¡Llamado
urgente a la clase trabajadora por la revolución de
las 6 horas!
Por
Jon Juanma Illescas Martínez
Sin
duda que una de las reformas más revolucionarias
propuestas por el presidente Hugo Chávez sobre la Constitución
Bolivariana de 1999 es la referente a reducir la jornada laboral
de 8 a 6 horas. Una reforma revolucionaria que afecta directamente
a la clase trabajadora y que de aprobarse, elevaría su
nivel y calidad de vida.
Realmente
la historia viene de muy lejos. Ya fue a principios del siglo
XVI cuando Tomás Moro (Thomas Moore) habló de
las 6 horas de jornada laboral en el diseño de su sociedad
perfecta, la Isla de Utopía. El gran pensador y político
inglés, ya entonces veía posible con el nivel de
tecnología de su época trabajar esas horas, a condición
de que todos los ciudadanos utopienses lo hicieran por igual.
Moro sabía de lo que hablaba, sabía dónde
estaban los límites de lo posible materialmente y dónde
los límites que establecían la voluntad de los
hombres. Fue canciller de Inglaterra durante el reinado de Enrique
VIII (el mismo que luego lo mandó matar) y uno de los
hombres más eruditos de su tiempo, amigo entre otros del
también humanista Erasmo de Róterdam.
Poco
a poco, con la llegada de la industrialización,
ante las reivindicaciones (y los heroicos sacrificios) del movimiento
obrero mundial, los diferentes gobiernos burgueses del mundo
se vieron en la obligación de regular por ley la jornada
laboral de 8 horas para que la situación no se les fuera
más de las manos. Anteriormente cabe recordar que se trabajaba
entre 12 y 14 diarias.
El
camino hasta la consecución de la jornada actual fue
extremadamente arduo, lento y costoso. Simplemente cabe recordar
la impresionante huelga que los trabajadores estadounidenses
hicieron el 1 de Mayo de 1886 en Chicago. Fue allí donde
una serie de luchadores sindicales fueron posteriormente ajusticiados
por luchar a favor de la jornada de 8 horas (motivo por el cual
en algunos países se celebra en esa fecha el Día
del Trabajo). Finalmente, esta jornada fue aprobada en la mayoría
de países europeos en 1919, después de numerosas
luchas sindicales. Otra razón para su legislación
resultó, el miedo que la burguesía tenía
por la simpatía creciente con la que los trabajadores
europeos veían la Revolución Bolchevique, por las
avanzadas reformas laborales que estaba aprobando en territorio
soviético. En el continente americano, señalaremos
que también se consiguió este mismo año
en Perú tras durísimas luchas protagonizadas por
su clase obrera. Mientras tanto, en otros países como
Estados Unidos y Argentina se demoró más al instalarse
en 1935 y 1929 respectivamente. En todo caso estamos hablando
de hace más de 80 años, o sea casi un siglo, que
fue aprobada la jornada laboral que hoy nos rige (otra cosa es
comprobar si nuestros “queridos” patronos la cumplen
o no).
Pero... ¿cómo es posible que hayan pasado más
de 80 años y sigamos trabajando en la mayoría de
los países lo mismo que nuestros bisabuelos?, ¿es
que no ha avanzado la técnica y la tecnología suficiente
en este tiempo?...
La
respuesta es sencilla. A pesar de que la productividad ha subido
como
la espuma gracias a los adelantos tecnológicos
en las fábricas, la informática, la computerización
y la robotización; la realidad es que los empresarios
han aprovechado esta mayor productividad para ganar más
dinero. Para enriquecerse a costa del obrero, que como cabe subrayar
no es propietario ni de los medios de producción y por
consiguiente tampoco de sus avances tecnológicos, ni de
los bienes producidos con su esfuerzo, hasta que los compra a
los propios capitalistas en su famoso “libre mercado” (que
de libre sólo tiene el nombre) . O sea, los empresarios
tienen más margen de beneficio porque cada día
la productividad es superior cuanto más crece la tecnología,
mientras los trabajadores laboran el mismo tiempo que hace casi
un siglo.
Por
su parte, los trabajadores pierden parte de esa riqueza que
se divide
siempre entre las dos principales clases antagónicas:
entre capitalistas (dueños de los medios de producción)
y obreros (esclavos contemporáneos que deben vender su
mano de obra a los otros si quieren subsistir porque no son dueños
de nada material excepto, a veces, de su cuerpo). Porque cabe
recordar una verdad de Perogrullo: cuando los capitalistas ganan
riqueza, los trabajadores la pierden. Pongamos un ejemplo muy
sencillo. Si en una fiesta de cumpleaños tenemos diez
niños, y uno se come casi toda la tarta, es muy posible
que los otros nueve se queden con hambre (además de si
no son tontos, con un considerable cabreo). Esto es muy sencillo
de entender, ya que la riqueza nueva que consiguen los capitalistas
(en forma de más dinero y por tanto mayor capacidad para
apropiase de los bienes producidos por la Naturaleza y los obreros)
sale del planeta Tierra, la casa en donde vivimos todos (la tarta).
Entonces, si ellos ganan más dinero y por tanto más
poder para comprar bienes del Planeta, el trabajador pierde poder
adquisitivo para comprar estos mismos productos que le son necesarios.
Al haber mayor masa de dinero en manos de los capitalistas, y
por tanto en el mercado, éstos hacen subir artificialmente
los precios de los bienes. Como colofón, el trabajador
no sólo pierde poder adquisitivo, sino que trabaja lo
mismo que sus antepasados. Y no esta mal recordarlo, además
gracias al modelo desarrollista anti-ecológico y genocida
propio del capitalismo, el mismo obrero respira un aire en la
ciudad mucho más contaminado que antaño, que según
las últimas investigaciones le restará 2 años
de vida1 .
Hablemos
ahora de cómo afecta la duración de la
jornada laboral en el tiempo vital de un trabajador. Hagamos
unas cuentas rápidas. El día se divide en 24 horas,
el tiempo necesario para dormir según la Organización
Mundial de la Salud es de 8, por tanto nos quedan 16 horas. De éstas,
calculemos que consumimos 3 al día para alimentarnos,
mantener la higiene corporal y demás actividades orgánicas
irrenunciables. Bien, ya nos quedan 13 horas, de las cuales 8
estamos trabajando para que un holgazán llamado capitalista
que no pega ni golpe, se lleve la mayor parte de la riqueza generada
por nuestro trabajo. Así las cosas, nos quedan 5 horas
de vida. Pero aquí no acaba el saqueo, porque el trabajador
debe desplazarse al lugar de trabajo que no suele estar enfrente
de su casa. Supongamos, y que me disculpen los caraqueños,,
que ese tiempo es de 1 hora. ¡Estupendo!, entonces nos
quedan 4 horas al día para todas aquellas actividades
que nos hacen humanos, léase estar con la familia y los
amigos, relacionarnos con nuestra comunidad, cultivarnos intelectualmente,
hacer deporte, ver una buena película, disfrutar de la
música, hacer el amor, etc. Calculando que se tengan de
media unos 10 años de jubilación pagados antes
de la cita ineludible con el más allá, y basándonos
en la actual jornada de trabajo de 8 horas, si el amigo lector
tiene 30 años vivirá unos 16 años más
a partir de hoy. Si tiene sobre 40 años, vivirán
unos 14. Mientras que si tiene 50 vivirá casi 12 más
solamente. Entendiendo “vivir” como el tiempo que
tenemos disponible para elegir libremente lo que hacer con él.
En
cambio, en caso de aprobarse la reforma de las 6 horas, la
Revolución Socialista Bolivariana con la nueva jornada
laboral les estaría dando a la personas de 30 años,
casi 3 años más de vida; a las de 40, 2 años
y medio más y a las de 50, casi 2 años. Esta sería
la diferencia entre si siguen las ocho horas de trabajo o si
se aprueba la reforma de las seis horas. Vaya, qué duda
cabe que si yo pudiera votar en un referéndum sobre si
vivir o no 3 años más de vida, iría a votar
sin pensarlo dos veces, por el sí. De hecho, convencería
al máximo número de personas para que entraran
en razón y votarán lo mismo, porque me iría
mi propia vida en ello, la de mi familia y la de todos mis semejantes.
Seguro que por decir esto más de uno me llamará populista,
pero si decir la verdad es ser populista, llámenme pues.
Aunque he de decir que yo siempre he creído que era marxista
y socialista (que no es lo mismo).
En
otro orden de cosas, cabría destacar que esta reforma
permitiría a las clases populares tener más tiempo
para acceder a un mayor nivel cultural, a una mayor libertad.
Podrían estar más tiempo con sus hijos dándoles
una mejor y más cálida educación. Otra aspecto
importante, sería que la reducción de la jornada
aumentaría la necesidad de contratación de más
trabajadores, ayudando a bajar el paro y la marginalidad con él
relacionada. En fin, consecuencias evidentes que hay que recordar
pacientemente para tener bien presentes y no perder de vista
ante tanto debate artificial generado por los ataques que los
capitalistas ejercen mediante su brazo político conformado
por: la derecha y la izquierda burguesa, los medios de desinformación
masivos y las ONG-PSI (Organizaciones No Gubernamentales-Pero
Sí Imperialistas).
El
pueblo, no puede ni debe dejar que los oligarcas lo confundan.
Ahora
ponen el grito en el cielo sobre que esta reforma traerá una
crisis económica, sobre que ahogará el margen de
beneficios del empresario (risas), etcétera, etcétera... ¡Por
favor!, ¡qué ridículos y mentirosos! Ya en
el siglo XIX con la reducción de la jornada laboral a
12 y 10 horas para mujeres y niños, los empresarios decían
lo mismo; que no la podrían hacer frente porque ello provocaría
una crisis y tendrían que cerrar las fábricas. ¡Y
desde aquellas fechas hasta aquí, gracias a la propiedad
que tienen sobre los medios de producción y la tecnología,
los capitalistas no han hecho sino aumentar su riqueza respecto
a la clase trabajadora, hasta llegar al día de hoy dónde
el 1% más rico tiene el 40% de los activos mundiales,
mientras que la mitad del mundo más pobre, la mitad de
la humanidad repito, sólo posee el 1% 2 ! Por todo ello,
ya está bien de sucias mentiras. La jornada revolucionaria
de 6 horas es necesaria para aumentar el nivel material y espiritual
de la clase trabajadora. En definitiva, para hacer a las personas
más humanas.
El
pueblo debe pelear y trabajar por ella, por su aprobación
en el referéndum y por la no modificación de la
propuesta presidencial en la Asamblea Nacional. Gracias al hecho
de que en la actualidad en Venezuela existe un gobierno revolucionario,
el avance laboral se presenta de un modo menos traumático
que en el siglo XIX y la oportunidad para la clase obrera es
impostergable. Tanta sangre que se tuvo que verter para conseguir
las ocho horas y ahora tenemos la oportunidad de conseguir la
de seis sin tanto sacrificio. Sería absolutamente imperdonable
dejar pasar esta oportunidad. Además, los socialistas
y los trabajadores de todo el mundo debemos luchar por esta jornada
allende los mares. Seguir el ejemplo revolucionario de Venezuela,
e ir arrinconando poco a poco al Capital Internacional, sin olvidar
que la reducción de la jornada por si misma no nos permitirá alcanzar
el socialismo. Para poder lograrlo, irremediablemente, y más
pronto que tarde, se deberá nacionalizar bajo el control
democrático del pueblo los principales medios de producción
y la banca. Medios y banca en manos privadas, fruto de la usurpación
histórica de la riqueza material por unos pocos individuos
al conjunto de la humanidad, legitimada generación tras
generación por el derecho de herencia. Como Marx nos defendía
en el Manifiesto Comunista ante los ataques de la prensa burguesa
(ayer como hoy), hay que recordar que los socialistas y los comunistas
no estamos en contra de la propiedad. Sí estamos en cambio,
a favor de que todas las personas puedan ser propietarias de
los bienes realizados y/o conseguidos con su trabajo y esfuerzo,
de modo honesto, sin explotar a nadie. A su vez, estamos en contra
de los heredados mediante el abuso y la explotación. Al
igual que hace tiempo, con las revoluciones burguesas y populares
(en algunos lugares) se acabó con el poder político
heredado (la Monarquía y el Feudalismo), cosa que a una
gran parte de la humanidad actualmente le parece de lo más
lógico, ahora se debe acabar con el poder económico
heredado (Capitalismo). Sólo entonces el ser humano comenzará a
recorrer con garantías el camino hacia su libertad. Comencemos
ahora con buen paso, con la jornada de seis horas.
Jon
Juanma es el seudónimo artístico/revolucionario
de Jon E. Illescas Martínez licenciado
en Bellas Artes, artista plástico, analista político
y teórico del arte socialista (jonjuanma@gmail.com).
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Nota
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el 6 de octubre del 2007. Petroleumworld no se hace responsable
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