonn si usted ha consentido
en ser
parte de un evento que para quien esto escribe es una negación
de esa
libertad?.
Realmente desconozco los detalles de su participación en este
video que
fue transmitido como telón de apertura de este nuevo –y
muy discutido- canal
de televisión. De alguna manera preferiría que usted
me respondiera: es que yo
soy un convencido de la revolución bolivariana del Presidente
Hugo Rafael
Chávez Frías. Si no es así, se abre un enorme
abanico de posibilidades, entre las cuales puede estar el miedo a perder
el financiamiento gubernamental destinado a sostener el sistema de
orquestas infantiles y juveniles, que tanto trabajo ha costado levantar. ¿Qué se
yo?. El miedo es libre. A lo largo de la historia, muchos artistas
han tenido que bajar la cabeza por temor. Shostakovich tuvo que poner
su talento a la orden del régimen soviético, y sufrió mucho
por ello.
Pero al mismo tiempo, siempre recuerdo a figuras como la del mítico
Arturo Toscanini, la del director vienés Erich Kleiber o el
violonchelista Pau
Casals, quienes fueron y son un ejemplo de dignidad, al haberse negado
sistemáticamente a tocar para regímenes de corte totalitario.
Porque así
como hay gente que quizás comprensiblemente cede ante el temor
o ante la
presión, han existido, existen y existirán siempre los
que saben decir
'¡no!', aún con todas las consecuencias que eso pueda
tener.
Le insisto: desconozco cuáles fueron los detalles de su participación
en
este acto, pero su imagen en ese video, empuñando la batuta
para dirigir
nuestro Himno Nacional con un ímpetu que podríamos llamar
casi excesivo,
definitivamente está muy lejos de la enorme dignidad exhibida
por los
trabajadores de RCTV, cuando segundos antes de que la señal
del canal
fuera sacada del aire, gritaron orgullosos: '¡Seguimos de pie!'.
Como venezolano y como amante de la música, me resulta penoso
tener que
escribir esto. Ojalá que llegue un tiempo en el que podamos
reconciliarnos
como pueblo. Ojalá que algún día todos los venezolanos
podamos verle
dirigir el Himno Nacional y sentir, sin ambages, que el Himno nos pertenece
a todos, como debe ser. Ojalá que algún día pueda
volverle a oír la
Sinfonía Eroica de Beethoven y logre creerle su interpretación.
Mientras
tanto, seguiré esperando y luchando en la medida de mis posibilidades
para que vengan tiempos mejores.
Atentamente,
Antonio Planchart Mendoza
C.I. 12.959.205