La
carta que anexo abajo fue escrita por mi excelente
y querido amigo Humberto Seijas Pittaluga, un hombre
de una cultura extraordinaria con quien tuve la
suerte de compartir actividades de gobierno en el
Estado carabobo. El General Seijas fue conminado
a salir del sitio donde había acudido, a
un acto en homenaje a oficiales retirados. El General
Dadal, el autor del desaire, es un chavista abyecto
que creyó ganar puntos con su jefe. Pero,
dejaré a Humberto explicar la situación.
Este escrito saldrá en Notitarde el próximo
Martes.
Carta al general Dadal
De
Humberto Seijas Pittalugga
Recuerde
que cuando usted era un recién llegado a
la escuela y yo era su coronel comandante en el
Cuerpo de Cadetes, el lema que les remarcaba diariamente
era que deberían formarse como “hombres,
caballeros y oficiales”. Recuerde, también,
que para afincar más la idea, al decir “hombre”,
yo me agarraba los testes; cuando decía “caballero”,
me tocaba el corazón, y al decir “oficial”,
me daba golpecitos en la cabeza. No sabe como lamento,
en el caso suyo, haber fracasado. Porque usted no
es ninguna de las tres cosas. Los hombres no dicen
mentiras; por el contrario, defienden la verdad
con dos bolas, no como usted, ¡mendaz! Los
caballeros demuestran hidalguía, no patanería,
que es lo que usted derrochó. Y los oficiales
deben usar la cabeza, que en su caso, aparte de
adorno, parece no servir sino para asentir obsecuentemente
cada vez que su amado líder dice algo. Probablemente
para conculcar una vez más a la letra constitucional.
Recuerde, además, que muchas veces les dije
que ninguna falta debe quedar sin castigo y que
todos los errores se pagan. Lamentablemente, usted
incurrió en ambos. Y hoy usted va a pagar.
Pero como esta es una carta pública, y hay
gente que no sabe lo que pasó, entenderá
usted que debo de hacer un poco de rememoración.
El
viernes 17, fui al Comando Regional como invitado
a los actos que se celebrarían en honor a
los oficiales retirados. Al llegar me dirigí
directamente a la capilla para oír la misa
programada. Apenas al salir, en la misma puerta
de la capilla, fui interceptado por un emisario
suyo, quien me explicó que usted consideraba
“inconveniente” mi presencia y que,
por tanto debía “abandonar inmediatamente
la instalación”. Con el mismo mensajero
le mandé mi contestación. Básicamente,
le mandé a decir que me iba pero no porque
me echaran sino porque me sentía ofendido
por alguien a quien sólo le di buenas enseñanzas
y buenos ejemplos; y que me dolía más
porque se hacía en la sede de una unidad
en la que tuve el honor de servir y comandar por
cuatro años sin que una sola tacha tuviese
mi desempeño. Contrario a lo que usted dice
con mentira, me fui sin pronunciar palabra, excepto
con un oficial que me había “pedido
la cola” y tenía que decirle que me
tenía que ir. Fue a la única persona
con la quien hablé antes de montarme en mi
vehículo y retirarme. Fue después
de mi salida que, en una actitud gallarda, la mayoría
de los oficiales retirados protestó en voz
alta, se solidarizó conmigo y se retiró
del acto (Dios les pague el gesto). Todo, por la
insensatez de su decisión.
¿Hombre?
Entonces, ¡embustero!, ¿de dónde
saca usted eso de que yo estaba “lanzando
improperios en contra del Presidente de la República”?
¡Mentiroso! Lo reto a que sostenga lo afirmado
en un tribunal. Estoy seguro de tener el testimonio
de cuantos me vieron y pudieron observar mi comportamiento.
Le repito, usted no es un hombre porque los hombres
no mienten. Para justificar la estupidez que cometió,
usted sale y declara que “todos los oficiales,
así estén en situación de retiro,
tienen que respetar la institucionalidad militar
y al jefe de Estado”. Cosa con la que estoy
en plena concordancia. Precisamente por hacerlo
es que jamás he hablado de la política
en los cuarteles, ni he tenido conversaciones sobre
la materia con oficiales activos. ¿Podrán
usted y su amado jefe decir lo mismo? Yo sí
me he metido con su jefe. Y desde el mismo año
92, cuando se conjuró contra la constitucionalidad
vigente y fue responsable de muchas muertes. Ya
de presidente, él ha usado el tesoro nacional,
las instituciones republicanas y a la Fuerza Armada
a su antojo y para cosas ajenas a lo que establece
la Constitución. Y yo lo he denunciado. Dígame,
¿usted qué ha hecho?
¿Caballero?
La falta de decencia al ordenar la tropelía
—pero sin mirarme a los ojos y empleando a
un recadero— deja patente que en su diccionario
personal las palabras “honorabilidad”
y “dignidad” no existen. Y que las páginas
más manoseadas son en las que aparecen “villanía”,
“ruindad” y “poquedad”.
¿Oficial?
Es inconcebible que alguien que haya aprobado los
cinco años del ciclo formativo y todos los
postgrados que se requieren para ascender al tope
de la jerarquía, después de veintitantos
de años de servicio no sepa hacer una adecuada
apreciación de la situación. Ese es
usted. A usted le chillan los soles. Porque alguien
medianamente sensato no da motivos para complicar
una circunstancia. Yo, no era sino un gregario que
pensaba que le iban a honrar sus canas. Y una persona
que nunca ha sido escandalosa. Pero me imagino que
usted debe ser tipo Rafael Ramírez: “rojo
rojito”, y necesitaba ganar puntos antes de
la llegada de su jefe a inaugurar una obra que no
está lista (otra más). Y digo que
no supo analizar la situación porque, después
de escoger las víctimas propiciatorias que
iba a inmolar ante el altar “robolucionario”,
no tomó en cuenta dos factores. Primero,
que a los oficiales le repugnan las injusticias
(menos a usted) —y por eso abandonaron el
acto. Y, segundo, que su antiguo profesor ¡malhaya
la hora! tiene una columna semanal. Y que, desechando
modestias, es bastante leído. Por eso, consuélese
en saber que el recuento de su imbecilidad no lo
van a leer sino dos: los civiles y los militares...
Gustavo
Coronel es
un veterano geólogo de la industria petrolera,
miembro director de la primera junta directiva de
PDVSA (1975-1979). Sus puntos de vista no necesariamente
son los de Petroleumworld.