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Juan C. Sosa A. y Edgardo Ricciuti:
Corea del Norte: El camino del Infierno

 

 

Mientras se designaba al surcoreano Ban Ki-moon como nuevo Secretario General de la ONU, el norcoreano Kim Il Sung ponía en jaque a la comunidad internacional. En estos momentos, la detonación “experimental” de una bomba nuclear no es coincidencia.

Por su nacionalidad y experiencia diplomática, nadie mejor que Ban Ki-moon para encabezar la cruzada que evite la proliferación de armas de destrucción masiva por parte de Pyongyang. Antes de aplicar alguna sanción en contra de Corea del Norte, es esencial un colosal despliegue diplomático para justificar tal acción. Las ironías del destino hicieron que Ban Ki-moon tuviera que resolver su primer gran conflicto en casa: “Entre coreanos te veas”.

Desde que en febrero del 2003 la “República comunista hereditaria” de Corea del Norte reactivó la central nuclear de Yongbyong, expulsando a los inspectores de la ONU y justificando tal acción con la típica excusa de los “fines pacíficos”, todos los gobiernos tenían muy claras las intenciones de Kim Il Sung. Además, a raíz de la inversión de curso que diera George W. Bush a las relaciones con Pyongyang, los vínculos entre Corea del Norte y Occidente fueron paulatinamente deteriorándose. Lejanos quedaron los días en que Bill Clinton empujaba su proyecto de política bilateral colaboracionista.

La estrategia de Clinton consistía en aplicarle a Corea del Norte la misma receta política que EEUU usó exitosamente con China: Consolidar vínculos diplomáticos y comerciales, activando un profundo y paciente proceso de apertura económica, que posteriormente produjese la apertura política. En cambio, la nueva receta que Bush entrega a la política norteamericana cocina un platillo diferente: La exasperación autárquica y defensiva de Pyongyang, acelerando su carrera armamentista. Un fuerte golpe para la estabilidad de Japón y todo el Sudeste asiático.

Lo anterior se ejemplifica con lo ocurrido horas después del test atómico de Pyongyang. Corea del Norte manifiesta su deseo de entablar negociaciones directas con los EEUU. Como respuesta, Washington se opone categóricamente.

Bush no parece percatarse que lo que está empleando Kim Il Sung con sus acciones retadoras es un tipo específico de lenguaje diplomático. Es un lenguaje que requiere para su entendimiento de los mecanismos que ofrece la negociación no el empleo de la fuerza.

Para renunciar a su voluntad de seguir desarrollando armamento nuclear, Kim Il Sung probablemente desea ser seducido con alguna oferta estadounidense.

Kim Il Sung podría tener en mente el logro concreto de objetivos económicos y comerciales. Por ejemplo, que EEUU le revoque las sanciones comerciales que le producen tantas limitaciones.

Sin un canal fluido de comunicación entre ambos países, la resolución de esta crisis en extremo peligrosa no será posible.

Bajo la óptica de su gobernante, hay que entender que el rearme de Pyongyang probablemente sea la más efectiva y rápida forma de ejercer presión internacional que le permita salir del aislamiento que le asfixia.

Las últimas declaraciones de Kim Il Sung, según las cuales nuevas sanciones serán interpretadas como un acto de guerra, evidencian que la herida sangra por la autarquía que Corea del Norte ha padecido por décadas.

Algo está claro. En el Departamento de Estado de la era Bush, los manuales de política parecen recetar “la Fuerza” como ingrediente exclusivo en el abordaje de los conflictos internacionales.

Lejos de ser descartada, especialmente por los seguidores de la real politike, una alternativa a la Fuerza en la conducción de los asuntos políticos es absolutamente imprescindible.

Una correcta interpretación del lenguaje internacional permite comprender que en las relaciones entre los Estados, “la Astucia” resulta ser la alternativa política más indicada, no “la Fuerza”.

En casos como los de Corea del Norte e Irak, los asesores del Departamento de Estado deberían leer a Machiavelli. Una simple ojeada al gran pensador italiano podría ser inmensamente valiosa para evitar errores imperdonables. Al menos, sería más útil que las decenas de manuales de Economía y Finanzas Internacionales a los que estos burócratas están acostumbrados.

En política, “la Astucia” como concepto estratégico no debería descartarse como opción para el logro de un objetivo tan vital como el de anular el peligro atómico de Corea del Norte. Además, “seduciendo” al dictador, incitándolo a abandonar los programas nucleares, se evitaría la proliferación atómica de sus países vecinos.

Según la teoría del Balance del Poder, los países limítrofes de la nación que logra un evidente y profundo adelanto tecnológico-militar, deberían esforzarse por recuperar el terreno perdido y así reposicionarse sobre los valores de equilibrio de fuerzas que antecedieron al cambio de circunstancias. Si aplicamos esta teoría al caso que nos ocupa, obtendremos algo sumamente peligroso: Una nueva y acelerada carrera nuclear por parte de países como Corea del Sur y Japón. Pese a este peligro, realmente tenebroso, las tendencias políticas actuales apuntan hacia la intransigencia.

Washington ya anunció su negativa a establecer negociaciones bilaterales con Corea del Norte y ha catalogado de provocación el reciente experimento nuclear coreano. Similar reacción se generó en toda la comunidad internacional, con la excepción de China.

Aunque China admitió la posibilidad de sanciones económicas contra el régimen de Kim Il Sung, descartó categóricamente acciones bélicas en su contra.

Es probable que Rusia siga el ejemplo de Pekín. El gobierno de Putin se ha ganado la reputación de ser un país que aplica métodos violentos, especialmente tras el asesinato de la periodista Ana Politkovskaya, hecho que ha provocado fuertes sospechas en su contra. Rusia necesita lavar un poco esta reputación.

China y Rusia tienen músculo económico suficiente para convencer a Kim Il Sung y lograr que deponga el desarrollo de armas nucleares. Si esto no se logra, el conflicto atómico sería inevitable, pues Japón y Corea del Sur, aliados de EEUU, no podrían vivir con semejante “Espada de Damocles” guindando sobre sus cabezas.

Pensando en EEUU y sus aliados occidentales, nos viene a la mente un dicho muy sabio: “El camino del infierno está lleno de buenas intenciones”.

¿O es qué las intenciones no son buenas?

Al final, la verdad es que termina siendo lo mismo: No importa, el resultado es igual.

Juan Carlos Sosa Azpúrua es abogado y editor de la Revista Petróleo YV (www.petroleoyv.com), Edgardo Ricciuti es politólogo y director de asuntos internacionales de Petróleo YV. Sus puntos de vista no necesariamente son los de Petroleumworld.

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