Manuel
Malaver : Rosales en la recta final
El mes
de noviembre que comenzará mañana no será
cualquier mes en la historia de Venezuela, pues podría
pasar a recordarse, o como aquel en que las libertades democráticas
se recuperaron después de 8 años en franco deterioro,
o como aquel en que se eclipsaron por un período previsiblemente
largo y después del cual ni el país ni sus habitantes
volvieron a ser los mismos.
Desiderátum
tanto más paradójico, cuanto que ha desaparecido
de la agenda del 95 por ciento de los países del mundo,
y cabía esperar que si existía alguno con méritos
para escapar al círculo de hierro de su espectro, era
precisamente la Venezuela que vivió 45 años
en democracia y en medio de un auge económico que activó
una auspiciosa promoción social.
Pareciera,
sin embargo, que fue precisamente la combinación de
democracia y economía petrolera la que dio lugar al
proceso que podría culminar el 3 de diciembre con la
dictadura abierta, militarista, monocrática y totalitaria
del teniente coronel.
Hugo Chávez,
acelerando el retroceso que hace 8 años nos aventó
medio siglo atrás, y que de mantenerse, nos lanzaría
el próximo año a una noche tan hórrida,
abysal y sangrienta como la que vivieron los países
que después de la primera y segunda guerra mundial
sufrieron la “revolución comunista”.
Es un sistema
de gobierno firmemente anclado en el poder del estado, por
lo que también se conoce como estatocracia; con una
economía colectivista a partir de la cual se esfuman
los derechos individuales; una sociedad reducida al imperio
de un partido y pensamiento únicos; y una burocracia
estatal arrogante e incontrolable que rápidamente empieza
a comportarse como una nueva clase, también conocida
como “burguesía roja”.
Y donde
la ruina, la pobreza y la miseria extremas es el caldo de
cultivo que nutre las bases del totalitarismo, de un sistema
personal de gobierno con un solo jefe, un solo comandante
y un solo caudillo, y que fija a voluntad, y por parámetros
que tienen que ver básicamente con la lealtad al régimen,
quién trabajaba y quién no trabajaba, quién
come y quién no come, quién es esclavo en la
cárcel, y quién en la calle.
Es la tragedia
que León Troski graficó diciendo que Stalin
había convertido el principio marxista de que “quien
no trabaja, no come”, en la política totalitaria
de que “quien no obedezca, no come”.
Una sociedad,
en fin, sin libertad individual, derechos civiles, partidos
e instituciones; sin libertad de expresión ni de movimiento;
en la cual los delitos se convierten en mera expresión
de la política; sin pluralidad, diálogo y tolerancia,
y dirigida, no al bien común, sino al disfrute de los
pocos que están dispuestos a convertirse en agentes,
militantes, policías, soplones y soldados de la autocracia.
De ahí
que es un experimento social que ha sido comparado no pocas
veces con el infierno, con la peor de las situaciones extremas
a que pueden someterse los seres humanos, y que aún
después de liquidada, colapsada y sepultada, sigue
produciendo heridas en el espíritu y la piel de aquellos
que la sufrieron.
De modo
que en la recta final de la campaña electoral, en el
mes que significa la elección entre la libertad y la
dictadura, la democracia y la pérdida del estado de
derecho, la pluralidad o el partido y el pensamiento únicos,
la inclusión o la exclusión, la tolerancia o
la intolerancia, pensamos que más allá de la
“Tarjeta Mi Negra”, del rescate de los niños
de la calle, de la construcción de 3 millones de viviendas
en 6 años, y los programas de lucha contra la inseguridad,
la corrupción y la pobreza.
Creo que
el candidato de la oposición democrática, Manuel
Rosales, debe insistir igualmente en cómo, una equivocación
a favor de Chávez, propiciaría el ingreso a
una suerte de edad oscura, de experiencia medioeval, inquisitorial
y teocrática en la cual la desaparición de los
derechos humanos, de la sociedad civil y las libertades individuales
conllevarían a un a un período de inestabilidad
sin fin, guerra civil y anarquía de resultados impredecibles.
Y frente
a la cual será imposible que esté ausente la
comunidad internacional democrática y global, con sus
leyes e instituciones, lenta algunas veces en reaccionar y
aplicar las sanciones que corresponden a los infractores del
estado de derecho, pero a la espera de los consensos que siempre
llegan para que los también llamados “estados
forajidos”, sientan el peso del repudio que imponen
la civilidad, la pluralidad y la ley.
Creo a
este respecto que las sanciones que acaba de imponer la ONU
al régimen vetusto, monástico y criminal de
Corea del Norte, así como las que aplicarán
dentro de poco a Irán si insiste en llevar adelante
su programa de enriquecimiento de uranio, es un libro abierto
que obliga a pensar en lo que sucederá con un gobierno
chavista continuista, fraudulento y al margen de la constitución.
Pero igualmente
con las derrotas que durante el año en curso, ha ido
acumulando el teniente coronel en el pasivo de su política
exterior y que son la mejor prueba de que, no solo los gobiernos,
sino los pueblos, lo han puesto en la lista de regímenes
que deben desecharse, vigilarse, controlarse, y denunciarse
para que, o se ajuste a las normas del derecho internacional,
o desaparezca.
Caso entre
estos últimos el de las recientes elecciones de Ecuador,
donde el candidato presidencial de la izquierda, Rafael Correa,
llegó a darse como seguro ganador con más de
40 puntos en las encuestas.
Pero que
según fueron conociéndose sus vínculos,
admiración y tutelaje de parte del teniente coronel
y presidente Chávez, fue desmoronándose en las
preferencias populares, para terminar de segundo con un 22
por ciento que lo fuerza a concurrir a una segunda vuelta
que, con toda seguridad, perderá.
Pero es
que igualmente en las elecciones mexicanas de julio pasado,
otro candidato que llegó a tener 20 puntos en las encuestas
y se daba como seguro ganador, Andrés Manuel López
Obrador, fue cayendo según los otros candidatos denunciaron
que seguía instrucciones desde Caracas, para suceder
lo que parecía impensable meses atrás, que López
Obrador terminó siendo rechazado por otro electorado
que decidió cualquier cosa, menos que Chávez
ejerciera el tutelaje sobre su presidente que hoy tiene sobre,
Evo Morales, el presidente de Bolivia.
Posibilidad
de la que también se apartaron en abril los electores
peruanos, prefiriendo a Alán Gracía a Ollanta
Humala, un candidato presidencial de la izquierda que también
se acercó a Chávez, pero sin calcular que el
teniente coronel venezolano que ya se sentía el nuevo
libertador del sur.
Se inmiscuiría
en las elecciones peruanas, haría campaña abiertamente
a favor de Humala y amenazaría al Perú con la
horca y el cuchillo si era que los peruanos no elegían
al candidato de las preferencias del caudillo tropical e incontinente
verbal.
Amenazas
que lógicamente no fueron sino un estímulo para
castigar al candidato de la izquierda que al igual que López
Obrador y Correa, tuvo los puntos necesarios para ganar, pero
luego se convirtieron en agua y sal según se acercaron
a la nefasta influencia, que los venezolanos llamamos “pava”,
del siniestro personaje.
Pero es
que igualmente los gobiernos de todo el mundo han terminado
haciendo el diagnóstico apropiado con relación
al heredero de Fidel Castro y su proyecto.
En las
últimas dos semanas hemos visto como una sólida
mayoría de países representados en la ONU, han
preferido a Guatemala para un puesto no permanente en el Consejo
de Seguridad, antes que al país cuyo jefe promueve
la guerra, el socialismo, la estatocracia, la violación
de los derechos y su canonización como salvador de
la humanidad, en el mismo sentido que alguna pretendieron
Lenin, Stalin, Mao, Pol Pot, Kim Il Sung y Fidel Castro.
La gran
pregunta es: vistas las derrotas de Chávez en la ONU,
Ecuador, México y Perú; dado el repudio que
cada día generan sus políticas tanto fuera como
dentro del continente; pero sobre todo, dados los resultados
de sus 8 años de gobierno en un país que prácticamente
ha sido reducido a la ruina, la inseguridad y la corrupción
generalizada ¿votarán los venezolanos por la
continuidad de un gobierno que, además, amenaza con
imponerles el socialismo, el totalitarismo y un presidente
dinástico y vitalicio?
¿Optarán
por el: “¡Vivan las cadenas¡”, antes
que por el: “¡Viva la libertad¡”.
Apostamos
a que no, aunque también debe decirse que, dada la
naturaleza e ideología de la burguesía roja,
Chávez tiene como burlar otra vez la voluntad popular.
Y aquí,
no solo el pueblo debe evitarlo, sino también un candidato
que en el mes de la recta final debe alertar al país
sobre los peligros que lo cercan y cómo evitarlos.
Manuel
Rosales tiene la palabra.
Manuel
Malaver
es periodista y analista político. Sus puntos de vista
no son necesariamente las de Petroleumworld en Español.
Nota
del Editor: Este comentario fue originalmente publicado por
Noticero Digital, el 29 de octubre del 2006. Petroleumworld
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