Discurso
del ministro de Energía y Petróleo y presidente de PDVSA,
Rafael Ramírez, en el Tercer Seminario Internacional de la OPEP:
"OPEP en una nueva era energética: desafíos y oportunidades"
Septiembre 2006
Excelencias, damas y caballeros. Es un honor estar aquí participando
como expositor en este prestigioso Tercer Seminario Internacional de
la OPEP; se me ha solicitado decir algunas palabras en torno al “Rol
de la energía en los países en desarrollo”. Siendo
Venezuela un país productor de petróleo y en desarrollo,
me permitiré hablar entonces de nuestra propia experiencia, donde
el petróleo juega un rol crucial en nuestras posibilidades de
desarrollo.
Esta breve exposición
habla sobre el camino que nosotros en Venezuela hemos recorrido en estos
últimos años para restablecer la plena soberanía
sobre el manejo de nuestro petróleo, duro proceso que, liderizado
por el Presidente Hugo Chávez, ha requerido movilizar a todo
el pueblo en defensa de nuestro principal recurso, en una dura confrontación
con el interés transnacional y sus agentes políticos nacionales.
Esta experiencia creemos que es un modesto aporte a nuestros hermanos
países productores de petróleo, es una lección.
Venezuela fue un
laboratorio, un terreno donde se desplegó una sofisticada estrategia
concebida por los centros del pensamiento de los países consumidores
para arrebatarnos el control soberano de nuestros recursos naturales
y, en consecuencia, liquidar a la OPEP. Esta estrategia llamada “de
apertura”, se fundamenta en la globalización del recurso
natural, y se enmascara en cierta corriente de modernidad donde el Estado
nacional, administrador de la tasa de explotación y con soberanía
impositiva sobre sus recursos naturales resulta en un concepto anacrónico,
que impide el libre acceso al capital para la explotación y el
comercio del petróleo.
En
nuestro país esta estrategia antinacional se fundamentó
en un inesperado aliado: nuestra propia empresa nacional, PDVSA. Ésta,
cual verdadero Caballo de Troya, fue desplegando uno a uno los elementos
de la “apertura petrolera” y desmontando nuestra tradicional
política petrolera hasta confrontarse de manera abierta y violenta
al Estado Venezolano. Hace dos años todos estábamos todavía
bajo el impacto que había causado en nuestras mentes y en el
mercado dicha confrontación, que había culminado con eventos
extraordinarios bien conocidos por todos. En abril de 2002, el tren
ejecutivo de PDVSA promovió un golpe de Estado militar; y entre
diciembre de 2002 y enero de 2003, promovió un segundo golpe
de Estado, esta vez económico, predicado sobre la paralización
de las exportaciones petroleras. Después de ocasionar graves
daños y pérdidas de más de 14.700 MM$ a nuestra
industria petrolera, ese tren ejecutivo fracasó en ambas oportunidades
y, finalmente, sus miembros perdieron todas sus posiciones dentro de
nuestra compañía nacional. Así en el 2003 el Estado
Venezolano recuperó el control de PDVSA.
El
hecho es que la vieja PDVSA había sido víctima de una
estrategia de captura – la expresión anglosajona es ‘agency
capturing’ – por parte de ciertos países consumidores
y compañías petroleras internacionales. En vez de servir
a los intereses de la Nación como dueña del recurso natural,
trató de imponer y de implantar políticas concebidas por
aquellos actores. En esencia, PDVSA se quiso convertir en una ‘corporación
energética global’, para beneficio único del consumidor
en los países desarrollados, identificándose ideológicamente
con su pensamiento y deslastrándose de los problemas típicos
e inconvenientes de un país dependiente como el nuestro. A partir
del 2003, el Estado venezolano recapturó su ‘agencia’:
la nueva PDVSA está orgullosa de servir a la Nación, como
compañía petrolera definitivamente nacional, no sólo
en la generación de rentas y regalías tan importantes
para todo país exportador de petróleo, sino también
en la ejecución de políticas económicas y sociales,
definidas por el gobierno nacional y relacionadas con la distribución
de estas rentas: la siembra del petróleo.
Recapturar la agencia
no suponía simplemente sustituir un tren ejecutivo por otro nuevo,
y de recuperar la producción. No; era la oportunidad de restablecer
los fundamentos de nuestra política petrolera soberana, hacer
cumplir nuestra Constitución y marco legal vigente desde el año
1999 y 2002, desmontando todo el andamiaje de la “apertura petrolera”
que sostenía la vieja PDVSA.
El primer aspecto
fue restablecer en el Estado Venezolano, por intermedio del Ministerio
de Energía y Petróleo, la conducción de la política
petrolera venezolana, fortaleciendo a la OPEP y subordinando la empresa
nacional a las decisiones del Estado Venezolano. Fortaleciendo al Ministerio
de Energía y Petróleo, tradicional asiento institucional
de la política petrolera venezolana, y a todos los organismos
de control del Estado, se han venido restableciendo gradualmente todos
los aportes de PDVSA al fisco nacional; se ha transparentado la gestión
como empresa y los mecanismos de rendición de cuentas al Estado
Venezolano, su único accionista; se han alineado los planes de
inversión y la expansión de la industria de acuerdo a
nuestros planes nacionales. Esta nueva situación nos ha permitido
iniciar un proceso de revisión y ajuste al marco legal vigente
de todos los negocios de la “apertura petrolera” donde la
vieja PDVSA tenía un rol estelar o estaba en condición
de “escudo fiscal” para las empresas transnacionales; en
particular nos queremos referir a: la Internacionalización, los
Convenios de Servicios Operativos y las Asociaciones.
Internacionalización
Así se conoce
la política de inversiones en el extranjero que desplegó
durante casi veinte años, de 1983 a 2002 la vieja PDVSA, orientada
a la integración vertical con las actividades de refinación,
distribución y mercadeo en grandes países consumidores.
Era el propósito de convertirse en la “corporación
energética global” con una intensidad de inversiones del
orden de quince mil millones de dólares fundamentalmente en los
EEUU, a través del circuito de CITGO, y en Alemania a través
del circuito de ROG, precisamente en los momentos en que el Estado Venezolano
sufría una de sus peores crisis económicas, el país
sufrió una masiva descapitalización y fuga de capitales
y su empresa nacional PDVSA, fue un actor fundamental en este proceso.
El tren ejecutivo de PDVSA desplegó una estrategia para sacar
activos del control del Estado Venezolano, interponiendo entre el mismo
y las nuevas adquisiciones el “velo corporativo”, sujetando
las mismas a legislaciones extranjeras y obligaciones financieras que
imposibilitaran el control del Estado Venezolano.
Durante
casi veinte años, las cuantiosísimas inversiones en refinerías
en el exterior no habían generado ni un sólo dólar
de dividendos para el accionista último de PDVSA, es decir, el
Estado venezolano. Todo dividendo se reciclaba dentro de la misma estructura
y se volvía a invertir, a gastar y a malgastar en el exterior,
acumulando activos fuera del control del Estado. A partir del 2003,
sin embargo, se pudo dar fin a esta situación y ahora los dividendos
sí llegan a su destino, a las arcas del Estado venezolano. Desde
2004 al presente los dividendos sumaron unos tres mil millones de dólares
y hemos iniciado una profunda revisión de estas inversiones en
el exterior desprendiéndonos de las innecesarias y retribuyendo
al Estado Venezolano parte de sus inversiones y reponiendo las pérdidas
sufridas.
Un aspecto fundamental
de la internacionalización al cual estamos dando fin tiene que
ver con el hecho de que todos los convenios de suministro con las filiales
y las asociaciones en el exterior concedían descuentos sustanciales
sobre los precios de mercado, estamos hablando de descuentos entre 2
a 4 $/Barril, además de que las formulas permitían que
los costos de operación se descontarán del precio con
lo que se producía un traslado de costos hacía Venezuela
y en consecuencia una evasión impositiva en nuestro país,
donde la tasa de impuesto era mayor que la aplicada en los Estados Unidos.
Adicionalmente
PDVSA utilizó para endeudarse en el exterior mecanismos de financiamiento
que colocaban estos contratos de suministro como “colaterales”
para la banca; de manera que para poder poner fin a esta práctica
anti-nacional y perversa de los descuentos, hubo que reestructurar primero
las deudas en cuestión, disminuyéndola de 9000 MM$ a 3000
MM$. En algunos otros casos, la dificultad consistía en que el
socio privado alegaba derechos adquiridos sobre los descuentos concedidos
contractualmente, y salirse de la asociación en cuestión
era, desde luego, muy laborioso. Sin embargo, como lo demuestra nuestra
reciente salida de la asociación con Lyondell, no permitiremos
que estos obstáculos de orden práctico se conviertan en
pretextos para no enderezar los entuertos del pasado. Además,
seguiremos adelante con la revisión de todos y cada uno de estos
contratos y tomaremos las acciones necesarias para dar fin de una vez
por todas a la práctica de los descuentos, estableciendo para
todos nuestros crudos y productos un sistema público de fórmulas
de precios.
Convenios de Servicios
Operativos
Pasemos
ahora a otro elemento de la política de desvalorización
del recurso natural de la “apertura petrolera” instrumentada
por la vieja PDVSA: los convenios de servicios operativos. Con ellos,
llegamos al corazón del problema de cómo ha de llevarse
a cabo la regulación del acceso al recurso natural y en beneficio
de quién ha de hacerse. Desde el 1o de enero de 1976, fecha de
la nacionalización de la industria petrolera en Venezuela, la
exploración y producción de petróleo son actividades
reservadas al Estado. Desde entonces, estas actividades no pueden ejercerse
por partes privadas sino en asociación con, y bajo control de,
la empresa petrolera nacional. Pero a partir de 1992, la vieja PDVSA,
ya capturada y cual “caballo de Troya”, basándose
en todo su poder, sofisterías e interpretaciones ‘creativas’
de la Ley, se arrogó las facultades en materia de acceso al recurso
natural que competían al Ministerio para otorgar los Convenios
de Servicios Operativos (CSO).
Mediante
estos mal llamados Convenios Operativos, las compañías
petrolera privadas, burlando la Ley vigente, se convirtieron en la práctica
en productores de petróleo en el área concedida por la
empresa nacional, aunque este hecho fundamental fue encubierto por sofismas
legalistas que tenían el concepto de ‘servicios’
como núcleo: los así llamados contratistas formalmente
no exploraban, solamente prestaban el servicio de explorar; formalmente
tampoco producían, solamente prestaban el servicio de producir.
Finalmente, el petróleo producido supuestamente tampoco era de
su propiedad, sino que se entregaba a PDVSA, y PDVSA supuestamente no
compraba pues sólo remuneraba los ‘servicios’ prestados.
Así, se les pagaba a los contratistas diversas remuneraciones
(OpFee, CapFee, estipendios e incentivos), todas ellas indexadas a fórmulas
sofisticadas que – vaya sorpresa – sumaban simplemente alrededor
de un 60% del valor de mercado de la producción. PDVSA y el fisco
nacional se quedaban con el 40% restante.
En enero de 2005,
habiendo recuperado nuestra empresa petrolera nacional, decidimos poner
fin a esta farsa indignante y tan perjudicial para el país. Existían
entonces treinta y dos CSO que producían unos 500 MBD. Como ya
dijimos, en promedio se quedaban con el 60% del valor mercantil; sin
embargo, había diferencias individuales importantes. Había
un par de casos extremos – difícil de creer, pero así
fue – donde a los contratistas se les pagaba más del 100%
del valor de mercado del crudo; es decir, la Nación sufría
pérdidas por cada barril producido. En otros casos, el porcentaje
superaba el 70%, de manera que PDVSA sufría pérdi-das,
pues era PDVSA – y no las contratistas – quien tenía
que pagar la regalía a una tasa de 30% (porque la regalía
la paga el supuesto productor, y las contratistas, supuestamente, no
eran productores sino nada más que prestadores de servicios).
A otros contratistas se les pagaba un “incentivo” de un
millón de dólares día por haber acumulado un nivel
de producción determinado. Para el cierre del año 2004,
el costo por barril de la producción propia de PDVSA no superaba
los 4$/Barril, en cambio el costo por barril de la producción
de los CSO alcanzó los 18$/Barril y PDVSA tuvo que pagar más
de 3000 MM$ por este concepto.
Por cierto, sobre
la base de las mismas sofisterías y tergiversación, a
las contratistas de los CSO tampoco se les aplicaba la tasa del impues-to
sobre la renta para actividades petroleras – de 50% – sino
la tasa del impuesto sobre la renta para actividades no petroleras de
34%, por tratarse, supuestamente, de simples compañías
de servicios.
El primer paso que
tomamos en 2005, fue poner fin a las situaciones de abusos extremos
y limitar la remuneración total a las contratistas de manera
que PDVSA – y menos aún la Nación – bajo ninguna
circunstancia sufriera pérdidas asociadas a la producción.
Luego, la autori-dad nacional competente en la materia de impuesto sobre
la renta calificó a los CSO como productores de petróleo,
y no como prestadores de servicios, con lo que se les aplicó
la tasa petrolera de 50% a todas sus declaraciones de impuesto sobre
la renta para los períodos fiscales todavía abiertos,
es decir, desde 2001 al presente. Estas medidas, muy prudentes de por
sí, generaron un ingreso fiscal adicional de mil millones de
dólares. Luego, el gobierno cuestionó, con argumentos
sólidos, la legalidad de estos convenios en su totalidad. Pero,
al mismo tiempo, ofrecimos una solución: la de migrar a la nueva
Ley Orgánica de Hidrocarburos, la cual establecía reglas
claras para Empresas Mixtas con una participación accionaria
mayoritaria de la empresa del Estado.
Para
no hacer el cuento largo, las negociaciones duraron 15 meses y terminaron
con el siguiente acuerdo: los CSO se convirtieron en empresas mixtas;
las regalías aplicables se elevaron a un tercio (33,33%); la
tasa de impuesto sobre la renta aplicable es de 50%. Además,
para poner coto a la evasión del impuesto sobre la renta, se
introdujo un ‘impuesto sombra’ de 50% sobre el ingreso bruto.
Así, las regalías y el impuesto sobre la renta, si fuera
preciso, se complementarían con ese ‘impuesto sombra’
de manera que el total nunca fuera infe-rior al 50% del ingreso bruto.
Finalmente, PDVSA asumió como mínimo una participación
accionaria de 60%. Los derechos de ejercer las actividades primarias
de exploración y de explotación, dentro de áreas
determinadas por el ejecutivo nacional – las cuales coinciden
con las áreas de los antiguos CSO, pero reducidas drásticamente,
aproximadamente a un tercio de su extensión anterior –
tienen una vigencia de veinte años.
Es preciso aclarar
que la empresa mixta es una empresa operadora. Es decir, no se trata
de una superestructura debajo de la cual pudiera resurgir algo semejante
a los CSO de antaño. Asimismo, PDVSA actúa estrictamente
como socio, y no está involucrada en así-llamadas ‘cláusulas
de estabilidad’, mediante las cuales PDVSA actuaba como paraguas
fiscal o, peor, desempeñaba el papel de rehén, garantizando
a los inversionistas privados el pago de indeminizaciones para compensar
cualquier variación en el régimen fiscal que pudiera decidir
la soberana Asamblea Nacional. Las empresas mixtas tampoco admiten el
arbitraje internacional. Para ser más preciso: el capital privado
extranjero sí puede recurrir al arbitraje internacional, pero
solamente contra el gobierno y no contra su socio, y solamente en base
a la Ley de Protección a las Inversiones, una ley general que
se aplica por igual al sector petrolero y no petrolero.
De los treinta y
dos contratistas, treinta finalmente aceptaron las condiciones reseñadas.
Entre ellas se encontraban todo tipo de compañías internacionales,
estadales y privadas, y hasta pequeñas empresas privadas latinoamericanas
y venezolanas. En dos casos no se llegó a un acuerdo, causa por
la cual el gobierno nacional canceló los CSO en cuestión
el 1o de abril de 2006. Sin embargo, me complace poder informarles que
incluso en los dos casos que no hubo acuerdo el 31 de marzo de 2006,
estamos negociando en un ambiente muy positivo, unos arreglos propiamente
económicos que son consistentes con las condiciones generales
que habíamos establecidos para la migración. En otras
palabras, creemos que, en un futuro cercano podremos afirmar sin reserva
alguna, que tuvimos éxito en un 100%.
Asociaciones
Sin
embargo, en el proceso de instrumentación de política
establecida por el Presidente Chávez de construir un nuevo régimen
petrolero y desmantelar la “apertura petrolera” todavía
nos falta dar un par de pasos más.
El
primero de ellos involucra a las Asociaciones para el mejoramiento de
crudo extrapesado prove-niente de la Faja Petrolífera del Orinoco,
las cuales producen unos 620 MBD que se transforman en unos 560 MBD
de crudo mejorado. Aunque aprobadas en los años noventa por el
entonces Congreso Nacional, estas asociaciones adolecen de defectos
económicos y jurídi-cos semejantes a los reseñados
en el caso de los CSO. Algunos ya se han remediado. Por ejemplo, las
asociaciones pagaban regalías a la tasa de un por ciento; esta
tasa, en 2004, la elevamos a un sexto y, en el transcurso de este año,
a un tercio. Asimismo, se les aplicaba la tasa de impuesto sobre la
renta para actividades no petroleras de 34%; mediante una reforma a
la Ley de Impuesto sobre la Renta, acabamos de elevar esta tasa al 50%
(es decir, la aplicable a actividades petroleras). Por otra parte, ya
invitamos a las cuatro asociaciones a migrar hacia la nueva Ley Orgánica
de Hidrocarburos. Concretamente, ello implica que PDVSA tomará
una mayoría accionaria en las actividades primarias, de exploración
y producción.
Finalmente,
para terminar de recuperar el régimen petrolero de la nacionalización,
queda pendiente el caso de las tres asociaciones llamadas de ‘Exploración
a Riesgo y Ganancias Compartidas’, formadas en 1997 para la exploración
y producción de petróleo convencional. Estas asociaciones
todavía no han entrado en su fase de producción aunque
sí han hecho descubrimientos significativos. Éstas también
se transformarán de manera análoga a las asociaciones
para mejoramiento de crudo extrapesado y, cuando esto suceda, habremos
cumplido con nuestro propósito de crear un nuevo régimen
petrolero, acorde con la consigna acuñada por el Presidente Chávez:
Plena Soberanía Petrolera.
Para concluir, al
iniciar mi exposición señalé que nuestra experiencia
está a disposición de nuestros hermanos países
productores de petróleo, como un aporte al fortalecimiento de
nuestras políticas nacionales por el control y defensa de nuestro
petróleo, la política de Plena Soberanía Petrolera
tiene sus fundamentos en los principios que dieron pie a la fundación
y crecimiento de la OPEP.
Sin embargo, creemos
que en esta experiencia también hay un mensaje para los grandes
países consumidores y las empresas transnacionales privadas:
no puede haber estabilidad en el mercado petrolero mundial si no existe
estabilidad en los países productores de petróleo, y esto
significa estabilidad político-social, justicia y distribución
nacional del la renta petrolera.
La política
de Plena Soberanía Petrolera se refiere tanto al recurso natural,
agotable y no renovable, como a la actividad industrial. No excluye,
como lo demuestra nuestra reseña de la misma, la presencia del
capital extranjero. Sólo se le exige, al mismo, respeto de nuestros
derechos soberanos. Obviamente, no se le pide convertirse en vocero
de nuestra política petrolera nacional en los países consumidores;
pero también se le pide que se abstenga de promover políticas
concebidas por ciertos países consumidores que todavía
añoran su pasado colonial o imperial. El capital extranjero está
bienvenido mientras se dedique a las actividades industriales propiamente
dichas y aspire legítimamente a una ganancia razonable, pero
también acepte sin reservas la legitimidad de nuestra aspiración
de una remuneración justa para el recurso natural, agotable y
no renovable.
Muchas gracias.
Petroleumworld
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