Vuelve Chávez a la carga. Cuando algunos de los individuos,
comentócratas y teóricos neófitos de
las relaciones internacionales habían pensado que muerto
el perro se acababa la rabia y por tanto que con la salida
de Fox terminarían los conflictos con Chávez,
con Castro, con Morales y adláteres, ahora resulta
que al presidente de Venezuela tampoco le cae bien Felipe
Calderón. O por lo menos eso sugieren sus insistentes
declaraciones de no reconocimiento de Calderón como
Presidente, de críticas al proceso electoral mexicano
del 2 de julio, y sus insinuaciones sobre la verdadera victoria
del "Presidente legítimo".
Por ello
quizás valga la pena repasar la historia reciente y
aventurarnos al futuro inmediato para ver qué suerte
nos prepara el destino en lo que a Hugo Chávez se refiere.
Vale la pena recordarlo: en abril del 2002 en la Reunión
Cumbre del llamado Grupo de Río, quienes lideramos
la censura al golpe fallido de Caracas y la defensa de las
instituciones venezolanas fuimos Chile y México, contra
la voluntad claramente expresa por lo menos de El Salvador
y Colombia y las maniobras lejanas pero no por ello menos
eficaces de Washington y de Madrid. Quizás fue un error;
tal vez lo mejor hubiera sido no denunciar el golpe de Estado
y reconocer al gobierno, ése sí espurio, de
Pedro Carmona. Pero bueno, la ingenuidad y la buena fe se
pagan, salvo en la mentalidad de Chávez que sólo
agradece gestos isleños, persas y andinos.
El hecho
es que se mantuvieron las relaciones cordiales con él
hasta el 2005, cuando ya la insolencia del jefe de Estado
de Venezuela (porque sólo es eso, piénsese lo
que se piense) en la Cumbre de las Américas en Mar
del Plata colmó la paciencia de Vicente Fox y de otros,
llegándose a la serie de ofensas, puntadas, y jaladas
para no utilizar una palabra impropia para los lectores de
Reforma, pero común para algunos políticos,
que llevaron al retiro mutuo de ambos embajadores y al congelamiento
de las relaciones que vivimos desde entonces. En aquel momento
muchos en México nos permitimos recomendar en público
y privado que el gobierno debía romper relaciones diplomáticas
con Venezuela, ya que se trataría del mal menor.
El mayor:
tener a Chávez y a sus personeros y agentes en México
dando guerra durante la campaña electoral, como sucedió,
y sólo posponiendo el desenlace, puesto que nadie podía
creer seriamente que las cosas con el tiempo y un ganchito,
se arreglarían solas. Ganó la supuesta prudencia,
la fácil paciencia y de nuevo, la ingenuidad. Hoy cosechamos
los frutos de esa decisión, ya que de nuevo o bien
Fox y Derbez ceden ante los insultos de Chávez a las
instituciones mexicanas, al Presidente electo, y al propio
Fox -como lo demuestra la travesura chavista en Nueva York
al cancelar Evo Morales, por presión de Chávez
y con dos horas de anticipación, una reunión
programada desde hace tiempo-; o bien ahora sí se amarran
los pantalones y proceden a una ruptura anunciada y erróneamente
postergada. Pero, dirá la comentocracia y la quinta
columna Castro-Chavista en México: ¿para qué
pelearnos ahora si ya con Calderón todo se va a arreglar?
¿Si el problema era Fox y Calderón va a evitar
los deslices, las provocaciones, los desplantes de su predecesor,
qué sentido tiene seguirle?
En primer
lugar tiene sentido porque el problema no es y nunca ha sido
Fox, el problema es Chávez y lo va a ser durante muchos
años. Él, La Habana y muchos más tienen
una cierta idea de América Latina, como hubiera dicho
el general De Gaulle. Creen en los pueblos, la soberanía,
la democracia participativa y la defensa de los recursos naturales.
Es su derecho. También lo es, en un mundo globalizado
y en países abiertos y democráticos como el
nuestro, que traten, dentro de ciertos límites, de
apoyar a grupos o personas que piensan como ellos. Pero también
los otros justamente tienen derecho a defenderse, eso es lo
que Fox ha hecho y lo que Calderón va a tener que hacer
también.
Pero la
segunda razón por la cual conviene romper ahora es
para evitar el seguro sainete del 1o. de diciembre. Como es
bien sabido desde hace un par de decenios todos los presidentes
latinoamericanos suelen asistir a las tomas de posesión
de todos sus colegas: una pérdida de tiempo enorme
y un ritual que no se justifica ya en sucesiones o transmisiones
de poder democráticas y normales. Pero el hecho es
que así es. ¿Qué va a hacer Calderón?
No invitar a Chávez sin poder decir por qué,
ya que al decirlo provocaría ahí sí la
ruptura pero de allá para acá, o invitarlo,
esperando que no venga, para no ofender al "Presidente
legítimo", o si viene, permitir el recorrido de
Chávez por toda la República, por toda la ciudad
y por las siete casas de izquierda del país, como lo
quiso hacer Fidel Castro en la toma de posesión de
Vicente Fox en el 2000, como lo ha hecho Chávez en
cada cumbre a la que asiste, y como lo hace ahora Evo Morales.
¿De veras quiere Calderón verse obligado él
a resolver este tema, como si no tuviera cosas más
importantes en qué ocuparse? O no prefiere que Fox,
aquí sí, le despeje el camino y se eche el pleito
él desde ahora y dejándole el camino libre a
su sucesor, pero eso sí, con una condición:
aguantar las críticas, sin culpar a nadie. Es la hora
del fin de las ilusiones, y de entender que con el Peje, con
Fidel, con Chávez y otros no hay más lenguaje
ni recurso que la firmeza y la claridad. A la larga es más
redituable. Pero en el lenguaje de Chávez hay que aguantarse
como los machos.
Jorge
G. Castañeda es
un intelectual y político mexicano que ocupó
el cargo de Secretario de Relaciones Exteriores de 2000 a
2003. Sus puntos de vista no son necesariamente las de Petroleumworld
en Español.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por
La Reforma - Mexico, el 20 de Septiembre de 2006. Petroleumworld
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Venezuela 27 07 06
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