El análisis de los números
y las tendencias permite esperar un triunfo de Rosales
con más de 40% de los votos y un a diferencia
de 5% sobre Chávez. Pero el problema sigue siendo
cobrar, aspecto en el cual Rosales debe -está
obligado-, a instruir a su electorado sobre cómo
va a defender los votos.
No se puede ignorar que Mendoza y Quiróz
Corradi, viejos zorros, fueron engatusados por los malandros
recién graduados del chavismo. Tampoco que el
mecanismo de fraude se ha perfeccionado después
del Revocatorio.
Ni que traficantes venidos de la Coordinadora
se entreveran con zulianos en el comando opositor. Son
hechos objetivos que Rosales no puede responder con
expresiones vagas y genéricas.
Sí. Sí se puede. Claro
que se puede. En algún momento entre el 15 de
noviembre y el 3 de diciembre, la línea en suave
descenso de Hugo Chávez y la línea ascendente
de Rosales, deben cruzarse, para darle el triunfo al
candidato de la Oposición. Con mi olfato de viejo
reportero que no ha pelado ni uno solo de los resultados
electorales desde 1958, percibo el triunfo de Rosales
por una ventaja superior a los 5 puntos.
Pero ése no es el problema. El
problema es que en algún momento después
del 15 de agosto de 2004 -fecha del Referendo Revocatorio-,
el Régimen perfeccionó su mecanismo de
fraude, para asegurarse de que el resultado oficial
le sea favorable no importa cómo hayan votado
los venezolanos. Eso es así y todo el mundo lo
sabe, comenzando por Manuel Rosales.
Especialmente lo saben los venezolanos
más alertas, esa capa superior de la inteligencia
y la responsabilidad que está apoyando a Rosales
pero con el temor secreto de que se repita el fiasco
del 15 de agosto de 2004, cuando a las ocho de la noche
los representantes de la Oposición en la directiva
del CNE, Ezequiel Zamora y Sobella Mejías, fueron
físicamente expulsados de la sala donde se contaban
los votos.
Allí se quedaron los representantes
del Régimen y los técnicos previamente
escogidos. En la madrugada anunciaron un resultado 60
a 40 favorable a que Chávez se quedara. Curiosamente,
era, volteada, la proporción que horas antes
se manejaba como favorable a la substitución
del Presidente.
Nunca será excesivo recordar
que Enrique Mendoza, jefe de la Oposición en
aquel trance, y Alberto Quiróz Corradi, negociador
por la Oposición ante el CNE, venían proclamando
la imposibilidad de un fraude. Este fraude se produjo
y todavía Mendoza no ha considerado necesario
dar explicaciones.
Quiróz sí las ha dado.
En Zeta de hace cuatro semanas contó que el CNE
prometió modificar las condiciones ventajistas
en las cuales se realizaría el conteo de votos.
Luego, simplemente no cumplió. Y al carajo.
Superado el asombro por la ingenuidad
de Mendoza y Quiróz, viejos zorros que confiaron
en malandros convictos y confesos, hay que detenerse
en una frase de Quiróz en la entrevista con Zeta:
"Ahora el fraude es más fácil".
Días después, el pasado 29 de septiembre,
entrevistado por El Nuevo País, Quiróz
explicó por qué considera que ahora el
fraude es más fácil.
Para impedirlo, dice, habría
que tener testigos idóneos en todas las mesas,
abrir las cajas, contar los votos manualmente, retener
las actas de cada mesa y tener la gente en la calle
lista para armar la ucraniana cuando los fascistas tiren
la operación que tienen montada.
Manuel Rosales ha dicho que está
alerta, y quienes le respaldan recuerdan el hecho objetivo
de que es un político avezado, que en su larga
carrera superó muchos escollos de esta naturaleza.
Sin ánimo de encaratar la situación, es
obligatorio recordar que lo mismo podía decirse
de los estafados en el Revocatorio.
Enrique Mendoza no era primerizo en
materia de marramuncias electorales, y Quiróz
venía de una exitosa vida en el negocio petrolero,
el más sucio del mundo después de la trata
de drogas, por encima de la trata de blancas, que llega
de tercero.
En resumidas cuentas, que para la segunda
quincena de noviembre, cuando se abra la tijera entre
la línea descendente de Chávez y la ascendente
de Rosales, los demócratas de este país,
quienes no queremos vivir en el fascio-comunismo inventado
por Fidel Castro y adoptado por esa colonia mental suya
que manda en Venezuela, tenemos derecho a conocer las
instrucciones de ese alto mando rosalero -donde entre
zuliano y zuliano hay mucho traficante-, para el momento
en que pase lo que todos sabemos que va a pasar. Es
lo menos que puede pedir una tropa formada por ciudadanos
conscientes de lo que nos jugamos y dispuestos a cumplir
nuestra responsabilidad histórica.
Expresadas estas dudas razonables, veamos
los números, dichos en redondo. Al terminar el
año pasado, cuando aún la Oposición
no tenía rostro, el 50% de los venezolanos decía
apoyar a Chávez, mientras 20% se atrevía
a adversarlo públicamente y un 30% eludía
el tema. Cuando la Oposición encontró
un rostro -el de Rosales-, comenzó a subir hacia
el 30%, mientras Chávez sufría un descenso
lento pero sostenido, colocándose por debajo
del 50%.
Más que por el suave descenso
de Chávez, Rosales subió por anexión
de indecisos.
El punto es importante en las condiciones
de enorme presión que un régimen fascista
ejerce sobre la gente común. Esto es particularmente
efectivo en un país de menesterosos que en mayor
o menor medida, directa o indirectamente, dependen del
Estado para su subsistencia.
La brutalidad fascista tiene amedrentado
a ese tipo de ciudadano, a quien así no se le
puede pedir que se confiese con un encuestador ni con
nadie. Es razonable que al 50% corto que se expresa
por el presidente hay que hacerle un descuento que puede
ser hasta del 15%, pero en ningún caso menor
del 5%.
Por la misma razón, al 30% de
neutrales que había al comenzar este año
lógicamente debió presumírsele
una gran mayoría de opositores que no pudieron
correr el riesgo de confesarse tales. Esta presunción
lógica ya se ha comprobado. Para fines del Tercer
Trimestre de este año, Rosales ha subido un 11%
que corresponde al descenso de indecisos.
Para este momento, hoy, Chávez
tiene menos de 50% y Rosales más del 30%. Hay
un 20% de indecisos en los cuales Chávez tiene
poca posibilidad de hacer una pesca importante, mientras
Rosales deberá pescar más de la mitad
(10%), dejando un 10% de indecisos reales que llegarán
como tales al final, y poniéndose Rosales en
un 40% mientras Chávez seguiría con su
50% corto.
Aquí surge un factor determinante:
la blandura del chavismo. Apenas un 8% de los encuestados
aparece dispuesto a batirse por Chávez hasta
el final. (En el anti-chavismo, este sector duro, dispuesto
a todo para sacar a Chávez, es nada menos que
15%).
En cambio, sube la columna de chavistas
blandos. Las encuestas de marzo pasado indicaban apenas
un 12% que votaría por Chávez pero estaban
ya desanimados por la baja calidad de su Gobierno. Estos
"chavistas blandos" han ido creciendo hasta
ser hoy un 25% del total electoral. Quiere decir que
uno de cada dos chavistas, la mitad de ellos, está
vacilando en su adhesión al candidato.
Es técnicamente razonable esperar
que un porcentaje de ellos se traslade al candidato
opositor. ¿Cuántos? ¿Uno de cada
cinco? Eso es 5% del total, que habría que sumarle
a Rosales y restarle a Chávez. Eso es 10%. En
esto de los blandos que se pasan el daño a Chávez
es doble que en los indecisos que se deciden.
Estos cálculos, necesariamente
precarios pero razonables en términos estadísticos,
indican la posibilidad de un resultado final con 10%
de abstención, más de 40% para Rosales
y alrededor del 40% para Chávez. La diferencia,
favorable a Rosales, puede ser superior al 5%.
Por supuesto, hay los imponderables
que pueden provocar un deslizamiento de votos en una
u otra dirección. Pero, ya en términos
políticos, los eventos que pueden mover electores
son todos desfavorables a Chávez.
Así la bomba atómica estallada
por su amigo el presidente de Corea del Norte, el rechazo
de la comunidad internacional en la ONU -agravado porque
fue una sorpresa para Chávez, lo cual indica
que no sabe bien dónde está parado, que
lo engañan-, la cada vez más visible presencia
de Fidel Castro en la política venezolana, la
actitud cada vez más cautelosa de un indicador
tan sensible a la dirección del viento político
cual es el mundo militar... pare de contar.
Hay, pues, razones para un optimismo
razonable en cuanto a los resultados, todas ellas estimulantes
de un espíritu de lucha que el ciudadano opositor
debe cultivar dentro de sí mismo y en su entorno.
Después viene lo de cobrar. Es allí donde
Rosales no ha sido tan claro como su electorado lo exige,
lo cual es motivo de desánimo y pudiera serlo
de una abstención que le birle la petite diference.
Rafel
Poleo es
periodista y director de la revista Zeta.
Los puntos de vista expresados no necesariamente son
los de Petroleumworld.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado
por Zeta, el 20 de octubre del 2006. Petroleumworld
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